La donación cuyos destinos se bifurcan

El ofrecimiento de donar al Estado valiosos manuscritos y documentosde Borges ha planteado un debate sobre el mejor destino para esa colección
(0)
12 de enero de 2020  

Apoco de asumir las actuales autoridades nacionales, los medios informaron que el empresario de la industria farmacéutica Alejandro Roemmers ofreció donar al Estado una valiosa colección de manuscritos y documentos que habrían pertenecido a Jorge Luis Borges.

Siempre es una buena noticia que los ciudadanos aporten al Estado gratuita y desinteresadamente bienes y servicios que redunden en beneficio de la sociedad. Lo ocurrido en este caso particular suscita, además, varias reflexiones.

Una donación semejante convertiría al Estado en custodio de objetos irreemplazables. Debido al interés internacional en la figura de Borges, esos objetos seguramente obtendrían un alto precio en cualquier subasta. Es encomiable, entonces, que un ciudadano haya antepuesto el bien común a su rédito económico personal inmediato. La actitud es aún más digna de encomio dado que el Estado argentino carece de los recursos presupuestarios adecuados y de políticas orgánicas y explícitas para la adquisición y preservación de bienes culturales, por lo que la venta de esos objetos a terceros habría privado a la sociedad de toda posibilidad de retenerlos en el país o de eventualmente recuperarlos.

Pero es precisamente este aspecto, el de la ausencia de otras motivaciones salvo las puramente altruistas, el que merece especial consideración. En efecto, la industria farmacéutica mantiene importantes relaciones contractuales con el Estado para la provisión de drogas y medicamentos al sistema sanitario. Por consiguiente, nada de lo que se haga en virtud de esta donación debe estar o aparecer vinculado con favoritismos o tratos inequitativos entre el Estado, el donante o la actividad industrial a la que este último pertenece.

Nos consta que la oferta de donar estos objetos fue hecha también al gobierno anterior, lo cual despeja dudas acerca de posibles segundas intenciones. No tenemos datos acerca de por qué no fue aceptada en su momento, pero la ausencia de una clara y fuerte política cultural orgánica, no espasmódica y consistentemente aplicada durante la gestión anterior seguramente fue un factor determinante para esa falta de interés. Por eso es encomiable que el donante haya insistido en su oferta a pesar de la anterior indiferencia estatal.

Lamentablemente, la propuesta de donación ha levantado también alguna polvareda acerca del presunto origen ilegítimo de los bienes donados. Desde estas columnas no puede abrirse juicio al respecto, pero los años transcurridos desde que la colección fue formada, el hecho de que sus propietarios actuales y anteriores nunca ocultaran su identidad y la ausencia de decisiones judiciales firmes al respecto parecen aventar cualquier duda sensata acerca de la legitimidad de su adquisición originaria.

La importancia de Borges dentro de la creación intelectual argentina exige, también, que el destino de la colección sea cuidadosamente considerado. Los manuscritos que aparentemente la integran son, por su naturaleza, objeto de estudio antes que piezas estáticas de exhibición en vitrinas. Un museo, en el sentido técnico del término, no parece el mejor lugar para albergar esta colección. Es por eso que la brillante idea anunciada años atrás por Alberto Manguel, cuando ocupaba la dirección de la Biblioteca Nacional, de crear un centro internacional de estudios sobre Borges y albergarlo en el magnífico edificio de la calle México, donde funcionó aquella durante tanto tiempo y donde el escritor se desempeñó como director por muchos años, debería ser revitalizada, para incorporar al proyecto el contenido de esta donación.

La idea de crear un nuevo museo, por respetable que sea ese concepto, implicaría duplicar y desperdigar esfuerzos en lugar de concentrarlos para obtener mejores resultados. La opinión pública tiene presente el hecho de que todavía existen museos nacionales con colecciones, autoridades y empleados que carecen de edificios propios y dignos. Un centro de estudios sobre Borges, enriquecido con una colección como la que se ha ofrecido al Estado, fácilmente accesible para el público y los investigadores, constituiría rápidamente un centro de irradiación cultural que, adecuadamente gestionado, se convertiría en un polo de atracción intelectual para Buenos Aires.

Conocemos la existencia de una entidad privada, constituida por María Kodama, viuda y derechohabiente de Borges, dedicada exclusivamente a la loable tarea de difusión de la vida y obra del escritor. Transferir a esa fundación los bienes que integran la colección que se quiere donar al patrimonio público sería, además de un error jurídico, una grave equivocación acerca del papel indelegable que le cabe al Estado en la custodia de ese patrimonio. Esta opinión editorial no pretende echar sombra alguna acerca de la digna labor de esa entidad, sino que se funda en una adecuada comprensión de lo que debe ser una correcta política pública en el área de la cultura. La justificación última de esta posición se verá confirmada solo si las autoridades nacionales se colocan a la altura de las circunstancias y adoptan las medidas necesarias para ello, de modo de no tener que lamentar en el futuro que el donante no haya encontrado otro destinatario más que un Estado torpe, ineficiente y burocrático.

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.