El fútbol, rehén de barrabravas

La reciente agresión a un futbolista y la suspensión de un partido revelan la más oscura cara de este espectáculo
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1 de noviembre de 2011  

La agresión que sufrió el jugador Jonathan Bottinelli por parte de hinchas de su propio club, San Lorenzo de Almagro, y la posterior suspensión del partido que este club debía jugar con All Boys el último fin de semana mostraron la cara más oscura del fútbol argentino y dejaron al Estado en posición débil en lo que respecta a una de sus obligaciones primordiales, como es garantizar la seguridad de los ciudadanos.

El hecho, producido cuando barrabravas irrumpieron en un entrenamiento para increpar a los futbolistas de San Lorenzo por sus últimos rendimientos, dejó al desnudo la complicidad de los dirigentes con los violentos, traducida en la facilidad con que grupos de violentos acceden a prácticas, reuniones de comisión directiva y hasta a negocios de lo más diversos dentro de los clubes.

La magnitud del episodio y la tibieza con que reaccionó el mundo del fútbol, incluidos los propios futbolistas, obligaron al Gobierno a tomar cartas en el asunto y a ordenarle a la Asociación del Fútbol Argentino, a través del Ministerio de Seguridad, la suspensión del partido que San Lorenzo debía jugar ante All Boys.

La medida de la cartera que encabeza Nilda Garré apuntó a prevenir la posibilidad de que el cotejo fuera campo propicio para nuevos hechos de violencia, pero, al mismo tiempo, es reprochable y preocupante observar que el Estado de alguna manera se repliegue ante la imposibilidad de garantizar la seguridad en un espectáculo público.

Interesado como está en el fútbol profesional para atiborrar de publicidad oficial las pantallas de televisión y para otro tipo de manejos políticos, el Gobierno no puede ignorar la barbarie y la corrupción que anidan en la gran mayoría de los clubes.

Un delito como el ocurrido en San Lorenzo es moneda casi corriente en muchas instituciones y siempre protagonizado por personajes a quienes todos conocen.

Sólo por citar un hecho de una lista que puede llenar decenas de renglones, baste recordar que, hace pocas semanas, Antonio Mohamed dejó la dirección técnica de Independiente echado por la barra brava, según sus propias palabras, luego de haber sufrido un claro hecho de intimidación dentro del club por parte de hinchas que siguen circulando dentro de la institución como si nada.

Por cierto, los jugadores no son sólo las víctimas de la violencia que se enseñorea en los clubes, pues muchos de ellos disfrutan de la compañía de los barras, se mimetizan con ellos en las tribunas cuando por la razón que fuere no les toca jugar, les regalan sus camisetas y hasta los acompañan en las escasas ocasiones en las que quienes delinquen son detenidos y encarcelados. Está fresco, todavía, el recuerdo de cuando, en 2007, dos jugadores de Boca Juniors, Pablo Migliore y el emblemático Martín Palermo, visitaron en la cárcel a Rafael Di Zeo, quien por estas horas tiene a mucha gente en alerta y preocupada por su determinación de recuperar el liderazgo de la barra brava del club de la Ribera, como se pudo apreciar anteayer, en el partido disputado en la Bombonera.

Precisamente Migliore, hoy arquero de San Lorenzo y de muy buena relación con los barrabravas, fue partícipe del incidente que tuvo como víctima a Bottinelli.

Lo ocurrido en San Lorenzo también volvió a demostrar cuán fuerte es la red de complicidades y temores que tiene atrapado al fútbol argentino y cuán ausente está el Estado a la hora de garantizar la seguridad: aunque los agresores actuaron a cara descubierta, nadie parece saber, ni siquiera el propio Bottinelli, quiénes perpetraron el hecho. Y, por supuesto, nadie ha sido aún detenido.

Los rumores de que al frente de los agresores estuvo el jefe de los barrabravas del club, Cristian Evangelista, conocido como Sandokán, por ahora quedaron simplemente en eso. Sí admitieron directivos de San Lorenzo que Evangelista se reunió con ellos recientemente para ver la posibilidad de participar en un llamado a licitación que hará la institución.

Como prenuncio de que nada cambiará en el fútbol, Bottinelli era golpeado casi en el mismo momento en que Julio Grondona asumía un nuevo período como presidente de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA). Todo pasa, debe de haber pensado, a tono con su filosofía de dirigente, y nada hizo frente al hecho. Esta vez, el Gobierno no estuvo a su lado, pero no lo hizo para enfrentar el problema, como es dable esperar, sino para esquivarlo. Como si también sus funcionarios pensaran que todo pasa.

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