Una medida tardía

Eduardo Levy Yeyati
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23 de noviembre de 2002  

El Gobierno ha decidido finalmente eliminar las restricciones al retiro de efectivo, comúnmente conocidas como corralito. La desafortunada medida, un hito en el desenlace de la crisis, terminó por generalizar la corrida bancaria, que entonces reflejaba el deseo de los depositantes de proteger sus ahorros del peligro creciente de confiscación a los saldos transaccionales que hasta ese momento habían mostrado un comportamiento más estable. Así, al permitir la transferencia de ahorros a cuentas a la vista, dificultó irreversiblemente la reestructuración de pasivos bancarios, complicando y extendiendo la salida de la crisis y agudizando la presión sobre el valor del dólar.

Digámoslo de una vez: la medida es tan bienvenida como, a estas alturas, inmaterial. Vale recordar que el BCRA ya había hecho explícita su preferencia por una liberación temprana en el programa monetario original presentado en junio pasado, posición que reafirmó en varias ocasiones. Las razones no eran caprichosas, sino que se fundaban en el entendimiento de que, una vez que el BCRA logró estabilizar las expectativas cambiarias combinando una fuerte intervención con el desarrollo de sus propios instrumentos de esterilización (Lebac), la demanda transaccional por pesos sólo podía consolidarse. Dado que los fondos atrapados en el corralito eran de naturaleza fundamentalmente transaccional, se esperaba que, como sucedió, los flujos netos hacia fuera del sistema revirtieran su signo.

La excesiva importancia otorgada al corralito (y el descreimiento de las mencionadas proyecciones del BCRA) estuvo, en consecuencia, ligada al convencimiento de parte de los analistas locales e internacionales de que la demanda por pesos es muy inferior a la que la evidencia está efectivamente mostrando. Por otro lado, ni la actividad económica ni, en los últimos meses, la evolución del tipo de cambio se vieron influidas por un corralito que en la práctica probó ser más fastidioso que eficaz.

La contracara de esta sobrevaloración es que la repercusión mediática que seguramente tendrá esta medida tardía superará con creces sus consecuencias económicas concretas. Acaso podría inducir, marginalmente, una mayor confianza en el sistema bancario y un mejor manejo de la política monetaria (hasta ahora, las Lebac no podían ser adquiridas con dinero del corralito, lo que dificultaba el desarrollo del mercado secundario para estos títulos y el establecimiento de una curva de rendimientos de referencia). Los vaivenes del dólar, por su parte, seguirán dependiendo de la consolidación del proceso político, condición esencial para afianzar un frente externo que este gobierno ha perdido la oportunidad de resolver.

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