Una pregunta relevante: ¿para qué queremos pesos?

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23 de febrero de 2020  

  • Preguntas a Augusto Graziani, economista (1933-2014). Nació en Nápoles, Italia. Fue economista y profesor de Economía Política en la Universidad de la Sapienza. Es reconocido por su contribución a la economía monetaria en la fundación de la teoría del circuito monetario.

¿Para qué queremos dólares?, preguntó en 1953 el entonces presidente de la Nación Juan Domingo Perón. ¿Para qué queremos pesos? es la pregunta relevante hoy, cuando las máximas autoridades del Banco Central declaran que la política monetaria está al servicio del auxilio el Tesoro Nacional. Porque, independientemente de lo que piensan algunos argentinos, salvo que aumente la demanda de dinero la emisión monetaria genera inflación o complica el frente externo.

Para saber más sobre esto consulté al italiano Augusto Graziani (1933 -2014), quien debido a las leyes raciales no pudo asistir a la escuela y aprendió con un tutor. Enseñó en las universidades de Catania, Nápoles y Roma (La Sapienza). Entre 1992 y 1994 fue senador, y entre 1998 y 2001 presidió la Asociación Italiana de Economía. Tocaba el violín, como Martin Bronfenbrenner, Jacob Mincer, Alban William Housego Phillips y Frank William Taussig. Lo consulté por cómo conectó el poder que ejercen algunos integrantes del sector privado, con los mecanismos a través de los cuales se inyecta dinero en la práctica.

-¿Cuál es su punto?

-Comencemos por citar uno de los textos más nítidos que se han escrito sobre la materia. Me refiero a Dinero, interés y precios , cuya primera edición Don Patinkin publicó a mediados de la década de 1950. Impecable desde el punto de vista formal, muchísimos economistas aprendieron a través de su lectura la anatomía de los modelos macroeconómicos de corto plazo.

-Pero el título de la obra se refiere al dinero.

-También el título de la obra más conocida de John Maynard Keynes es La teoría general , y está muy en discusión cuán general es su teoría. Pero volvamos a Patinkin.

-Eso, volvamos.

-Modeló de manera impecable el denominado efecto de saldos reales, planteado inicialmente por Arthur Cecil Pigou, para explicar el mecanismo por el cual la emisión monetaria eleva los precios. La idea es muy simple: el aumento de la oferta monetaria altera el equilibrio que existía entre demanda de bienes y de dinero. La población de repente se encuentra con que tiene demasiado dinero y pocos bienes. Cuando intenta restaurar el equilibrio roto por la emisión monetaria, gastando el exceso de dinero con respecto a los bienes, su accionar aumenta los precios de manera equiproporcional.

-¿Por qué no le gusta este análisis?

-Porque será pedagógicamente atractivo, pero la idea de que la emisión monetaria cae de un helicóptero, que tira al aire papelitos impresos por la Casa de Moneda, o surge de agregarle un cero a la derecha a cada peso emitido, no tiene nada que ver con la realidad. Solo en modelos recontrasimplificados, una modificación única e inesperada de la oferta monetaria no produce efectos reales, la famosa neutralidad del dinero. En Alemania, durante la segunda mitad de 1923, eso era quizás ignorado por Rudolf Albert Emil Havenstein, presidente del Reichsbank, pero ciertamente lo sabían los directores, empresarios que accedían al nuevo dinero antes que los demás.

-En una palabra, su tesis es que...

-Como expliqué en La teoría monetaria de la producción , que publiqué en 2003, un análisis monetario relevante no puede ignorar el diferente grado de poder que tienen los agentes económicos. En una economía monetaria, el poder de los oferentes depende del acceso privilegiado que tienen al crédito bancario y a los mercados financieros. La moneda ingresa al sistema económico como poder de compra, los bancos financian a la clase empresarial, la cual le da forma a la estructura de la producción y determina la distribución del ingreso y la riqueza. La moneda es endógena y no es neutral.

-Ocupémonos por un instante de la demanda de pesos.

-Comencemos por aclarar que cuando los economistas hablamos de la demanda de pesos, pensamos en la demanda de pesos para mantener, sea en los bolsillos o en los bancos. Quien dice que necesita pesos para comprar una camisa, no está demandando pesos, sino camisas.

-¿Para qué queremos pesos los argentinos?

-Exclusivamente, para realizar transacciones; no para ahorrar. No se trata de una cuestión de falta de nacionalismo, sino del hecho de que el ahorrista en pesos fue sistemáticamente estafado, porque la tasa de interés que se le paga fue sistemática y groseramente inferior a la tasa de inflación. No sorprende que buena parte de los dólares billetes que circulan fuera de los Estados Unidos estén en manos de argentinos, rusos, venezolanos, etcétera.

-¿La demanda de pesos es proporcional al valor de las transacciones?

-No, porque en el corto plazo también lo es de la tasa de inflación, y en el largo, de los cambios en los mecanismos de cobros y pagos. El dinero en efectivo no devenga interés y, por consiguiente, su mantenimiento tiene un costo, que es la tasa de inflación. Cabe esperar que se demanden menos pesos cuanto mayor sea la tasa esperada de inflación. En la hiperinflación argentina de 1989 la demanda cayó bruscamente, pero no llegó a cero, a pesar de que la tasa de inflación llegó a 4% por día, porque nunca se sabía si al día siguiente los bancos estarían abiertos. Además de lo cual, las tarjetas de crédito y de débito, así como los medios electrónicos de pago, bajan la demanda de pesos.

-¿A qué viene todo esto?

-Cuando, por razones fiscales, el gobierno no tiene más remedio que inyectar pesos en la economía y, a su vez, la población cada vez los quiere menos, el equipo económico enfrenta un dilema: ¿emite para cumplir los compromisos o difiere los pagos sin preguntarles a los afectados? ¿Qué le parece? Esto último es lo que acaba de hacer el gobierno argentino.

-¡Qué barbaridad!

-Usted califique la decisión como le parezca, pero no imagine de manera utópica las implicancias de las alternativas. A fines de 1989 el entonces gobierno presidido por Carlos Saúl Menem transformó depósitos en pesos, a 7 días, en bonos externos a 10 años.

-¡Otra barbaridad!

-¿Seguro? ¿Qué habrían hecho los depositantes si hubieran cobrado una fortuna en intereses, por haber depositado fondos a 7 días, 4 de los cuales eran feriados? Salir corriendo a comprar dólares. El dilema de las autoridades de entonces, idéntico al de las actuales, era: maxidevaluación e hiperinflación, o que hablen mal de nuestra mamá. Quien tiene una responsabilidad ejecutiva sabe que la vida nunca es fácil.

-¿Alguna vez los argentinos saldremos de todo esto?

-Ni están condenados al éxito, como pronosticó el expresidente Eduardo Alberto Duhalde, ni están condenados al fracaso. No tengo tanta información sobre la Argentina como para opinar de manera específica, pero permítanme que les de un consejo general: dejen de experimentar, aterricen de una buena vez. O, como dijo José Ortega y Gasset hace casi un siglo: "Argentinos, a las cosas".

-Don Augusto, muchas gracias.

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