El trigo transgénico

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23 de febrero de 2019  

El trigo transgénico HB4, tolerante a sequía y presentado por la firma argentina Bioceres para su aprobación oficial, es un caso testigo de las complejidades de la agricultura. El tema está en plena discusión y todos tienen argumentos válidos, pero ya se había visto que las dificultades son de por sí tantas que, en 2004, nada menos que Monsanto debió desistir, en medio de debates parecidos en Estados Unidos, de continuar con la línea de un trigo transgénico concebida en sus laboratorios.

Con la aprobación de la soja transgénica, en 1996, la Argentina abrió un camino a nivel mundial en la comercialización de este tipo de semillas. El problema reside en que por más que la ciencia diga que todo está bien y que no habrá daños para la salud de los consumidores, como lo asegura respecto del HB4, al trigo lo ha perseguido en todos lados el mito de que su nombre equivale a sinónimo de pan. Si con algo no se juega desde los tiempos bíblicos, es justamente con el pan.

La Secretaría de Ciencia y Técnica ha aprobado las calidades del HB4. Igual opinión sobre sus aspectos sanitarios han emitido el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (Senasa) y la Comisión Nacional Asesora de Biotecnología (Conabia). Ninguna objeción, pues, sobre tan delicado punto de la cuestión. Sin embargo, el evento, como se dice en la jerga de los laboratorios, no ha conseguido aún superar las exigencias del área de mercados de la Secretaría de Agroindustria.

¿Un capricho burocrático? ¿Una arbitrariedad del secretario Luis Miguel Etchevehere ? En modo alguno. Los responsables políticos de los asuntos agropecuarios se han hecho cargo de una realidad áspera y concreta, que comparten los dirigentes de las organizaciones representativas de los productores, como la Sociedad Rural Argentina, y la cadena triguera, los acopiadores y la industria molinera. Antes de aprobarse oficialmente un trigo transgénico, reclaman de viva voz, la Argentina deberá contar con la aceptación de los mercados, y en primerísimo lugar, con la de Brasil, por la magnitud de sus adquisiciones en la Argentina.

Es comprensible la urgencia de Bioceres, que ha llegado hasta el presidente Macri para exponer su preocupación por la magnitud de lo invertido y por las características del hallazgo científico que hará al trigo resistente a sequías y aumentará el rendimiento de los cultivos entre un 10% y un 25%. Menos comprensible ha sido la campaña mediática, de origen un tanto opaco, que ha inducido a pensar que lo que se halla todavía en debate había sido aprobado. Craso error.

La producción mundial de trigo es de unos 750 millones de toneladas, de los cuales entre 145 y 150 millones se comercializan en los mercados mundiales. La Argentina exporta alrededor de 13 millones de toneladas, menos del 8%. Así se explica que no esté en condiciones de establecer por sí sola las reglas de juego, sino que deba realizar, con participación de todos los actores internos, una campaña de predicamento mundial en favor del hallazgo de Bioceres, compañía joven cuyo prestigio se aúna al de las marcas de primera línea en el mundo, como Bayer, Syngenta o Corteva, entre otras.

Desde 1996 la Argentina ha aprobado 52 eventos y 18 solo en el gobierno de Macri, es decir, el 35% del conjunto. No se le puede achacar, por lo tanto, desidia o desdén. Pero este gobierno, como cualquier otro, tiene la responsabilidad de evitar que ninguna novedad científica ponga en peligro la totalidad de nuestras exportaciones trigueras. Para eso urge una política eficaz de convencimiento de los mercados compradores, aunque la tarea demande años. Enorme es el interés nacional que de otro modo podría comprometerse.

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