La crisis de los refugiados

El drama de los aluviones migratorios derivados de guerras civiles en Medio Oriente y África requiere una estrategia clara e integral del mundo civilizado
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8 de septiembre de 2015  

L a foto del pequeño Aylan muerto en las costas de Turquía nos permitió advertir la dimensión humana del drama derivado del aluvión migratorio, que está adquiriendo especial complejidad en Europa, pero afecta al mundo entero. Algo que resultará constructivo en la medida en que se atiendan las causas de este fenómeno, al tiempo que se desplieguen todas las acciones para paliar el infierno diario de los refugiados.

El caso de los sirios que huyen de la cruel guerra civil que, desde hace casi cinco años, azota a su país no es el único. A través del mar Mediterráneo, están llegando a Europa familias enteras provenientes de Libia y otros países africanos, como Somalia y Sudán del Sur. Claro que el aluvión sirio es el más concreto en nuestros días: unas 230.000 personas han muerto, en tanto que unos cuatro millones han debido dejar Siria, en un largo y doloroso tránsito hacia tierras tranquilas hasta que, al menos, finalice la guerra. Algunos perecieron en el intento.

El problema migratorio también se refleja en el continente americano. En los Estados Unidos, la campaña presidencial ha provocado una indignante radicalización de algunos candidatos, como el republicano Donald Trump, quien cuestiona duramente la inmigración mexicana. Y en Venezuela, las muestras de intolerancia del gobierno de Nicolás Maduro hacia los colombianos han sido una constante en las últimas semanas.

Alemania esta vez debe ciertamente ser aplaudida por abrir generosamente sus puertas a los refugiados. Su ejemplo ayudará a que aquellos países de Europa que aún se resisten a conformar el salvavidas que la emergencia requiere cambien de actitud, como ocurre con Polonia, Eslovaquia, Hungría o con la propia República Checa, el Reino Unido y España. El próximo lunes, los ministros de Interior del Viejo Continente se reunirán especialmente para decidir un necesario curso de acción común frente a este problema, lo que presumiblemente será seguido por una cumbre europea al más alto nivel. La fuerte emoción de todos debe derivar en una auténtica toma de conciencia y, luego, en una reacción adecuada y a la vez realista.

Se trata de conformar, al menos por ahora, un esquema europeo de cuotas que permita repartir el esfuerzo que la atención concreta del drama de los refugiados siempre supone. Pero también, de comenzar a concebir un mecanismo solidario frente a un problema que, más allá de los episodios recientes, subsistirá y previsiblemente se incrementará.

Quizás como simples ciudadanos hayamos comprendido la profunda gravedad humana de la cuestión antes que los políticos. Prueba de esto es la espontánea actitud solidaria de los islandeses, que, luego de que su gobierno aceptó recibir a apenas unos 50 refugiados, abrieron concretamente once mil casas para recibir a más. El ejemplo parece haber cundido en el Viejo Continente. Hasta las tribunas de las canchas de fútbol europeas están hoy inundadas de carteles de bienvenida a los refugiados.

Los países árabes del Golfo -algunos de los cuales han armado a muchos de los insurgentes sirios y son proclives a una ostentación exagerada de su riqueza pueden y deben hacer más. Y apoyar, en serio, a aquellos países que, como Jordania, el Líbano o Turquía, ya alojan a decenas de miles de refugiados árabes, incluyendo a miles de palestinos. En el Líbano, específicamente, una de cada cuatro personas es un refugiado, incluyendo nada menos que a 1.200.000 sirios. Arabia Saudita, por su parte, debe ser mucho más generosa y solidaria, y aumentar, sin demoras, su contribución humanitaria a través de las Naciones Unidas, todavía de poco más de 11 millones de dólares, siguiendo el ejemplo de su vecina Kuwait, que ha aportado más de 300 millones de dólares. Y acercarse a los Estados Unidos, que han contribuido con más de 1100 millones de dólares a ayudar a paliar el drama de los refugiados.

Habrá necesariamente que hacer más, porque la crisis de los refugiados durará. Para lo cual habrá, además, que enfrentar a un verdadero ejército de desalmados delincuentes hoy dedicados a lucrar con el tráfico de seres humanos, aprovechando las consecuencias desesperantes de las guerras y de la miseria. Hablamos de una red de unas 30.000 personas distribuidas a lo largo de las rutas de los refugiados.

Brasil es, cabe apuntar, el principal destino de los refugiados sirios en nuestra propia región. Uno de cada cuatro de los 8400 refugiados que Brasil ha recibido es sirio. La Argentina puede obviamente hacer más; pero lo cierto es que no hay cadenas nacionales que se ocupen del tema. Como todo en el actual gobierno, la política exterior siempre dominada por la ideología es mezquina y tiene patas cortas. Lo humanitario conforma apenas un pequeño, desdibujado y desatendido rincón en esta materia.

Al demorar las acciones requeridas para resolver el drama sirio, la comunidad internacional, que en esto está dividida, ha empeorado las cosas. El cruel Estado Islámico parece, en alguna medida, ser hijo de esa negligencia.

Hace falta una estrategia clara e integral, no sólo militar. Y el compromiso real de todos de llevarla adelante, sin demoras. Para ello debe naturalmente haber consenso entre los poderosos del mundo. La aislada Rusia debe dejar de defender irrazonablemente al régimen autoritario de Bachar al-Assad, responsable del uso de armas químicas contra su propio pueblo, a las que lamentablemente parece ahora haber también accedido el fundamentalismo, que ha comenzado a utilizar gas mostaza en sus acciones violentas. Y ayudar, en cambio, a conformar una amplia coalición de gobierno que, con el apoyo comprometido de todos, pueda comenzar a ordenar a Siria.

Como ha dicho el papa Francisco, es obviamente hora de actuar. En la dimensión personal y desde los gobiernos. Si ello no ocurre, el drama de los refugiados aumentará su ya preocupante expansión, en tanto que el dolor y las aflicciones de muchos seres humanos, consecuencia evidente del horror de las guerras y de la desesperación que genera miseria, continuarán presentes y sin ser debidamente atendidos.

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