Fanatismo e intolerancia

Frente a los agravios perpetrados por un grupo de fanáticos en la catedral porteña, hay que contestar con el pensamiento ecuménico del papa Francisco
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30 de noviembre de 2013  

En las filmaciones captadas por algunos participantes de la ceremonia interreligiosa en la catedral metropolitana, en la noche del martes 12 de noviembre, puede verse la patética imagen de ciertos jóvenes con expresión desencajada. La concentración era en recuerdo de la Noche de los Cristales Rotos, cuando en noviembre de 1938 fueron atacados muchos ciudadanos judíos, sus propiedades y sinagogas, lo que significó prácticamente el comienzo de la Shoá en la Alemania nazi. En Buenos Aires, durante media hora, y sin atender a la constante solicitud de los congregados, unos pocos y enardecidos jóvenes fanáticos que adhieren al cismático grupo iniciado por el integrista arzobispo francés Marcel Lefebvre, acompañados por adultos, entre ellos, algún sacerdote, recitaron a los gritos tradicionales oraciones cristianas y repartieron panfletos que rezaban "Fuera adoradores de dioses falsos del templo santo". Uno de los adultos, luciendo una boina colorada dentro del templo, le arrebató el micrófono al sacerdote Fernando Gianetti, responsable de la Comisión Arquidiocesana de Ecumenismo y Diálogo Interreligioso, y quiso imponer sus ideas vociferando de manera violenta. Al día siguiente, el sacerdote francés Christian Bouchacourt de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, con manifiesta complicidad, declaró en nuestro país: "Estas ceremonias nos duelen a nosotros [...]. Somos católicos y no podemos aceptar que haya otro culto en nuestra Iglesia. [...] Yo reconozco la autoridad del Papa, pero él no es infalible; en este caso hace cosas que no podemos aceptar".

Poner en duda la infalibilidad de un pontífice en materias varias no constituye una novedad ni una sorpresa; lo que sí suena curiosamente llamativo es que la objeción parta de un ultramontano que, al mismo tiempo, parece sentirse autorizado a decidir sobre qué se puede aceptar y qué no de la autoridad romana.

Esta postura se encuentra en rebeldía con el sentido común y con las reglas de la convivencia cívico-democrática, más allá de quese trata también de una postura en flagrante enfrentamiento con las enseñanzas evangélicas.

Es bien conocida la actitud de franco impulsor del diálogo interreligioso del papa Francisco ya desde el comienzo de su tarea episcopal en la ciudad de Buenos Aires. Fiel a las enseñanzas del Concilio Vaticano II, del que precisamente reniegan los lefebvristas, el entonces cardenal Bergoglio entabló sólidas relaciones ecuménicas con otras iglesias cristianas, y una estrecha amistad con el judaísmo y, también, con el islam. En efecto, el rabino Abraham Skorka se encontraba esa noche en la catedral, como otras veces, y presenció el triste espectáculo de un minúsculo grupo de despistados cruzados, carentes de todo hábito de respeto e idea de proporción.

El fenómeno que se cristalizó en la rebeldía de Marcel Lefebvre, político astuto y hábil negociador, fue definido por importantes teólogos y estudiosos de la historia de la Iglesia como un lamentable cisma sin mayores sustentos doctrinales. Algo así como una Contrarreforma nimia y sin arraigo histórico. Sin embargo, en países como Suiza, en parte Francia y Alemania, y lamentablemente también en la Argentina y otras naciones del continente, sirvió de marco para encauzar el malestar de ciertos cristianos ultraconservadores que se sentían afectados en sus principios porque no estaban dispuestos a aceptar las genuinas aperturas iniciadas por Juan XXIII y Pablo VI. Juan Pablo II creyó poder dominar al insurrecto Lefebvre con el ejercicio de su férrea autoridad, de manera casi displicente, pero se equivocó. La tarea quedó en manos del entonces cardenal Joseph Ratzinger, que hizo lo imposible por escuchar e intentar contener a los cismáticos seguidores del colonialista misionero en África; nuevamente la empresa no llegó a ningún final feliz.

En estos días, el papa Francisco se expresó en ocasión del encuentro con el Comité Latinoamericano de Líderes Religiosos por la Paz, afirmando que "la agresión no puede ser un acto de fe". En sintonía con él, el arzobispo Mario Poli, después del escarnio en la catedral, había dicho: "Queridos hermanos judíos, siéntanse como en casa, como nosotros nos sentimos en una sinagoga, porque los cristianos así lo queremos, a pesar de estos atisbos de intolerancia. Que haya paz. Shalom". Por su parte, la Iglesia Evangélica Luterana Unida expresó en un comunicado: "Repudiamos el hecho por su carácter violento y de absoluta falta de respeto. Afirmamos que sólo a través del diálogo y el encuentro podemos construir una Nación y un mundo en el cual sea posible la vida".

Numerosas comunidades religiosas y organismos civiles han expresado su repudio frente a lo acontecido en la catedral porteña. Pero los atentados contra lugares de fe, católicos o metodistas, se repitieron. Tristemente emblemático fue el primero de ellos: el de los estudiantes del Colegio Nacional de Buenos Aires, perpetrado en la histórica iglesia de San Ignacio, el templo más antiguo de la ciudad y de gran valor arquitectónico, cuyos responsables no han sido aún debidamente sancionados. De esta manera, se presentan en nuestra sociedad fenómenos de una peligrosa mezcla de vandalismo y anomia. Ciertos individuos, carentes de argumentaciones serias y responsables, atropellan instituciones y comunidades ante la inoperancia de parte de la Justicia y de las autoridades en muchos ámbitos, comenzando por las familias.

Deberíamos como sociedad afirmar con fuerza que el diálogo interreligioso por la paz y la justicia social constituye un hito del que no puede haber vuelta atrás. No preservar la memoria engendraría un peligroso fantasma para el futuro. Ciertos exabruptos, aunque minoritarios y extemporáneos, no pueden permitirse para bien del devenir de nuestra patria. Si cuando se recordaba el momento en que avanzó el nazismo en Europa para escribir una de las páginas más negras de la historia contemporánea, un grupo ignorante de la magnitud de los horrores tuvo la absurda idea de gritar sus rezos en el templo católico mayor de la ciudad, el episodio no puede dejar de inquietar.

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