Impunidad para barrabravas

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29 de septiembre de 2005  

Entristecen y al mismo tiempo alteran el ánimo de todos quienes han sido educados en el invariable respeto por la ley las demostraciones de soberbia y de jactancia por su impunidad de los barrabravas del Club Atlético Boca Juniors, tras enterarse de que habían salido más que bien parados de su salvaje agresión a simpatizantes de Chacarita Juniors, cometida en 1999 cuando ambos conjuntos jugaban en el estadio boquense una práctica amistosa.

Hace años que las barras bravas que infestan el fútbol dejaron de ser un ingrediente más o menos pintoresco de ese deporte y se convirtieron en una endémica lacra social. Hasta ahora, y por razones bien conocidas -entre ellas, la soterrada e interesada protección de algunos políticos y de la mayor parte de los dirigentes futbolísticos-, han fracasado todos los intentos de sancionarlas tal como se merecen y erradicarlas en forma definitiva.

Ajustado a la letra de nuestra legislación procesal penal -sería opinable si también al espíritu-, el fallo judicial que a algo más de seis años de aquel sangriento incidente repartió penas de cuatro años y tres meses de prisión a tres años de prisión en suspenso, junto a una absolución, puede ser interpretado como una demostración de impotencia colectiva.

Los condenados, que seguirán en libertad hasta tanto les sean confirmadas sus sentencias, festejaron sin recato alguno las leves consecuencias judiciales que, tardíamente, les ha acarreado aquella pugna mafiosa entre dos presuntas organizaciones ilícitas. No fue para menos: muchos otros procesados purgan confinamientos en todo el país, mientras esperan por años a que les llegue el turno para ser juzgados.

El gesto altivo y desfachatado de los beneficiados por un procedimiento legal que, previsiblemente, no fue concebido para favorecer a quienes delinquieron frente a las cámaras de la televisión, humilla a una sociedad que no ha sabido y, tampoco querido, ponerles coto definitivo a esos desmanes.

Esa actitud renuente, en este caso específico producto en medida apreciable del temor generado por la maldad de la cual hacen gala los integrantes de las barras bravas, cualquiera fuere el club que dicen defender, debería avergonzarnos. Mal que pese, no hace más que confirmar el criterio universalmente difundido que nos califica a los argentinos como cultores de la transgresión y como adoradores de quienes incurren en ellas.

Siempre es factible sacar enseñanzas positivas de los hechos negativos. Esta lamentable circunstancia debería servirnos de último aviso con el fin de que recapacitemos y nos aboquemos a hacer cuanto sea menester para que se nos empiece a considerar una sociedad seria y confiable. Entretanto, los forajidos que con piedras, palos, cuchillos y navajas dejaron un tendal de heridos podrán seguir haciendo vida normal, mientras en las tribunas sus cómplices, alentados por tan mal ejemplo, se seguirán jactando de su invariable impunidad y procederán en consecuencia.

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