Urgente: creatividad y sentido común

Por Germán Sopeña Enviado especial
Por Germán Sopeña Enviado especial
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26 de marzo de 2000  

DESDE EL CAMINO.- El país necesita arrancar. Parece a la espera de que alguien encuentre la llave que ponga efectivamente en marcha sus motores.

Desde la ruta, el campo se muestra exuberante, con los colores luminosos del otoño que indican una gran producción a la vista. Como tantas otras veces en el siglo, quizá desde allí volverá a resurgir la actividad económica que todos esperan con ansiedad.

Pero si hay que buscar la combinación del llavero salvador que avance más allá de las bondades propias de la tierra, las claves serían dos: creatividad para romper la inercia y sentido común para frenar los desbordes imaginativos que pueden producir el efecto contrario del que se busca.

Esa es la principal reflexión que surge si uno recorre, como lo hizo este enviado durante 10 días de este mes, más de 7000 kilómetros por las rutas del país, casi dos tercios de la geografía argentina desde Buenos Aires hasta el extremo austral del continente y retorno.

Y no se trata de echar culpas a un gobierno que ha cumplido 100 días de gestión, porque la economía de hoy muestra debilidades que vienen desde muy lejos. Salvo excepciones, todo está igual que lo visto en los mismos lugares en marzo de 1999, en abril de 1998, en febrero de 1997, en enero de 1996 y aún antes. La impresión es que hace falta un formidable empujón de creatividad pública y privada para salir del estancamiento.

Todo parece hoy inmóvil. Casi no hay obras en marcha, ni nuevos caminos, ni algún puente novedoso, ni trenes en el horizonte, ni aumento, sino descenso, del tráfico de camiones por las rutas.

Para muestra, un dato cuantitativo. Según nos informa el ingeniero Ignacio Bustamante, gerente de explotación de Semacar, la concesionaria vial de la ruta 3, por el peaje clave de Azul pasó en el comienzo de este año un 6% menos de camiones que el año anterior. Ese lugar de paso es muy indicativo porque por allí transita gran parte de la producción agropecuaria del centro y el sur de la provincia de Buenos Aires y también la producción cementera de las canteras de Olavarría, testigo fidedigno de cómo anda la industria de la construcción en el país.

Y un dato cuantitativo y cualitativo a la vez. En la estación de servicio Esso de la entrada a Azul, sobre la ruta 3, Vicente Formisano (73), veterano ex corredor de autos y hoy propietario de varias estaciones de servicio y de la provisión de servicios agropecuarios en la zona, estima que la reducción de transporte es aún mayor: "En mis distintas estaciones, la caída es del 20%, y eso es la muestra de que el campo y la construcción están parados. Al precio actual del gasoil, que es un 61% más alto que el de hace un año, hay muchos productores que ni siquiera van a sembrar para la cosecha fina. Y ya no es un problema de falta de créditos, sino de falta de rentabilidad. Los bancos se pelean por ofrecer crédito, pero no hay rentabilidad que permita pagar un préstamo".

Rumbo sur

Si ése es el panorama en Azul, la sensación se agudiza a medida que se avanza hacia el sur y uno se aleja del radio de influencia de Buenos Aires.

Pero hay algunas excepciones, que merecen ser citadas antes de profundizar en las evidencias sobre la falta de movimiento en el país. El alicaído tráfico de camiones por la ruta 3 revive en parte con los camiones que transportan caños para la explotación petrolera, un claro indicio de que esa actividad, al menos, ha comenzado a reactivarse por obra del aumento mundial del precio del crudo.

Una consulta al ingeniero Javier Tizado, titular de Tecpetrol, del grupo Techint, nos confirma que la producción petrolera argentina ha retornado, tras la suba del crudo, a los niveles de hace un año y medio: "En febrero operamos 45 equipos de perforación en las cuencas Austral y Golfo San Jorge, una cantidad que no se alcanzaba desde junio de 1998. Pero nuestra estimación es que para el conjunto del año 2000 la recuperación sólo permitirá contener la declinación previa". También se ven bastantes camiones que llevan los restos de autos que se han entregado como parte del Plan Canje, finalmente una suerte de subsidio encubierto que originó un movimiento económico acotado a la subvención pero movimiento al fin.

Hay otras dos excepciones, de diversa índole, en Chubut: el admirable museo Egidio Feruglio en Chubut, notable iniciativa de una fundación privada que muestra como se debe los orígenes de la Patagonia, y el reciente acueducto que desde hace pocos meses lleva agua potable desde los lagos Musters y Colhue a las ciudades de Comodoro Rivadavia y la vecina Caleta Olivia, en Santa Cruz.

Y se nota siempre, como casi único progreso permanente, el avance sin pausa de las telecomunicaciones por obra de nuevas instalaciones con antenas que hacen llegar el teléfono o la televisión satelital hasta lugares como Las Horquetas, en el rincón más aislado de la ruta 40 en Santa Cruz, donde hace apenas un año no había ni teléfono, ni televisión ni combustible, tres servicios que sólo llegaron a fines de 1999.

Pero en conjunto, muy poco es lo que se destaca como evidencias de progreso en la vastísima región recorrida. El agro tiene problemas, la construcción no se mueve, y la escasa inversión visible sólo parece destinada a una economía de servicios que se vio particularmente afectada en el comienzo de este año por la retracción en la cantidad de turistas que se aventuraron hacia el sur.

Benetton en rojo

Hasta la empresa rural más importante de la Patagonia actual, la Compañía Tierras del Sud Argentino, o sea el grupo Benetton, cerró el año 1999 con pérdidas. "Por primera vez en ocho años de operación en el país terminamos el año en rojo, con una pérdida de dos millones de dólares"- explica el titular del grupo en la Argentina, Diego Perazzo (48).

Su explicación se apoya básicamente en la sequía del verano 98/99 y en los bajos precios internacionales de la lana, pero también hace un diagnóstico que va más allá:"La mejor lana merino vale 2,40 dólares el kilo y cada oveja produce unos cuatro kilos por año. Si un productor chico tiene 1000 ovejas, lo máximo que puede obtener al año son 10.000 pesos en total. Nadie puede sobrevivir en estas circunstancias con la producción lanera. Ni nosotros, que tenemos 255.000 ovejas. Hay que hacer otra cosa a la vez", agrega Perazzo. Nadie imagina que pueda volver, algún día, la bonanza de los años 40 y 50, cuando un kilo de lana merino alcanzaba un precio de 25 dólares.

En Trelew, por su parte, la principal exportadora de lana limpia y peinada del país, la empresa Hart SA, también es testigo del difícil momento económico de toda la región. Según dice el gerente de compras de lana, Marcelo González, "el año 1999 se cerró con rentabilidad cero, y el impacto sobre todo los productores es muy grande".

Pero a Hart no sólo le inquieta la caída de los precios internacionales de la lana, sino también las dificultades propias de producir en un país con extrañas incoherencias regulatorias. En la misma zona de producción, dos empresas competidoras de Hart gozan de una promoción industrial por la que recuperan íntegramente el 21% del IVA, lo cual plantea la inexistencia de una real competencia si las reglas no son parejas para todos.

Una cuestión mental

¿Qué falla, por lo tanto, en gran parte del país?

En la búsqueda de causas, parece inevitable referirse a una considerable falta de creatividad pública y privada. Peor aún: cuando aparecen muestreas de imaginación, parecen orientadas exactamente al revés, como fue el caso de la insólita propuesta de un impuesto al viento, conocida en esos días y que parece destinada a la antología del absurdo.

La idea de esos dos diputados de Chubut tuvo, al menos, un mérito: se puso tan de inmediato en ridículo que, acaso, logró autoeliminarse y vacunar a esos mismos legisladores y a otros similares contra ideas parecidas.

Pero sin haber ganado tanta popularidad en chistes e ironías, otras ideas chubutentes igualmente insólitas pueden explicar por qué es tan difícil encontrar el camino del genuino crecimiento en el país. En Comodoro Rivadavia se propuso prohibir la posibilidad de comprar por Internet, para proteger a martilleros locales; en el oeste de la provincia, por su parte, hubo funcionarios que llegaron a oponerse a una oferta alemana de forestar gratuitamente con fondos internacionales dedicados a proteger el medio ambiente a escala planetaria.

La creatividad y el sentido común al mismo tiempo no parecen ser la ecuación más común ni en la Patagonia en particular ni en la Argentina en general. Porque no se trata, en realidad, de apelar a planes estratégicos grandilocuentes -ya se han hecho demasiados en diversas burocracias, todos olvidados por el tiempo- sino de aplicar una creatividad efectiva sobre bases simples.

Caminos, árboles, agua

Para el nivel de la acción pública, tres ejes parecen las armas esenciales para ejercer esa creatividad con futuro: caminos, árboles y agua.

Parecen opciones obvias, pero lo más obvio parece ser lo más difícil. Todavía un enorme eje nacional como la ruta 40 espera la llegada del pavimento; todavía los pocos árboles que se ven en la Patagonia son el esfuerzo solitario de un pionero con iniciativa, generalmente ya muerto y sin seguidores; todavía se ven menos molinos extractores de agua en la Patagonia que en la propia pampa húmeda, pese a que se encuentra agua buena a poca profundidad donde más se necesita y con un enorme caudal de viento a disposición para mover las aspas a toda velocidad.

Una evidencia de lo que significa la falta de caminos adecuados: en la costa atlántica patagónica, el costo de un litro de gasoil oscila alrededor de 30 centavos el litro al sur del paralelo 42, donde no rigen todos los impuestos que se pagan al norte de esa línea. Pero en un lugar como Bajo Caracoles, sobre la ruta 40, en Santa Cruz, el litro de gasoil cuesta 57 centavos. El vendedor del hotel-almacén-estación de servicio lo justifica alzándose de hombros con aire de impotencia: "Las empresas no se hacen cargo del flete porque el camino es un desastre y se rompen los vehículos".

Lo cual, en una espiral de círculo vicioso, explica por qué llega menos gente hasta allí, por qué una lata de gasaeosa vale el doble que en el resto del país y por qué cuesta tanto lograr la declamada integración del país.

Otra evidencia de irracionalidad en las prioridades públicas a lo largo de los años: volvemos de la cordillera hacia el Atlántico por la ruta 43 que une Las Heras con Caleta Olivia, en el norte de Santa Cruz. Allí todo es petróleo, con pozos que trabajan a pleno en este momento de buenos precios del crudo. Es uno de los pocos lugares del país donde se nota un buen ritmo de actividad. Y al costado del camino, totalmente olvidado, cruza la meseta un impecable ramal ferroviario de trocha ancha, que iba desde Las Heras hasta Puerto Deseado. Los rieles están hoy tan abandonados como las estaciones, los galpones y todo lo que costó años y esfuerzos de construcción. Cuesta creer que un medio de transporte tan adecuado para llevar petróleo rumbo a los barcos haya sido dejado de lado por falta de una asignación racional de recursos y prioridades.

Podría concluirse que lo que falta es una suma de creatividad, vocación y mentalidad tanto en el nivel público como privado. O, dicho de otro modo, que es urgente modificar pautas y actitudes culturales que van más allá de un gobierno de turno.

El desafío, por lo visto, es tan gigantesco como las dimensiones del territorio patagónico.

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