El default de los valores

La Argentina posee recursos y profesionales idóneos en abundancia, pero carece de un acuerdo básico en el cual se sustente una infraestructura moral
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28 de septiembre de 2014  

Si vivimos en una época en la que se pesan los billetes de la corrupción es porque la moral, en simultáneo, ha dejado de tener peso. La ausencia de un comportamiento ético es un tópico considerado secundario por nuestra sociedad, pero es el mayor obstáculo de fondo que impide el desarrollo de la Argentina. Es el default que antecede a todos los defaults, es la deuda que antecede a todas las deudas y es la pobreza que antecede a toda pobreza, situación a la cual hasta un 40 por ciento de la población podría ser vulnerable ante un shock adverso, según el Banco Mundial.

En la ausencia de un patrón moral de conducta está el núcleo de todos los deterioros posteriores. Es por eso que estamos ante una cuestión impostergable sobre la cual necesita reflexionar la sociedad en su conjunto para salir alguna vez del marasmo histórico y de la eterna repetición de las crisis en que vivimos sumergidos.

La Argentina no carece de personas capaces ni de profesionales e intelectuales idóneos. No carece tampoco de la capacidad para pensar políticas públicas adecuadas para el mediano y el largo plazo. No carece de riquezas ni de recursos naturales. Pero carece, esencialmente, de una infraestructura moral, de una sólida red de creencias mínimas acerca de lo que se puede o no tolerar en la vida pública de un país. Carecemos aún de ese pacto básico, de un acuerdo para trazar límites precisos acerca de lo que se puede o no permitir que ocurra.

Al carecer de esta clara línea de demarcación, nuestra sociedad tiende a ver como naturales los problemas más graves y a acostumbrarse a convivir con ellos, en lugar de declararlos inaceptables y exigir su inmediata corrección. A esta falta de una infraestructura ética esencial para la sociedad, se suma la carencia de controles públicos y de políticas anticorrupción –en gran parte porque los órganos de control han sido cooptados por la fracción gobernante–, así como de mecanismos efectivos de rendición de cuentas.

La vida de la Argentina, en particular en su esfera pública, no carece de ideas, sino esencialmente de valores. Y las ideas, sin valores que las inspiren y orienten, pueden constituir el germen de la corrupción, al ser herramientas utilizables para cualquier fin, que muchas veces terminan siendo empleadas para violar el bien público.

Por esta razón hemos asistido en los últimos 25 años a los desmanes de la corrupción que llevaron adelante gobiernos de uno y otro signo político. Tanto la era Menem como la era Kirchner han sido ejemplos de identidad en la ausencia de valores, aun cuando se trate de ideologías prácticas opuestas. Ambos gobiernos practicaron una corrupción rampante y el descaro más absoluto en el ejercicio de la función pública. Ambos cultivaron el delito y la hipocresía de robar al pueblo en nombre del pueblo. Ambos usaron las ideas como taparrabos de la ausencia de ética.

Si no hay una columna vertebral ética que oriente las ideas de la política, esas ideas, independientemente de su origen y contenido, se desvirtúan y se corrompen. Porque si los valores sin ideas son mudos y no pueden expresarse, las ideas sin valores son ciegas, y carecen de dirección. Una ideología a la que se le suman valores es un cuerpo de ideas que puede estar más o menos equivocado frente a lo que exige la realidad. Pero una ideología sin valores no tiene manera de convertirse en algo benigno, y es el primer paso hacia la absoluta ausencia de escrúpulos.

Muy poca esperanza nos queda de que el actual gobierno nacional modifique su rumbo de desquicio moral. Pero para el futuro, luego de 2015, tampoco bastarán nuevos planes de gobierno para embarcar al país en un rumbo de desarrollo si no hay un acuerdo previo acerca de los valores que nos deben de regir, basado en un amplio consenso social y político. Aunque cabe aclarar que, cuando hablamos de valores, no hablamos de la prédica, sino del ejemplo y de la acción.

Es necesario comprender que no se trata sólo de tener convicciones. Las convicciones desvinculadas de un marco de valores son, en el mejor de los casos, necias, y en el peor, sumamente peligrosas. Son meras expresiones de la retórica: cualquiera puede desarrollar un menú y un recitado de ellas. Ya lo decía Friedrich Nietzsche, en una frase memorable a través de la cual podríamos poner a este Gobierno a trasluz: "Las convicciones son enemigas de la verdad más poderosas que las mentiras". Es fácil hablar acaloradamente desde la tribuna, acusar con el dedo a los antipatrias, o tener la ?inefable receta de cómo deben ser las cosas, aunque las cosas desobedezcan. Lo difícil es que en las propias acciones se reflejen valores coherentes con lo que se predica. Lo que habla de nosotros no son nuestras palabras, sino nuestros actos. Y de lo que se trata es de subordinar las ideas a una brújula más profunda.

El énfasis no da razón a lo que decimos. Sólo el ejemplo de lo que hacemos nos da autoridad moral. Así, por su énfasis, la indignación con la larga lista de antipatrias –o "buitres", en el nuevo léxico kirchnerista– que se enumera todos los días, lo que pretende es crear el efecto de que vienen de la encarnación de la pureza. Pero, como se mencionó al principio, sabemos que viene de los que tienen que pesar los billetes de la corrupción, porque no les alcanzaría la vida para contarlos. Pagamos en Qatar y en Bolivia precios insólitos por el gas que podríamos producir por una fracción de ese precio. ¿Quién se beneficia con esos sobrecostos? La tremenda dicotomía entre el decir y el hacer es lo que hace crujir a toda nuestra sociedad. Y es la misma dicotomía que la de un vicepresidente que fija su domicilio en un médano. Porque la Argentina no ha aprendido aún a purgar lo que la daña, sino que lo protege y le da asilo en el corazón del sistema.

La visión primaria sobre el problema de conducta de la Argentina está orientada en general hacia el manejo de la cosa pública. Quedan pocas dudas de que la corrupción es un hecho inmanente al sistema político pero es, a la vez, un fenómeno integrante de nuestra configuración social. Pero la sociedad sigue siendo ampliamente permisiva frente a los hechos políticos de corrupción. Y esta permisividad ha quedado evidenciada por la cíclica elección de dirigentes políticos a quienes no castiga mediante el voto cuando son manifiestamente deshonestos.

Una sociedad que no cree demasiado en la ley y que carece de vocación por apegarse a regla alguna genera en su vida pública un comportamiento, con su correlato de impunidad, que no permite el desarrollo del país a largo plazo.

Como reacción social se ha visto aflorar determinados actores que, como víctimas de "la corrupción que mata" identifican y combaten a los verdaderos buitres locales que se roban lo ajeno. Como ejemplo, se pueden observar movimientos de familiares de tragedias como Cromagnon u Once, madres contra el paco en los segmentos más vulnerables de la sociedad y organizaciones sociales, como La Alameda, que luchan contra el delito organizado. Pero no basta.

En el contexto de lo expuesto, cabe señalar a dos actores sociales relevantes que quedan envueltos en el contexto de corrupción y anomia y que lamentablemente cumplen un rol pasivo, sin poder intervenir: los jóvenes, que no tienen espacio para poder modificar las reglas de juego, y los segmentos más vulnerables de la sociedad atrapados en el clientelismo y el asistencialismo político y sindical. La juventud que podría tener un rol protagónico en la construcción de nuevas lógicas es obstaculizada por el statu quo generacional. Y los segmentos más vulnerables, que necesitan reglas de juego que promuevan movilidad social ascendente, se ven sometidos en su dignidad por estructuras de dirigentes que se dedican a administrar pobreza y a lucrar con ella en vez de combatirla.

Necesitamos pensar en un acuerdo de valores que nos permita un cambio de conducta privada y pública. Hoy vivimos en una sociedad que carece de escrúpulos. Este término, que proviene del latín, significa una piedra en el zapato, aunque muchos miembros del oficialismo lo puedan confundir con el nombre de una isla griega. Esas pequeñas piedras en los zapatos, escrúpulos nacidos en los valores, le hacen falta a la Argentina para caminar en la dirección del desarrollo.

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