ETA, definitivamente aislada

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24 de agosto de 2001  

De nuevo en España se ha lanzado un gran operativo policial para desarticular o neutralizar a la sanguinaria ETA. Los primeros informes sobre los resultados obtenidos son alentadores y, al parecer, entrañan la detención de un puñado de extremistas de primera línea, dato importante en la medida en que lleva, razonablemente, a la suposición de que esta vez se ha podido penetrar en las esferas de decisión de esa feroz banda criminal.

Asimismo, es necesario subrayar que, en este caso, los arrestos fueron efectuados por la policía del gobierno autonómico vasco, de suerte que los miembros del sombrío movimiento terrorista están siendo perseguidos por los agentes de la propia legalidad regional, que si bien en lo formal se halla identificada con el principio de la causa autonómica, de hecho se encuentra a cargo, en muchos casos, de militantes políticos que adhieren al ideal separatista, aunque repudien la violencia.

La acción policial que se ha llevado adelante reconoce como antecedente inmediato el abominable atentado ocurrido en San Sebastián, en el que pereció una mujer y un bebe quedó ciego, tras la explosión de una bomba perversamente colocada en el interior de un juguete. La espantosa dimensión de semejante maldad originó una reacción encendida, en la que la prensa y los políticos de todas las fracciones hicieron estallar su indignación contra ETA, con el apoyo pleno y evidente de la gran mayoría de la población española.

Esa justa indignación generalizada ha sido el detonante de un hecho de obvia y decisiva importancia política. Es sabido que el Partido Nacionalista Vasco (PNV), agrupación histórica cuya mayoría relativa le ha permitido estar al frente de las estructuras estatales vascongadas desde el eclipse del franquismo, mantuvo -durante su extenso historial- relaciones no siempre claras, y en algún caso ambiguas, con los grupos políticos próximos al terrorismo. Pero hace poco, un éxito electoral sin precedente le posibilitó al PNV librarse en buena medida de esos condicionantes gravosos y contradictorios.

En efecto, en las últimas semanas, el titular de la autonomía, Juan José Ibarretxe, pidió formalmente la realización de un plebiscito para resolver la eventual secesión del País Vasco. Al plantear la aplicación de un sistema de comicios a propósito de un tema tan trascendente, el mandatario y sus respaldos partidarios se vieron, obviamente, en la necesidad de condenar de manera clara y expresa la saña criminal de ETA.

El horroroso atentado ha tenido, pues, la saludable consecuencia de poner claramente al oficialismo vasco contra la salvaje banda terrorista. Cualesquiera que sean los sucesos que jalonen de aquí en adelante el drama permanente que agita a España, es evidente que ha dejado de tener vigencia la constante acción extorsiva del terrorismo sobre la estructura política vasca tradicional y ya no podrá seguir jugando con la falsa presunción de que condenar al terrorismo es oponerse a las aspiraciones del sector vasco con pretensiones separatistas.

De este modo, se ha producido por fin la inédita situación de que todos los partidos españoles al unísono reprueben el extremismo etarra, con la lógica y melancólica excepción del grupo -hoy electoralmente maltrecho- que actúa como pantalla de la banda terrorista, conocido como Batasuna.

Por vez primera en décadas, ETA se encuentra aislada y carece de toda posibilidad de ejercer influencia sobre el manejo institucional español. Es de creer, entonces, que sólo le queda a mano el recurso de la violencia despiadada, que de poco le servirá si frente a su furia se alzan, decididos, dirigentes merecedores del apoyo de pueblos que han aprendido a distinguir entre una agrupación de perfil político o ideológico y una pandilla de asesinos.

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