Una industria en alza al pie de los Andes

Los vinos de Mendoza convirtieron a la Argentina en el quinto productor mundial; ahora buscan reconocimiento internacional
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25 de agosto de 2001  

MENDOZA.- Los impresionantes Andes brillan como icebergs en el sol mañanero, mientras el avión aterriza aquí, en el oeste del país, al otro lado de las pampas y de Buenos Aires. El agua proveniente de las nieves que se derriten en las montañas, por canales construidos por los indios Tehuelches en el siglo XVI y mejorados por los incas y los españoles hacen florecer Mendoza. Y aunque está al borde del desierto de Cuyo, el agua alimenta las viñas que rodean la ciudad.

Los vinos de Mendoza han ayudado a convertir a la Argentina en el quinto productor del mundo, fuente confiable de vino tinto a precios económicos para la sedienta población del país, de la que una parte es de origen italiano. Pero hasta ahora no se valoraron demasiado en el mercado internacional.

Nicolás Catena está cambiando las cosas; no es el solo, así como no fue Michael Jordan solo el que ganó los campeonatos de basquet con los Chicago Bulls. Pero le ha mostrado a los clientes en América del Norte, así como a sus competidores aquí, lo que Mendoza puede hacer en todos los niveles de precio. A los 61 años, de hablar suave y aspecto reflexivo, es la estrella reconocida, el que marca el paso, la cara pública de la industria vitivinícola argentina.

Es una industria en rápido ascenso. Con cada cosecha aparecen nuevos vinos de primera y los críticos y consumidores de todo el mundo lo han advertido. Han ganado espacio en las góndolas de los Estados Unidos marcas como Balbi, Flichman, Norton, Santa Ana y Terrazas junto con Catena. Pese a los graves problemas económicos del país, siguen ingresando millones en inversiones extranjeras para financiar nuevos viñedos y bodegas.

El abuelo de Catena creó en 1902 la firma familiar con buena reputación en cuanto a vinos tintos. Estos productos fabricados en gran medida con uva criolla eran demasiado dulces y se oxidaban demasiado a menudo. "Nunca imaginamos -dijo Catena- que nadie aquí pudiera competir con los europeos, éramos quizás un 10 por ciento de lo que eran ellos, no más". El gran despertar de Catena vino cuando fue a Estados Unidos. Ya armado con un doctorado, estudió economía y matemática en la Universidad de Columbia en los turbulentos años sesenta y luego, en 1982, se encontró en Berkeley como profesor invitado. Como era de esperar, visitó el Valle de la Napa. Y también, como era de esperar, quedó deslumbrado por Robert Mondavi, cuya bodega entonces ayudaba a establecer nuevos y elevados niveles para los vinos norteamericanos.

"Descubrí lo que puede hacer la inversión, la investigación y el entusiasmo", dijo Catena en una cena a la luz de las velas, bajo árboles plantados en 1884, en el restaurante que instaló en su bodega centenaria, Escorihuela. "Vi que los americanos hicieron en 10 años lo que a los europeos les llevó trescientos. Decidí que tenía que hacer algo similar. Pensé que teníamos que producir cabernet y chardonnay, aunque no usábamos mucho esas uvas en la Argentina entonces. Obviamente eran las mejores y las quería". Luego de un tiempo Catena llegó a conocer a Mondavi y descubrieron que sus familias venían de la misma parte de Italia, la Marche, en la costa del Adriático.

El mercado norteamericano

Ahora hace diez años que se exportan cabernets y chardonnays de primera de la marca de Catena a Estados Unidos y han recibido entusiastas comentarios de los críticos del mundo, con opiniones similares a las que reciben los productos mejor conocidos del vecino Chile. A diferencia de algunos productores chilenos, Catena se ha cuidado de no subir demasiado los precios como para quedar fuera del mercado norteamericano. Puede ser limitada la cantidad de bebedores de vino en Nueva York o Los Angeles dispuestos a pagar 50 dólares la botella o más por los más caros de sus tintos Zapata, pero para quienes no quieren abonar esas sumas hay vinos Catena a precios más moderados, que se venden con las marcas Catena Alta, Catena y Alamos Ridge.

"Al final -dice mi amigo inglés Bill Baker, uno de los más respetados comerciantes de vino de su país- los vinos argentinos serán mejores y tendrán mejor precio que sus competidores chilenos", agregó Catena. Probé los cabernets, merlots y malbecs de Catena Alta de 1997 y 1999 con él y son sólo un poco menos aristocráticos que sus equivalentes de marca Zapata, que aún no habían sido lanzados. Tienen igual cantidad de fruta, un sabor igualmente robusto, pero quizás un poco menos de opulencia y complejidad.

Los vinos Alamos Ridge, que probé en Estados Unidos, por supuesto me hicieron una menor impresión, pero me parecieron bien a alrededor de 10 dólares la botella.

Los vinos argentinos que más me interesan son los que no se hacen casi en ningún otro lugar, incluyendo el malbec con mucho cuerpo y gusto a especies, entre los tintos, y el torrontés fuerte entre los blancos. La uva malbec, que los franceses también llaman auxerrois, fue importante en un tiempo en Bordeaux y se utilizaba mucho en los tiempos previos a la gran epidemia de filoxera del siglo diecinueve en vinos tales como el Chateau Latour. Hoy sólo se utiliza en Cahors, al sudeste de Francia, donde tradicionalmente se producían vinos pesados, intensamente tánicos, casi negros por su color, que a menudo no podían tomarse hasta que hubiesen pasado dos décadas en la botella. El cahors moderno es un poco más suave.

El malbec argentino es diferente. El violeta oscuro es tan similar como los sabores dulzones de bayas maduras. Pero mientras que los taninos en el cahors pueden ser bastante ásperos, los de los mejores malbecs argentinos son dulces y sedosos y los vinos no dan ninguna impresión de pesadez pese a su potencia. Acompañan perfectamente a la gran carne argentina o a la de EE. UU.

En 1960, la Argentina tenía 120.000 acres de malbec, pero entonces se produjo la estampida hacia variedades de uva "internacional", tales como el cabernet. Ahora sólo quedan 25.000 acres, pero los mejores de esos vinos, incluyendo varios que son de Catena y de las Bodegas Norton, de propiedad austríaca, tienen entre 70 y 100 años. En este momento, Pedro Marchevsky, administrador de la viña Catena, conduce experimentos con 135 clones de malbec en la viña Tikal.

Las viñas de torrontés son de las más altas del mundo, varias de ellas a más de kilómetro y medio de altura, cerca del pueblo de Cafayate, en el rincón noroccidental del país, no demasiado lejos de la frontera con Bolivia. Dos de los mejores ejemplos son los de Etchart y Michel Torino, ambos con reminiscencias del albarino y el viognier en su bouqué con olor a jazmín y sus sabores de frutas tropicales frescas (¿mango? ¿ananá?). Otro torrontés, quizá levemente menos atractivo, más fácil de encontrar en Estados Unidos al irresistible precio de alrededor de 7 dólares, es producido por Santa Julia.

En este momento la luz que ilumina la vida de Catena es una llamativa bodega nueva aquí, construida de piedras locales color crema y maderas duras indígenas, con la forma de una pirámide maya. Se inauguró este año. Su hija, Laura Catena, directora de exportaciones de la empresa -médica formada en Harvard y Stamford que combina la práctica de la medicina en San Francisco con su trabajo en la industria del vino de Argentina- comentó recientemente que el edificio que costó 12 millones de dólares "muestra el orgullo por nuestra propia cultura". Al igual que el restaurante Catena, llamado "1884".

La familia contrató al principal chef argentino, Francis Mallmann, para crear un menú que celebra la influencia inca en la región, con platos que incorporan maíz y zapallo, así como la carne de las pampas por no mencionar, por supuesto, los vinos de Mendoza.

Gran parte de la cocción se realiza en el patio, en hornos de barro con forma de iglú tradicionales. Con Catena probamos achicoria amarga, que limpia el paladar, con almendras y tomates secados al sol; empanadas hechas a la antigua con carne cortada a mano en vez de picada; una tarta de cebolla y puerro, y un chivito magníficamente jugoso, hecho al limón y al orégano, cocido en caja de hierro, hablando todo el tiempo de política, de economía, de Maquiavelo y de los precios de los vinos. Respecto de este último tema, dijo: "Supe desde el comienzo que si cobraba 40 dólares la botella, el vino tenía que ser comparable con uno francés que se vendiera a 60 u 80 dólares porque la gente no está acostumbrada a comprar vinos caros de aquí".

Reconoció que igual que Mondavi y su amigo italiano Piero Antinori, gana mucho más dinero con sus vinos más baratos que con sus productos de prestigio. Pero pone su pasión en lo más selecto de la línea. Ha elevado la calidad en la Argentina limitando la producción a través del uso pionero de irrigación controlada y el "thinning" estricto de sus viñas. Ha plantado a alturas de hasta casi 2000 metros, que ofrecen las temperaturas más bajas y menor humedad que ayudan a producir las mejores uvas. Ha importado barriles franceses y aparatos computarizados europeos para la fabricación de vino, instalándolos en bodegas inmaculadas que contrastan con las instalaciones antihigiénicas y los malos barriles que afectaron la producción de vinos en la Argentina por décadas.

Hay otros que se le han sumado en la búsqueda de una excelencia. Hiram Walker, Mo‘t & Chandon, Pernod Ricard, Kendall-Jackson, Allied Domecq, Sogrape de Portugal y varias empresas chilenas han hecho inversiones inmensas aquí. Las exportaciones subieron de US$ 40 millones a 140 millones en los últimos cinco años. Norton, que fue fundada en 1895 por un ingeniero británico que había trabajado en el ferrocarril que cruzaba los Andes, ahora pertenece a la familia que controla la fábrica de cristales Swarovski. Carlos Tizio Mayer, administrador técnico, describió su estrategia: mantener bajos los precios -no más de 15 dólares por la marca más cara, comercializada como Norton Privada- "para poder ganar un poco de dinero y mucha lealtad de los clientes. Es fácil producir vinos muy caros aquí, pero no es tan fácil producir un buen valor", dijo, mientras recorríamos la bodega, rodeada por unos espectaculares jardines de rosas. "Ahora queremos imponer nuestra marca y atraer clientes, porque en los próximos años sólo tres o cuatro nombres argentinos cobrarán notoriedad en el mercado mundial y queremos ser uno de ellos."

Me llamó la atención el sauvignon blanc 2000 de Norton, un vino fresco y a la vez frutal, con un toque fuerte, pero también allí fue el malbec el que me llamó la atención.

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