Gane quien gane

De las señales de madurez política y grandeza que ofrezcan los líderes políticos tras el veredicto de las urnas dependerá gran parte del futuro argentino
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27 de octubre de 2019  

La ciudadanía marchará hoy a las urnas para elegir democráticamente a sus futuras autoridades nacionales en un acto tras el cual no habrá margen para una transición caótica hasta el 10 de diciembre, sea quien sea el elegido para gobernar por los próximos cuatro años, o aun en el caso de que hubiera que recurrir a un ballottage. Tan importante como el orden y la transparencia con que se desarrollen los comicios será que unos y otros den el ejemplo y sienten, desde esta misma noche, las bases para una relación madura entre oficialismo y oposición.

En países como el nuestro, en donde muchas veces las instituciones hacen las veces de meros tópicos y las normas parecen haber sido hechas para no cumplirse en tiempo y forma, nunca ha resultado fácil timonear una transición de manera ordenada. Lo que en latitudes más civilizadas desde el punto de vista político se cumple sin que nada se disloque, entre nosotros se convierte casi siempre en una carrera cuesta arriba. En los llamados países del Primer Mundo, la despedida de un gobierno -más allá de su coloratura ideológica- y su reemplazo por otro no generan grietas ni tienen efectos deletéreos sobre el tipo de cambio y la economía en general. Como los principios republicanos acreditan una solidez a toda prueba, los recambios gubernamentales resultan simples trámites. En la Argentina, en cambio, las cosas suceden al revés. Lo que en teoría debería ser un reemplazo -cuando el oficialismo de turno pierde- se transforma, en la práctica, en la prolongación sine die de una contienda.

Aunque no deberíamos esperar hechos de violencia capaces de ensombrecer el acto comicial -lo cual sería un dato auspicioso por donde se lo analice-, existe cierto temor de que desde mañana, cualquiera sea el resultado de las elecciones presidenciales, los dos principales candidatos elijan seguir caminos separados, manteniéndose, uno respecto del otro, a distancia, como si fuesen enemigos. La forma como Mauricio Macri y Alberto Fernández han acentuado sus disidencias en el curso de la campaña que los tiene como protagonistas principales y el pico de tensión que se vivió el domingo pasado, en oportunidad del segundo debate televisado, cuando ambos se increparon destempladamente detrás de las cámaras, no parecerían augurar lo mejor.

Si la situación general del país fuera distinta y en lugar de la crisis que sobrellevamos nos halláramos a cubierto de toda inclemencia económica o social, la falta de diálogo entre los candidatos no representaría un riesgo mayor, aun cuando sería de lamentar. Pero en atención a la envergadura de las dificultades presentes -inflación, crecimiento del riesgo país, pérdida de reservas y falta de financiamiento- y a los peligros que se distinguen en el horizonte de los argentinos, Macri y Fernández no tienen más opción que la de convertir la necesidad en virtud, si en verdad desean lo mejor para una sociedad que los mira angustiada.

Si esta noche hubiera un nuevo presidente electo, es un deber de carácter cívico que de inmediato depongan sus rivalidades y dejen de lado las sospechas que puedan haber alimentado acerca de su rival a lo largo de la campaña electoral. Y si el veredicto de la ciudadanía determinase una segunda vuelta electoral, las circunstancias también los obligan a seguir dialogando y a mirar particularmente lo que está sucediendo en países como Bolivia o Chile, para evitar sus dantescas consecuencias. Más allá de competir el 24 de noviembre, tendrán la obligación de crear un clima de paz social y de advertir que nunca las apetencias personales o partidarias pueden ser colocadas por encima de la búsqueda de la unión de los argentinos detrás de metas comunes.

La inquietud de la hora obliga a tomar conciencia de que hay tiempos en los que, por las diferentes formas de pensar, es lógico que prevalezca el antagonismo y tiempos en los que, al margen de esas diferencias, la consigna sea la de conciliar posiciones. Sustanciadas las elecciones, no hay razón valedera para que la discordia se imponga sobre la concordia. Sobre todo por lo que está en juego. Cruzarse acusaciones es algo natural en términos de una campaña en la cual distintos candidatos pugnan por llegar, como en este caso, a la presidencia de la Nación. Insistir en la pulseada una vez que se conoce quién es el elegido supone una muestra de insensatez que en determinadas circunstancias le puede costar muy caro al país.

Si fuera pertinente imaginar un escenario que desearíamos que dejase de ser una especulación, helo aquí: esta noche, en el supuesto de que triunfase el Frente de Todos, el candidato al que las urnas no lo hubiesen favorecido debería llamar a su contrincante para felicitarlo. Acto seguido, tendría que ponerse a disposición para que, en adelante y hasta que se consume la asunción del nuevo presidente, exista una comunicación fluida entre ellos y sus respectivos equipos. En el caso contrario, en el cual el resultado favorezca al oficialismo, si bien el trabajo conjunto de los elencos ministeriales no sería necesario, de todas maneras está claro que la continuidad de Macri en la Casa Rosada requerirá el acompañamiento del arco opositor en muchos aspectos.

Ambos candidatos han dicho en los últimos meses que desean terminar con la grieta que divide desde hace años a los argentinos. Como deseamos creer que no se trata de un engañoso latiguillo de campaña, de esos formulados solo para quedar bien ante la gente y poco más, ahora tienen una oportunidad única para demostrar que lo que dijeron subidos a un estrado o en un reportaje era sincero. Cualquier lucha política encarnizada solo agravará la compleja situación socioeconómica y financiera que atraviesa la Argentina. La idea de que quien gana gobierna y quien pierde acompaña puede sonar a frase hecha, pero no es otra cosa que la aspiración de máxima de cualquier régimen republicano sólido. Para que esa concepción sea llevada a la práctica hace falta que unos, disponiéndose a ayudar, y otros, disponiéndose a dejarse ayudar, dejen de lado cualquier mezquindad política. Si los principales representantes de la dirigencia lo entienden así y en los próximos cuarenta días dan un ejemplo de generosidad y grandeza, quienquiera que resulte el ganador comenzará su período gubernamental de cuatro años con el pie derecho, y los argentinos podremos empezar a dejar atrás la angustia y asumir que podemos salir adelante.

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