Donar plasma, un acto de amor

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27 de junio de 2020  • 00:00

El mundo científico trabaja incansablemente para arribar a una vacuna contra el Covid-19. En el último tiempo, la utilización del plasma de aquellos enfermos que se han recuperado del Covid-19 en quienes aún padecen la enfermedad ofrece una opción experimental de tratamiento que crece con fuerza y que se estudia también en renombrados centros del país y del mundo. Sin embargo, hasta el momento, no está demostrada fehacientemente su eficacia ni la seguridad de su aplicación como tratamiento.

En 1971, el doctor Julio Maiztegui logró reducir los efectos de la fiebre hemorrágica argentina utilizando plasma inmune de convalecientes y es ese mismo principio el que hoy se aplica para tratar el Covid-19. La bióloga química argentina Laura Bover coordina desde el MD Anderson Cancer Center de la Universidad de Texas un equipo de más de 70 médicos en centros de salud de la Argentina que han permitido los avances. El Ministerio de Salud de la Nación comenzará un ensayo clínico nacional para evaluar los riesgos y beneficios de su aplicación entre nosotros.

Al haber estado expuesto al virus, el paciente recuperado fabrica sus propios anticuerpos, pero solo 7 de cada 10 lo logran. Eso vuelve sumamente valioso su plasma para quien transita la enfermedad y no generó aún sus propias defensas. Una vez transcurridos 14 días de su alta médica y con dos testeos negativos de Covid-19 en un intervalo de 24 horas, podrá convertirse en potencial donante de plasma. Deberá sortear una entrevista, un examen clínico, pruebas de laboratorio para determinar que cuenta con el nivel de anticuerpos y un consentimiento informado para ingresar en el ensayo clínico. El procedimiento de extracción es simple y sin riesgo, con un equipo que permite obtener, en 60 minutos, unos mililitros de plasma. No todos los recuperados pueden donar ni todos los pacientes enfermos pueden recibirlo.

Las donaciones de sangre y de plasma tienen elementos en común y otros diferenciales. Los requisitos habituales son los mismos en ambos casos (argentina.gob.ar/salud/donarsangre/quienes). Así como el donante universal de sangre, esto es el compatible con cualquier grupo y por tanto más codiciado, es el 0 negativo, en el caso del plasma el universal es el AB positivo. Mientras las recomendaciones para donantes de sangre contemplan no más de cinco donaciones anuales, un paciente recuperado de Covid-19 puede repetir su donación de plasma cada 15 días y beneficiar cada vez a cuatro enfermos. Muchos son los centros receptores a los que dirigirse (argentina.gob.ar/coronavirus/donacion-de-plasma/donde).

De los casi 50.000 contagiados a la fecha en el país, más de 14.000 ya se han recuperado, lo cual significa que hay 14.000 personas que podrían presentarse voluntariamente a donar su plasma.

Desde estas columnas, hemos señalado cómo el efecto pandemia redujo las donaciones de sangre y los problemas que esto acarrea. Debemos tomar conciencia de la importancia de aquellos pequeños grandes gestos de solidaridad que pueden cambiar el curso de muchas vidas. Urge aumentar la posibilidad de maniobra de los bancos de sangre y de plasma. Apelamos a la conciencia solidaria para entender que también son tiempos de acopiar estos insumos básicos para la emergencia.

Ayer, la Cámara de Diputados de la Nación aprobó por unanimidad un proyecto de ley que había obtenido igual consenso en comisión. Dispone la creación de una campaña nacional para la promoción de la donación voluntaria de plasma entre pacientes recuperados, la ayuda para que los pacientes recuperados puedan acercarse a donar, el establecimiento de dos días de licencia laboral posdonación y premiar a los donantes con el título de "ciudadano solidario destacado de la República Argentina". No ponemos en duda la buena intención de sus propulsores pero, una vez más, el Estado pretende regular, en este caso, algo tan delicado como la voluntad solidaria de los ciudadanos. Más allá de la indiscutible importancia de difundir esta temática, conceder dos días de licencia cuando por donación de sangre corresponde solo uno o tentar con fatuos reconocimientos a quien expresa su voluntad de donar no parece sensato.

Enfrentamos dramáticamente la necesidad de motorizar gestos voluntarios. Cuando el encierro, las máscaras, la sanitización y el distanciamiento no han sido suficientes para protegernos del contagio, cuando hemos tenido la fortuna de recuperar la salud, cuesta imaginar que no podamos tomar conciencia sobre el valor de donar plasma, una simbólica forma de estrechar solidariamente a quien aún transita la angustia de la enfermedad. Compartir la propia inmunidad salva vidas.

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