Crisis e inestabilidad en la región

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23 de junio de 2002  

El llamado efecto contagio de la crisis argentina sobre los países vecinos sumado a la agudización de los conflictos políticos internos de Venezuela, Colombia, Perú y Brasil, extendidos a sus respectivas áreas de influencia, han generado un estado de fundada preocupación acerca del destino de la convulsionada economía de América latina. Sólo Chile parece estar al margen, por el momento, de la situación de incertidumbre que se está incubando y de la acelerada extensión de los índices de malestar y de pobreza.

La oportunidad es propicia para reflexionar sobre la necesidad de fortalecer el espíritu de cooperación entre las diferentes naciones y aun entre las distintas regiones del planeta. Y, sobre todo, para que los países que lideran la economía mundial extremen sus esfuerzos para activar y fortalecer los mecanismos que puedan ayudar a los pueblos más castigados por la pobreza a salir del abismo en que se encuentran.

No está de más recordar que en 1969 la asamblea general de las Naciones Unidas estableció que los países industrializados debían destinar el 0,7% de su producto bruto a promover el desarrollo de las regiones más atrasadas del mundo. Sin embargo, la ayuda efectiva que los 22 países de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico -los más ricos del mundo- destinaron a esa finalidad ha estado siempre muy por debajo de ese indicador de 1969.

Según las estimaciones del Banco Mundial, casi la mitad de la población del mundo -unos tres mil millones de habitantes- vive por debajo de la línea de pobreza, con ingresos que no superan los dos dólares diarios, y entre ellos hay mil trescientos millones en situación de pobreza extrema, pues no llegan a reunir un dólar por día.

Según datos de la FAO, 800 millones de personas padecen hambre diariamente. Y la Organización Mundial de la Salud ha indicado que ocho millones de personas mueren anualmente por causa de enfermedades perfectamente prevenibles. El 87% de las muertes de niños menores de cinco años son evitables.

Entre 1990 y 1992 los países de la OCDE destinaron a promover el desarrollo sólo el 0,33% de su producto bruto. En los años 2000 y 2001 la ayuda se redujo al 0,22%. En total, la ayuda que se brinda es de 50.000 millones de dólares. El Banco Mundial opina que la suma debería ser duplicada.

Sólo los países nórdicos y Holanda han cumplido con el 0,7% prometido en 1969. Los Estados Unidos figuran como el país desarrollado que menos contribuye en proporción a su producto bruto interno: su aporte no sobrepasó, en 2001, el 0,11 por ciento.

El mundo no industrializado -del que América latina forma parte- necesita diseñar imperiosamente una estrategia global de desarrollo. De lo contrario, la profundización de sus contrastes y contradicciones económico-sociales puede llegar a provocar situaciones de crisis y de conflicto incontrolables y de impredecibles consecuencias. Los signos de contagio de la crisis argentina registrados en días recientes son sólo una mínima muestra de lo que un sacudimiento regional en gran escala podría originar. El momento es bueno para reflexionar sobre lo mucho que la cooperación internacional puede hacer para que estos descalabros regionales empiecen a ser canalizados hacia un proceso de crecimiento ordenado y profundo.

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