El tricentenario de la Real Academia Española

La obra de esta señera institución ha servido para dar unidad a una cultura común de sociedades que hoy agrupan a más de 500 millones de hablantes
(0)
15 de octubre de 2013  

Han comenzado en España los actos oficiales por los trescientos años de la fundación de la Real Academia Española. No es un acontecimiento que sólo concierna a los españoles. La lengua castellana es la manifestación más viva, más rotunda de la cultura común de sociedades que hoy agrupan, en conjunto, más de 500 millones de hombres y mujeres.

La mayoría de los hispanohablantes se encuentra en América, incluidos los más de 50 millones que habitan los Estados Unidos. Su crecimiento, a tasas superiores a las de otras minorías asentadas en el territorio de esa potencia, se ha hecho sentir sobre la política interna norteamericana; prenuncia, además, que la comunidad hispana estará representada, cuando menos, en alguno de los binomios presidenciales en elecciones próximas.

Nada de todo eso ha sido casual. Si hubiera que identificar un rasgo incuestionable del genio político español, habría que atribuírselo, en primer lugar, a Felipe V. Un año después de que Juan Manuel Fernando Pacheco, marqués de Villena, fundara la Academia, aquel la legitimó con una real cédula, poniéndola bajo su amparo. En segundo lugar, deberá decirse que, quienes luego rigieron los destinos de España comprendieron por igual que la unidad de la lengua nacida en Castilla era la regla de oro para preservar la cohesión y prolongación de una de las culturas que se alzan en la contemporaneidad entre las de mayor gravitación planetaria.

Si hay una facultad operativa que se ha reservado al rey de España hasta en la mismísima Constitución de 1978, gestada en medio de la transición que reafirmó la paz sellada por demócratas y antiguos franquistas tras la muerte de Franco –y que nadie, dentro o fuera de España, debe osar que se dañe?, ésa ha sido la de velar por la continuidad lingüística de los españoles y de quienes hablan su lengua en otras partes. Es lo que ha hecho, como tarea específica de altísimo grado profesional, la institución de la que se conmemoran los primeros tres siglos de existencia.

Las academias no crean idiomas y los idiomas no se gestan en un solo y único acto, como el nacimiento de las personas, sino que devienen de un proceso colectivo de lenta maduración. Las academias se encargan, sí, de legitimar las voces que se emplean, condicionando tal legitimación al cumplimiento de dos condiciones: una, de tiempo, y la otra, de espacio. De modo que no se canonizan palabras que puedan haber respondido al capricho efímero de un individuo o grupo de personas o que se hayan utilizado en un ámbito geográfico tan reducido que haga descabellada la pretensión de mensurar sus medidas. Con fuerza de ley para quienes acatan su autoridad, la Real Academia lucha, cada vez con más frecuencia, por poner a salvo la estructura lógica del idioma, terreno irrenunciable para ella.

Esos peligros provienen, en particular, no de las contracciones que gritan victoria desde los mensajes de texto por celulares, sino de la aplicación ciega y literal a nuestra lengua de expresiones que caben con naturalidad en otras. "I will call you back", propio del inglés para hacer saber a alguien que se le responderá un llamado, se convierte en un absurdo inaceptable cuando se traduce, palabra por palabra: "Yo te llamo para atrás", según la desorientada acometida que se oye en los Estados Unidos.

Son muchas las tareas que asume la Academia con su equipo de lingüistas y especialistas en todas las disciplinas que propone la riqueza expresiva del español. No lo hace de manera aislada y autónoma; lo hace con la participación activa, desde hace años, de veintiuna instituciones de su misma naturaleza, desde la Academia Argentina de Letras, de señalada presencia en esa comunidad intelectual, hasta la de Filipinas, donde el español, custodiado antes por las clases más cultas, ha ido perdiendo vigor desde la guerra de 1898 a expensas de la fuerza expansiva del inglés, hasta quedar exangüe al cabo de la Segunda Guerra Mundial.

Benito Pérez Galdós, Pío Baroja, Ramón del Valle Inclán, Ramón Menéndez Pidal, Dámaso Alonso han sido algunas de las ilustres personalidades -Mario Vargas Llosa, en la actualidad- que han configurado el cuerpo de la academia. En la segunda parte del siglo XX no sólo han integrado el claustro autoridades con una visión universal notable del idioma, sino psicólogos, cineastas, figuras que pudieran aportar, desde el conocimiento profundo de las materias en las que están inmersos, la exactitud y propiedad de voces de uso corriente. Por eso ha integrado la academia una bióloga calificada, dado que la biología molecular es el campo que ha contribuido, por su desarrollo acelerado y fecundo en los últimos veinte años, con el mayor número de nuevas palabras al enorme capital que se acumula, con más de 83.000 entradas, en el Diccionario de la RAE.

Sería una ingratitud dejar en estas tierras sin eco suficiente la obra de tres siglos de una institución que ha hecho tanto por nosotros. Una sociedad que puebla magramente todavía el vasto territorio a su disposición en los confines del mundo está, sin embargo, felizmente vinculada por una lengua común con cientos de millones de hombres y mujeres; y es parte, así, de una comunidad internacional de valores e intereses en la que adquieren relevancia la creatividad y el trabajo de sus hijos.

Celebramos, pues, el acontecimiento que se prolongará hasta octubre de 2014, cuando se publique la vigésima tercera edición del Diccionario de la RAE. Asociar a la Argentina a este tricentenario es un gesto de gratitud y de sabiduría por lo que ha significado para el país la maravillosa lengua de Cervantes, de cuya existencia, como derivación del latín y de dialectos romances, han sido el primer testimonio escrito que se conozca las Glosas Emilianenses, bien del siglo XI o del siglo XII, halladas en el monasterio de San Millán de la Cogolla, en Rioja.

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.