El juego de las sillas ¿llegará a su fin?

Desde que el populismo se arraigó en el país, la población ha bailado al ritmode recetas que siempre perjudican más a las personas de mayor vulnerabilidad
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3 de noviembre de 2019  

El juego de las sillas requiere que haya una menos que la cantidad de personas dispuestas a jugar. Al ritmo de una canción, giran alrededor de ellas hasta que se corta la música y hay que sentarse. Quien no lo logra debe retirarse del juego. Así, hasta el final, cuando solo quedan dos participantes y una única silla. Y se define el ganador.

Desde que la Argentina entonó la marcha populista, hace casi 80 años, la población baila a su ritmo. Todos giran tratando de evitar el "sablazo" inflacionario y, en definitiva, quedan de pie los más vulnerables. Luego, se intenta recomponer su situación por un tiempo, aunque los más débiles terminan siempre sin sentarse.

En 2001, cuando se abandonó la convertibilidad que el mismo peronismo había adoptado, no hubo sillas para nadie. Néstor Kirchner intentó morigerar el impacto mediante la congelación de tarifas, la prohibición de exportaciones y la fijación de precios para proteger la mesa de los argentinos. Inicialmente, tuvo éxito: el subsidio a las tarifas impulsó un mayor consumo interno, alterando los patrones de gasto de las familias y los costos de los comercios, industrias y clubes. Al tener luz, gas, agua y transporte "regalados", los carritos de los supermercados se llenaron con artículos pagados con el ahorro en tarifas. Correlativamente, el gasto público creció para sufragar los subsidios.

Las provincias también aumentaron aún más sus nóminas de empleados y las sucesivas moratorias previsionales dieron cobertura a millones de personas que no habían realizado aportes con anterioridad. El gasto público estalló. En 2003, era casi un tercio del PBI. Con Cristina Fernández, superó el 40% cuando terminó su mandato. En 2015, con ingresos de solo el 39% del PBI, el déficit fiscal subió al 8% del PBI. Las jubilaciones y pensiones son su causa principal: absorben el 60% del gasto (11% del PBI). Como otro legado de la convertibilidad, los subsidios a la energía insumen el 1,2% y los subsidios al transporte alcanzan al 0,9%. Los servicios de la deuda pública implican un 4% del PBI gracias al "gradualismo" que la utilizó para sortear la desmesura, sin reducirla.

De los 4 millones de empleados públicos, la mitad se incorporó durante el kirchnerismo y la mayor parte, en provincias y municipios. De los 8,4 millones de jubilados y pensionados, 3 millones ingresaron en ese lapso, sin haber hecho aportes. En 2005, las pensiones no contributivas ascendían a 170.000, en 2015 aumentaron a 1,5 millones, de las cuales un millón son por discapacidad, con casos notables como Santiago del Estero, Formosa o Chaco, donde casi un tercio de la población económicamente activa es (teóricamente) discapacitada.

La Argentina gasta en jubilaciones el 12% de su PBI. Más que Japón, con el 10,5%, y Australia, que gasta el 4,3%. Mientras la proporción sustentable entre activos y pasivos debería ser de 4 a 1, en nuestro país es de 1,4 a 1. Insostenible.

En cuanto a los programas sociales, que en 2005 cubrían a 2,2 millones de personas, en 2015 alcanzan a 8 millones de beneficiarios. El gasto social, incluyendo pasivos y programas sociales, en época de Raúl Alfonsín ascendía al 52% y ahora alcanza al 70%.

La provincia de Buenos Aires, que se encuentra "devastada", según Axel Kicillof, por no haberse solucionado sus problemas, fue gobernada durante casi 30 años seguidos por gobiernos peronistas (1987-2015) y solo cuatro por María Eugenia Vidal, quien introdujo transformaciones que nunca se vieron en las tres décadas precedentes.

Los argentinos continuamos sin resolver los desajustes fiscales que quedaron humeantes hace 20 años. Así como las personas juegan a las sillas para eludir el costo económico del impuesto inflacionario, los gobiernos también lo hacen, para evitar el costo político de eliminarlo. Y así, el gobierno de Cristina le "pasó" a Mauricio Macri la mochila pesadísima del gasto desbordado, que el entrante pretendió ignorar conforme su estrategia de recuperación indolora.

El mes próximo, Cambiemos les habrá devuelto a los Fernández esa piedra de Sísifo y será Alberto quien busque una silla, sabiendo que ya no habrá lugares para sentarse ni alternativas para financiarlo, como en el pasado.

Así como hemos alentado una transición armoniosa, para facilitar la gestión del nuevo gobierno y evitar una crisis financiera prematura, la futura conformación de fuerzas equilibrada en el Congreso nacional permitiría también imaginar una colaboración posterior, para abandonar el juego de las sillas e introducir, finalmente, las reformas que otorguen sustentabilidad a las finanzas públicas, eliminen la inflación y alienten una etapa de recuperación económica.

Desde estas columnas hemos señalado que los mayores desafíos los plantean el pago de la deuda pública, el déficit fiscal y la estabilidad monetaria. Y que la recuperación de la confianza es la condición precedente para lograr esos objetivos.

Sería revolucionario que, después de diciembre, se lograsen acuerdos básicos a nivel político entre el "albertismo" incipiente, los gobernadores, los sindicatos y Cambiemos, para llevar a cabo esas transformaciones. El riesgo país se desmoronaría, así como la tasa de interés, con una fuerte recuperación en la demanda de moneda, los depósitos bancarios y el crédito al sector privado. En ese contexto, la renegociación de la deuda externa sería mucho menos costosa para la población por la mejora en las perspectivas de crecimiento. Así como los ajustes en otros gastos, si comenzase una nueva etapa de expansión del sector privado, con aumento del empleo genuino y del poder adquisitivo del salario.

Es aún temprano para vaticinar si esos acuerdos serán o no posibles, pero es importante echar luz acerca del impacto que tendrían para mejorar realmente la situación de quienes más sufren la actual coyuntura. Y terminar el juego de las sillas, de modo que al detenerse la música haya, por fin, asientos para todos.

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