Deportes: respetar a la autoridad

Debemos trabajar duro para la reconstrucción del espíritu deportivo, acatando las reglas, aceptando el disenso y desterrando las malas prácticas
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29 de diciembre de 2019  

En los campeonatos del fútbol argentino, sean de cualquier categoría, región, nivel o edad, contemplamos con indeseada frecuencia cómo los árbitros y sus asistentes son objeto de cuestionamientos, descalificaciones, insultos e, incluso en algunos casos, agresiones físicas.

Estas conductas salvajes, tan alejadas del espíritu que promueve sanamente el deporte, reconocen muchas causas y por eso parecieran ser tan complejas de desactivar.

Una sociedad que no respeta a sus maestros, a sus policías ni a nadie que ostente autoridad es muy difícil que respete a quien tiene la función de dirigir un simple partido de fútbol. Todos los actores vinculados con el fútbol están contaminados, de alguna manera, y son corresponsables de los nefastos espectáculos a los que asistimos cada fin de semana en casi todos los torneos, sean o no de la AFA.

En la primera división, el despropósito comienza con jugadores carentes del profesionalismo que exige su condición, movidos por clara mala fe en muchas situaciones durante los partidos. Continúa con directores técnicos que no aceptan de buena gana ningún fallo contrario y que con gestos ampulosos avivan el fuego del descontrol. Menos ayudan los hinchas en este escenario en ebullición cuando, en general, son incapaces de asumir una derrota con hidalguía y consideran al árbitro un enemigo o un agente infiltrado, pagado por el equipo contrario.

Octubre de 2015. El equipo inglés de rugby queda fuera del Mundial en su propia casa, pero despide con un pasillo y aplausos a su rival, Australia
Octubre de 2015. El equipo inglés de rugby queda fuera del Mundial en su propia casa, pero despide con un pasillo y aplausos a su rival, Australia Fuente: LA NACION

Muchos dirigentes, por su parte, deberían aportar mesura y liderazgo del bueno, aunque lamentablemente muchas veces se mimetizan con los barrabravas y tiran por la ventana esos valores de juego limpio y caballerosidad de los que alardean cuando hablan en sus presentaciones. También hay responsabilidad en algunos periodistas y comunicadores que alimentan y disfrutan el rating que dan los conflictos, los atizan y tienen por costumbre denigrar a los principales protagonistas del juego: los jugadores.

La tarea del árbitro de fútbol es tan exigente como compleja. Debe combinar en dosis adecuadas la severidad, la contención, la escucha, el rigor y la paciencia. Conducir un partido de fútbol por los carriles adecuados es un arte que llegan a desarrollar muy pocos. El árbitro debe saber prevenir los conflictos para que no escalen y terminen desvirtuando un partido. Convive en tiempo real con un ambiente hostil que todo lo cuestiona, y con jugadores en muchos casos expertos en el arte de simular y obtener ventajas como dé lugar.

Solos y sin contención, ante miles de personas presenciando el juego en un estadio y ante millones que los miran con lupa por televisión, deben tomar las decisiones correctas en apenas segundos. No se les tolera el más mínimo error en situaciones por demás difíciles, que muchas veces la tecnología más avanzada o un panel de supuestos sesudos expertos en la materia no pueden clarificar en horas.

Al margen del nivel arbitral y de las equivocaciones propias de cualquier actividad, creer que todos los árbitros son deshonestos habla más de quien emite el juicio de valor que de la realidad.

Afortunadamente, no todo está perdido. Como vimos en la reciente Copa del Mundo, disputada en Japón, el rugby ofrece un soplo de esperanza para el deporte en general.

4 de julio de 2010. Jugadores de la selección española de fútbol rodean y presionan al árbitro guatemalteco
4 de julio de 2010. Jugadores de la selección española de fútbol rodean y presionan al árbitro guatemalteco Fuente: LA NACION

Es gratificante observar cómo una mole de 120 kilos y dos metros de altura es capaz de escuchar atentamente las recomendaciones de un árbitro y, ante una tarjeta amarilla o roja, alejarse del campo de juego sin siquiera una mueca de disgusto por la sanción recibida. Estos jugadores son los reyes del autocontrol y eso irradia en forma natural tanto a sus propios compañeros como a los rivales y a los espectadores que colman los estadios en general. Pensemos que, por ejemplo, en las tribunas conviven hinchas de los clubes enfrentados y que, siguiendo la costumbre sajona, beben cerveza durante el partido, pero no por ello caen en enfrentamientos ni en desmanes.

Que se trata de jugadores expuestos a niveles altísimos de adrenalina, propios de un juego de máximo contacto y que compiten por logros tan trascendentes como un título mundial les da aún más mérito. No por nada algunos sostienen hoy que el fútbol es un deporte de caballeros practicado por animales, mientras que el rugby sería un deporte de animales practicado por caballeros.

Algunos entrenadores se limitan a tomar apuntes del partido en sus cuadernos y no comulgan con las desmesuras ni en las buenas acciones propias ni en las desafortunadas.

Las hinchadas conviven mayormente sin mayores problemas, recitan con orgullo y pasión las letras de sus himnos, cantan durante todo el partido, pero son también capaces de mantener silencio ante los penales. Tampoco es extraño que aplaudan las jugadas destacadas del equipo rival.

Recomponer el principio de autoridad en nuestras canchas de fútbol es una misión titánica, que requiere un trabajo de hormiga a muy largo plazo. Un trabajo que tiene que arrancar en la familia, en las escuelas y en las divisiones inferiores de los clubes. Comencemos por resaltar esos gestos edificantes y los comportamientos virtuosos proclives de ser contagiados y que también existen en nuestras canchas. Pongamos una sólida base para construir los cimientos de un nuevo fútbol donde el árbitro goce del respeto, del lugar y del reconocimiento que merece su función. Sin dudas, aun cuando muchos solo busquen marcar las diferencias, el rugby es en este terreno un ejemplificador modelo por imitar. Podemos y debemos colaborar en la reconstrucción del deporte con mayúsculas que anhelamos ver en nuestros estadios para alegría de todos.

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