Cambio climático y extinción de especies

No hay más tiempo que perder para limitar mediante consensos las consecuencias de tragedias que seguirán agravándose si no hacemos nada
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2 de mayo de 2019  

Esta vez no se podrá negar que no ha habido alertas. Como se ha visto en las últimas semanas en varias partes del mundo, cada vez son más los ciudadanos preocupados por el cambio climático que se organizan más allá de su posición política. Al mismo tiempo, un reciente informe realizado por científicos internacionales para la Organización de las Naciones Unidas (ONU) sobre la biodiversidad nos ha advertido de que la Tierra entró en la "sexta extinción masiva", la primera ocasionada por el ser humano, con consecuencias que podrían ser devastadoras.

Se trata de dos tragedias íntimamente relacionadas con nuestro modo de consumo, que la mayoría de los habitantes no hemos incorporado entre nuestras preocupaciones principales. El planeta no es una suma de partes sino de un sistema con múltiples interconexiones de profunda significación.

Se menosprecia la importancia de las múltiples interacciones existentes entre todas las formas de vida y el hecho de que la desaparición de algunas especies afecta al conjunto de la vida en el planeta en su totalidad.

Quizá esto ocurra porque estos acontecimientos se perciben como trastornos menores que no afectan nuestra vida cotidiana o porque, en el caso de que se los considere reales, sucederán en un futuro distante o en sitios remotos.

Sin embargo, ya estamos viviendo las consecuencias del calentamiento global a través de condiciones meteorológicas extremas, niveles crecientes del mar y deshielos en el Ártico y, al mismo tiempo un nivel de extinción de especies que supera entre decenas y centenas el promedio de los últimos 10 millones de años.

Muchos sostienen que el planteo es absurdo o alarmista, pero la urgencia se sustenta en comprobaciones científicas. Se trata de dos de los problemas globales más complejos que tendremos que afrontar en los próximos años. Y no debe haber dudas de que tendrán graves repercusiones sobre la economía y la vida de las personas, incluso en la Argentina, donde el aumento de las temperaturas producirá un fuerte impacto sobre el hábitat y la economía.

Lo alarmante es la inacción frente a hechos comprobados y al conocimiento de que, si todas las sociedades llevaran adelante una acción transformadora inmediata, podríamos aspirar a un futuro más seguro.

Es cierto que el casi permanente y agobiante clima electoral antepone los intereses políticos y económicos de corto plazo a la obligación de proteger el medio en el que han de vivir nuestros propios hijos. Pero cabe preguntarse si resulta ética la ausencia de medidas preventivas o paliativas. ¿Cuándo sería acaso el momento oportuno para actuar si no fuera ahora?

La rapidez con que se han expandido las protestas globales por el cambio climático en días recientes demuestra que la ciudadanía está reaccionando en casi todas partes con mayor responsabilidad que las clases dirigentes y, en especial, los políticos, siempre preocupados por los intereses coyunturales en juego.

Pero se necesitan cambios sin precedentes. No alcanza solo con reemplazar nuestras viejas lámparas por otras de bajo consumo ni reducir el uso de combustibles fósiles. La acción individual resulta fundamental como toma de conciencia, pero no es suficiente.

¿Seremos capaces de una reacción que exceda el corto plazo y aspire a un cambio trascendente? ¿Será factible una acción de la sociedad en su conjunto? El porvenir común debería unirnos bajo una misma responsabilidad que tenemos como especie para que el cambio ocurra. La juventud actual nos interpela. Las próximas generaciones dependen de lo que hagamos hoy. El problema pasa por continuar distraídos. Y el tiempo es cada vez más escaso.

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