El sano criterio en transmisiones en vivo

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13 de abril de 2019  

En este mundo globalizado, es usual asistir a un número creciente de ejemplos del "efecto mariposa". Fue acuñado así por el matemático Edward Norton Lorenz en relación con la teoría del caos: "El aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo". Tan sutil observación contempla, desde luego, el enorme poder que tiene hoy la vertiginosa difusión de cualquier información a través de múltiples soportes digitales. A veces se producen efectos similares a los del clásico ejemplo de la voz que se eleva bien alto para prorrumpir con la alarma de "¡fuego!" en una sala a oscuras, colmada de personas.

Cuando la inmediatez y la velocidad se imponen como consignas, muchas plataformas se encuentran en condiciones de brindar transmisiones en vivo para sus seguidores. Se acortan de tal modo procesos y tiempos a partir de la captura de un material en audio o video, sin necesidad de editarlo, para después distribuirlo con las consiguientes exhibiciones que tiene por objetivo su realización. No hay, pues, en principio, red alguna para contener desafortunados mensajes en transmisiones de tales características, con todo lo bueno y lo malo de que así sea. Las redes sociales suman su enorme potencial en esa misma dirección.

En tiempos recientes, la mezquita de Al Noor, en Nueva Zelanda, se convirtió en macabro escenario de una masacre. Brenton Tarrant, australiano de 28 años, vestido de militar y portador de una escopeta semiautomática y un rifle, abrió fuego a mansalva sobre los fieles. Recargó las armas numerosas veces. Por Twitter, había anticipado un manifiesto de lo que definió como "ataque terrorista". Su locura lo llevó también a transmitir en vivo, a través de Facebook Live, los crímenes que cometía. Quedó patentizada en voz e imágenes la atroz secuencia de hechos desde el momento en que estacionaba su vehículo y tomaba las armas del baúl hasta dirigirse al templo donde dispararía a mansalva.

Se estima que 1,5 millones de usuarios vieron la masacre de 50 personas en Nueva Zelanda. A raíz de esto, el Centro Simon Wiesenthal instó a Facebook a modificar las modalidades de su acceso a transmisiones en vivo. Tuvo éxito en el reclamo. "Estamos complacidos de que Facebook esté tomando la iniciativa de no permitir las transmisiones en vivo de posibles futuros atentados terroristas", dijo el rabino Abraham Cooper, decano asociado de aquel centro y líder del Proyecto sobre Odio Digital y Ciberterrorismo de la Organización Judía Internacional de Derechos Humanos.

Facebook ya había sido cuestionado, según consta en el Informe 2019 de la institución, por haber permitido la publicación paga de propaganda neonazi en las redes. El llamado del Centro Wiesenthal se extendió a plataformas como Twitter, YouTube, Instagram y otras más pequeñas, a fin de que tomaran medidas similares.

Como lo sugiere el aletear de una mariposa, no hemos de olvidar cuántas veces son las pequeñas acciones las capaces de generar grandes cambios o impactos descomunales en las sociedades. La velocidad con la que se desplazan las comunicaciones en la era de la revolución digital no puede sino contar con un correlato de sensatez destinado a que se acoten los funestos efectos de difundir en este ancho mundo las acciones de cualquier desequilibrado personaje detrás de la fama póstuma.

A veces se trata, más que de acciones individuales, de delirios colectivos, como los actos de terrorismo masivo lanzados por años en la Argentina por organizaciones subversivas teñidas de marxismo y de proclamas populistas, tanto para ocasionar daños de verdad como para que se agigantara la dimensión de sus acciones a través de la potenciación en los medios de comunicación.

Tenemos sobrada experiencia nacional sobre cómo terminan esas aberraciones. Las certezas sobre ese punto no empalidecen por la disparidad de interpretaciones que todavía se prolonga entre nosotros respecto del balance final de todo aquello, incluso sobre los resultados en cantidad de bajas y daños materiales en que derivó tanta locura entre argentinos, azuzada por extranjeros, en la década del setenta.

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