Economía del (des)conocimiento

Esta imagen tan viralizada, utilizada para tantos propósitos, describe con crudeza los obstáculos en la carrera de un emprendedor en nuestro país
Esta imagen tan viralizada, utilizada para tantos propósitos, describe con crudeza los obstáculos en la carrera de un emprendedor en nuestro país
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8 de noviembre de 2020  • 00:03

El 8 de octubre Diputados aprobó la nueva ley del conocimiento, que sustituye a la impulsada en tiempos de Mauricio Macri y que el actual gobierno había suspendido a poco de entrar en vigor. Esta reforma buscó, fundamentalmente, dotar de mayor discrecionalidad al Poder Ejecutivo para decidir quién puede gozar o no de los beneficios de la ley, limitando de manera sustancial el acceso a ella por parte de las empresas "grandes", como Mercado Libre, Globant y Accenture, entre otras, nuevo exponente del sesgo ideológico con el que se alienta el "pobrismo", en este caso, una suerte de "pobrismo empresario".

El propio gobernador Axel Kicillof afirmó hace pocos días que "los emprendedores para el gobierno anterior eran algo así como los de las películas norteamericanas, que en un garaje se les ocurre una fantástica idea, trabajan solitos, la patentan, la ponen en la Bolsa de Nueva York, se llenan de plata, se compran un yate y se convierten en millonarios que andan por ahí despilfarrando dinero. Nunca pensaron que los verdaderos emprendedores de la Argentina son los trabajadores colectivos, particularmente los asociados a través de las cooperativas, de los pequeños emprendimientos, que le ponen cabeza, que le ponen corazón, que le ponen ingenio, para convertir un manojo de fierros en una fuente de ingresos y en productos de primerísima calidad". Las absurdas e insostenibles connotaciones ideológicas de su discurso nos eximen de mayor explicación o exégesis.

A la luz de sus palabras, la intención pasó a ser "burocratizar" y "discrecionalizar", barriendo de un plumazo el consenso logrado entre los sectores privado y público, plasmado en la norma que había conducido a la aprobación unánime y a la reglamentación de la ley de economía del conocimiento, luego de más de dos años de trabajo. El pobrismo empresario mandaba excluir o limitar al máximo a las empresas grandes.

El sistema establecido originalmente fijaba requisitos de porcentajes sobre facturación, es decir variables acordes con el tamaño de la empresa, y preveía una excepción para emprendedores durante los primeros tres años. En la nueva se insistió en remarcar la diferencia entre pequeñas y grandes, y poner topes a estas últimas.

En un país que necesita más que nunca generar fuentes de trabajo genuino e ingreso de divisas se limitó así la cantidad de empleados sobre los cuales las empresas de la industria del conocimiento pueden obtener una baja en el costo laboral, a través de un bono de crédito fiscal sobre contribuciones patronales, y se redujo a un tercio el beneficio sobre el impuesto a las ganancias para las grandes. De esta manera, alcanzado el tope, estas carecerán de incentivo para seguir contratando gente.

Por si esto fuera poco, si una pujante empresa pequeña soñara con aumentar su facturación, debe saber que perderá dos tercios del beneficio que la ley hoy le asigna sobre la carga de impuesto a las ganancias. Algo que solo encuadra dentro de la irrazonable lógica de que no es bueno crecer.

Llamará la atención de algún desprevenido que se haya dejado abierta la puerta a "excepciones", para aquellas empresas que aun no acreditando el parámetro objetivo y transparente de alcanzar el 70% de facturación según registros de AFIP en las actividades promovidas puedan acreditar su actividad por parámetros no tangibles y discrecionales como "el uso intensivo del conocimiento". Un conveniente salvoconducto para los amigos.

Fieles al imperativo eterno de romper con todo lo hecho por el gobierno anterior, son las pymes un segmento conformado en gran medida por emprendedores de los más perjudicados. ¿O a quién perjudica más la eliminación de las sociedades por acciones simplificadas (SAS), a las empresas grandes o a los que quieren arrancar una pyme? ¿Y el Exporta Simple? Algunos pasos en la dirección correcta dados por la gestión macrista hoy han sido desactivados en esa irrefrenable necesidad por diferenciarse. Aunque sea para mal.

Tampoco se tuvieron en cuenta los aprendizajes de casi 15 años de aplicación de la ley de software, que habían sido recogidos por la nueva norma. Por ejemplo, que los bonos de crédito fiscal pudiesen ser aplicados a todos los impuestos o que pudiesen ser cedidos por única vez para poder asegurar su uso. Esta mejora fue eliminada, con lo cual volveremos a perjudicar a empresas que, por ser netamente exportadoras, no facturen IVA. Como si pudiéramos darnos el lujo de trabar el ingreso de dólares.

También se derogó la estabilidad fiscal, reemplazándola por el eufemismo de "estabilidad de beneficios". Se tiró por la borda el enorme avance logrado con el beneficio a exportaciones que se realicen a países con los cuales no exista convenio de doble imposición. En su lugar, se dispone lo mismo que ya existía antes de la aprobación de la ley original, pero que no soluciona el problema.

Todo ello no hace más que revelar un preocupante desconocimiento oficial sobre cómo funciona una economía moderna, incluso en países con ideologías políticas diversas. ¿Alguien puede pensar que Estados Unidos, China, Israel, el Reino Unido, Francia, Alemania podrían poner un tope a la contratación de empleados en las empresas tecnológicas? ¿No se desviven acaso los países en vías de desarrollo, desde Uruguay hasta Bielorrusia, por ofrecer incentivos fiscales para que las empresas del conocimiento se instalen allí?

Mientras tanto, en la Argentina buscamos que las grandes no vengan, que las grandes que ya están se vayan, que las chicas no crezcan y que los emprendedores (los de los yates) no arranquen, se hundan o se vayan a otro país. En nombre del pobrismo nos quieren ver miserables.

Se advierte un enorme desconocimiento sobre el concepto de cadenas de valor y de la relación virtuosa entre empresas grandes, pymes y emprendedores. Han logrado meter la grieta hasta en la relación entre empresas pequeñas y grandes.

Contamos con la cantidad de empresas per cápita más baja de la región, casi un 50% por debajo. E insistimos en pretender convertir al Estado en eje de un desarrollo que ha fracasado.

En un mundo que sufre la franca caída del empleo industrial, la economía del conocimiento brinda la inestimable oportunidad de generar empleo de calidad, de manera federal, sin distinción de edad o clase social, así como de generar los dólares que tanto necesita el resto de los sectores productivos.

Continuar por la senda del (des)conocimiento de una economía que se rige por reglas propias e independientes del sesgo que desde el Estado se busca imponer solo conduce a que cada vez menos quieran emprender o crecer en esta Argentina expulsiva, tierra minada por todo tipo de obstáculos y problemas. Con la riqueza de nuestros recursos naturales, sumada al talento indiscutido de nuestra gente, la máquina de impedir oficial nos conduce al despeñadero. La realidad se impone por sobre los relatos y nos arrastra a un futuro incierto del que las falsas promesas populistas jamás podrán rescatarnos.

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