Inclusión, sumisión y corrupción

No hay equidad cuando se exige extender la mano y agachar la cabeza; se trata, por el contrario, del reverso de la ética de la solidaridad
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12 de abril de 2015  

La épica de la inclusión asume como objetivo primario de la gestión pública lograr el acceso de todos a los bienes esenciales para vivir dignamente. A través de los siglos, la propuesta igualitaria ha tenido distintas formulaciones, pero siempre estuvo asociada con la compasión por el prójimo, la indignación ante la pobreza y la asunción, como propio, del dolor ajeno.

La denominación "izquierda" proviene de la ubicación de los revolucionarios más radicales en la Asamblea Nacional luego de la Revolución Francesa de 1789. Fue Maximilien Robespierre el paradigma del hombre que se sentó a la izquierda. Con su perfil idealista e incorruptible, iluminó como un faro a varias generaciones de jóvenes, quienes, sin conocerlo, tomaron la bandera de la igualdad para reformar una sociedad que percibían injusta y excluyente.

De Robespierre se decía que no sólo tenía desinterés por el dinero, sino que le temía, a diferencia del pragmático Georges-Jacques Danton, quien cobraba "pero nunca se vendía", adoptando la doble moral de los sinvergüenzas que no roban para sí, sino "para la Corona".

Al comienzo, no se acertaba en las políticas públicas para lograr la sociedad justa e inclusiva: se pasaba de la ávida guillotina al armonioso falansterio, sin escalas. Fue Carlos Marx quien introdujo el socialismo científico para lograr el hombre nuevo capaz de realizar una vida auténtica, desprovisto de afán de lucro y feliz ejecutor de trabajo no alienado.

En esa búsqueda sin fin, la izquierda se precia de ser optimista y aunque tropiece siempre con la misma piedra, no abandona su fe de cambiar el mundo cambiando la naturaleza humana. Aborrece el pragmatismo conservador, al que considera darwinista, egoísta, materialista y, por qué no, corrupto.

Quienes enarbolan el puño y la rosa sueñan con un mundo solidario y proponen transformaciones de fondo, inspiradas en el bien común, no en el beneficio del gobernante. Ésa es la diferencia ética que enorgullece a sus líderes mundiales, agotados por fracasos sistemáticos en el terreno del crecimiento y la prosperidad. "No somos eficientes, pero somos honrados", podían decir.

Y esa diferencia ética implica transparencia en la gestión pública, derecho de acceso a la información, publicidad de los actos de gobierno, difusión del patrimonio de los funcionarios, eficacia de los organismos de control, independencia de la Justicia, rendición de cuentas, pulcritud ante conflictos de intereses, condena al nepotismo, al clientelismo, al favoritismo y a toda forma de aprovechamiento de lo público en beneficio privado. En síntesis, las mismas prescripciones de nuestro olvidado Código de Ética de la Función Pública, que rige, pero no se cumple.

El "Che" Guevara fue presidente del Banco Nacional de Cuba durante 15 meses (1959-60). Fue designado en ese cargo para evitar la fuga de divisas, controlar el sistema financiero y fiscalizar la impresión de papel moneda, en manos extranjeras. No pasó por la cabeza del romántico revolucionario armar una sociedad de amigos y quedarse con el negocio de acuñar pesos cubanos. Ni continuar la explotación de hoteles y casinos que había instalado la mafia norteamericana con el apoyo del dictador Fulgencio Batista.

Salvador Allende, primer marxista de la historia en llegar al gobierno por la vía del voto popular (Chile, 1970-73), en un célebre discurso a los jefes de la administración pública, les advirtió que "no habrá amiguismo, ni vinculaciones políticas o familiares de ningún tipo" que pudiesen proteger a quien cometiese actos incorrectos. Allende no descabezó los organismos de control del Estado para evitar que fiscalizasen negocios de sus allegados, porque no los había. Nunca hubo una bolsa con dinero en el baño de ninguno de sus ministros.

Entre los arquetipos del progresismo latinoamericano, cabe recordar a dos sacerdotes provenientes de familias adineradas, que murieron por sus ideales. Ninguno de ellos fue pobre de joven y rico después de la vida pública, como ocurre en nuestro país: Camilo Torres Restrepo, líder del Ejército de Liberación Nacional en Colombia, fue muerto por el ejército regular en 1966, sin dejar notas con claves secretas, ni cofres detrás de las vinotecas. El padre Carlos Mugica Echagüe, criado en la holgura de la clase media argentina, abrazó su "opción preferencial por los pobres", sin utilizar la villa 31 para instalar bingos con testaferros. Murió asesinado en 1974.

La Presidenta se ha encandilado con la guerra de republiquetas, convirtiendo a Juana Azurduy en una precursora "del modelo" kirchnerista. Doña Juana estaría hoy sorprendida de reemplazar a Cristóbal Colón frente a la mismísima Casa Rosada. Pero no estaría muy feliz con la apropiación espuria de su gesta emancipadora, pues no se hizo rica con hoteles que alquilan habitaciones a proveedores del Estado con esquemas sospechosos. Ella y su marido, Manuel Ascencio Padilla, eran muy prósperos cuando se unieron a la lucha independentista y perdieron todo en sus hazañas altoperuanas. Tan pobre quedó que Simón Bolívar le dio una pequeña pensión para sobrevivir los achaques de la vejez.

El paradigma reciente de la izquierda honrada ha sido el ex presidente uruguayo José "Pepe" Mujica, quien donó casi todos sus sueldos para caridad y tenía un patrimonio de 200.000 dólares; dos viejos autos "escarabajo" y tres tractores en una pequeña propiedad rural. Nunca hizo escala en las islas Seychelles, sino en su chacra de Rincón del Cerro, en Montevideo.

Por esa razón, cuando la izquierda no cumple con sus postulados éticos, la sociedad le quita de inmediato su favor, como es el caso de Michelle Bachelet, en Chile, y de Dilma Rousseff, en Brasil. En la Argentina, la sociedad ya ha perdido sus ilusiones y las denuncias de corrupción a pocos les importan, mientras no les afecten el bolsillo. Después de 12 años de fractura social, aprietes y espionajes, la supervivencia exige callarse la boca y mantener el perfil bien bajo.

La izquierda moderna ya ha advertido que la profecía marxista nunca ocurrirá y que el capitalismo es el único sistema capaz de generar riqueza para satisfacer en gran escala las necesidades humanas. Y su desafío es conciliar el dinamismo del mercado con la participación de todos en sus beneficios. Capitalismo con inclusión. Para ello, construye sobre dos pilares: el fortalecimiento institucional y la revolución educativa. Dos formas de inversión de largo plazo. De allí surgirán las fuentes de trabajo y los empleos genuinos para incluir a los excluidos.

No es progresista ni de izquierda focalizar la acción del Estado en medidas de corto plazo, ya sean dádivas, feriados, festivales, transmisión gratuita del fútbol o planes para autos, heladeras o garrafas. Ese accionar cortoplacista semeja el modelo de las dictaduras de derecha que asolaron Europa en el siglo pasado.

Las dádivas no enseñan a pescar, no dan autonomía a quienes se pretende beneficiar. Son estrategias burdas para dominar a los necesitados, hacerlos dependientes y, de esa forma, lograr sus votos. Y alcanzado el poder, amasar fortunas para comprar medios, jueces, palabras y silencios.

Lo que no es duradero no es inclusivo. Cuando se exige extender la mano y agachar la cabeza, no hay equidad.

Quien somete no incluye, domina. Y no domina para la liberación, para crear al hombre nuevo, sino para crear al hombre esclavo, instrumento de quienes detentan el poder y van por más. Hombre objeto, alienado de su vida auténtica y privado de horizonte personal, sometido al favor de los punteros, forzado a subir a colectivos, ponerse una pechera y agitar una banderita.

La corrupción es la antítesis del idealismo y de la entrega generosa de la vida. Es el reverso de la ética de la solidaridad; en otras palabras, la negación de la inclusión.

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