Embanderados de futuro

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20 de junio de 2020  • 00:08

Celebremos hoy a Belgrano, quien, entre otras muchas gestas, llamó a liberar a los niños "de la opresión de su espíritu inquieto y siempre amigo de la verdad"

Inmersos en esta particular circunstancia de aislamiento social, algunos tienden a creer que somos protagonistas de un momento inusual y atípico olvidando que la humanidad ha sobrellevado solo en el siglo pasado guerras, crisis financieras y pestes en condiciones mucho menos favorables que estas de las que hoy muchos nos quejamos desde la comodidad de un hogar, con tantos que sí transitan situaciones límites. La pausa impuesta por la pandemia ha tenido ciertamente efectos múltiples y nadie duda ya a estas alturas de que constituirá una bisagra. La vieja normalidad ha quedado definitivamente atrás.

Muchos hemos oído a nuestros padres o abuelos hablar de la hambruna sufrida en tiempos de guerra o de los castigos impuestos por condenables regímenes. Los jóvenes de hoy serán quienes reseñen para su descendencia este capítulo también aciago del devenir de la humanidad desde una mirada diferente a la de muchos de sus mayores. La tan mentada brecha generacional resulta, siempre, insalvable. Afortunadamente.

La escuela gestáltica fundada por Fritz Perl pone el foco terapéutico en el abordaje del "aquí y ahora" partiendo de la convicción de que una nostalgia del pasado retiene la mirada en el espejo retrovisor, y que los temores y las fantasías del futuro son perturbaciones que limitan el alcance de una plenitud en el presente. En este sentido, encuadrando convenientemente el valor del conocimiento de la historia, los jóvenes hacen bien al resistirse a quedar pegados a conflictos y visiones heredadas, a nivel local, pero también global, que no suman a la construcción del futuro. De hecho, la humanidad enfrenta la amenaza de la sexta extinción masiva que será la primera provocada por la acción, o la inacción, del hombre.

La propia situación del planeta refleja a las claras la incapacidad demostrada para preservarlo, así como el nivel de negacionismo imperante. Los niveles de contaminación alcanzados, por caso, demandan una exhaustiva revisión de patrones que pretendemos mantener fuera de discusión y que nuevamente nos alejan de quienes apuestan a construir un mundo más limpio, enfrentando el desafío alimentario -uno de los mayores causantes del cambio climático y responsable de casi dos tercios de la pérdida mundial de biodiversidad-, propiciando el desarrollo sostenible, la vuelta a la naturaleza o una espiritualidad diferente que también se afianzan con fuerza como tendencias.

El aumento de la expectativa de vida plantea el rediseño del contexto familiar, laboral y sanitario, así como cambios en los sistemas económicos y políticos, entre tantos otros. Mientras, el internet de las cosas, la robótica, la inteligencia artificial o la biomedicina, que aún sorprenden a la generación testigo de tan profundos cambios, abren las puertas a nuevos paradigmas que los nativos digitales asumen con absoluta naturalidad.

Esa mirada renovada es capaz de proponer nuevas temáticas o nuevos abordajes a viejas cuestiones a las que los mayores insistimos en aferrarnos caprichosamente, sin propiciar el diálogo y solo bajando línea, vaya uno a saber bien por qué. A la hora de mirar el vaso medio vacío deberemos reconocer que el liderazgo ejercido ha dejado mucho que desear, con un ideario que no ha logrado enamorar y menos aún modificar satisfactoriamente la realidad, al enfrentar a las jóvenes generaciones con serias dificultades para transitar satisfactoriamente el presente o vislumbrar su futuro. En lugar de tratarse de una carrera de postas, el testimonio ha pasado a carecer de valor y todo indica que los jóvenes están más dispuestos a barajar y dar de nuevo.

Un artículo reciente de Luciano Román publicado en LA NACION destacaba que el fracaso argentino se cierne sobre demasiados ámbitos en los que "los grandes maestros, referentes inspiradores o líderes virtuosos" son cada vez más difíciles de encontrar, en parte también por el impacto que ha tenido y tiene la transformación asociada a la revolución tecnológica. El ritmo que imponen los cambios es vertiginoso y la capacidad de adaptación se ve jaqueada cuando la inmediatez y la hiperconectividad marcan nuevos territorios que se vuelven infranqueables para muchos.

Si algo aún estamos a tiempo de hacer los adultos es agotar el esfuerzo por acercarnos a los más jóvenes. No para imponerles nuestra carga de errores y fracasos, sino para recoger sus sueños y desvelos en una escucha atenta y receptiva. Tenemos que superar nosotros los propios prejuicios y estereotipos respecto de que los jóvenes son pasivos, faltos de compromiso e incapaces de tomar sus propias decisiones o tener sus propias ideas. La descalificación solo nos aleja de un intercambio provechoso que pueda ayudarlos a desplegar sus capacidades y a desarrollar mayor confianza. Ellos proponen sin tapujos deconstruir y construir nuevas realidades, repensar modelos, erigir los nuevos espacios físicos y mentales en los que desean vivir. Son agentes de cambio activos, innovadores y por demás críticos. Si expresan no creer en nada ni en nadie será probablemente porque, en gran medida, hemos defraudado sus expectativas al punto, incluso, de empujarlos por caminos equivocados en su afán por distanciarse de una dialéctica de los valores que tampoco hemos sabido trasmitirles desde el ejemplo. Sus referentes pasan a ser los propios pares, mientras que una adultocracia tan empobrecida como muchas veces soberbia los confina a guetos cerrados que también criticaremos.

Días atrás reflexionábamos desde estas columnas respecto de que los reclamos de los niños no eran escuchados en tiempos de cuarentena. ¿Es que acaso escuchamos aquellos de los jóvenes? No nos engañemos, han sido mayormente excluidos de la toma de decisiones y del diálogo en general, tanto a nivel local, como nacional e internacional. Es también una deuda de los adultos la de impulsar su participación e inclusión en todos los espacios, privilegiando su mirada y propiciando su compromiso como auténticos agentes de cambio.

A doscientos años del fallecimiento del general Manuel Belgrano, conscientes de que la enseñanza también dejará de ser como la conocemos y que más que nunca necesitamos escuelas que preparen a nuestros jóvenes para el mañana, conviene recordar el afán belgraniano por renovar el sistema educativo colonial, anticipándose a la labor de Sarmiento. Evidentemente, su mirada reconoció el valor de la imaginación y la chispa juvenil al preocuparse por liberar "de la opresión de su espíritu inquieto y siempre amigo de la verdad" a los niños. Su ideario rescata también que "la unión es la joya más preciosa que tienen las naciones". Quien nos legó un símbolo tan insustituible como la bandera, con lugar para todos, nos invita hoy a soñar y a trabajar junto a nuestros jóvenes por un futuro más justo e inclusivo.

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