La peligrosa cultura de la corrupción

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24 de junio de 2002  

Constituye un hecho auspicioso que el Consejo Publicitario Argentino -entidad sin fines de lucro que agrupa a anunciantes, medios de comunicación y agencias de publicidad- haya decidido lanzar una campaña de concientización sobre el tema de la corrupción y de cuánto afecta a la imagen del país.

La corrupción no se agota en la práctica de determinados actos, por lo general vinculados con funcionarios públicos, sino que implica la posibilidad de cambiar el sistema de valores de la sociedad, de influir en el comportamiento de las autoridades, de distorsionar el funcionamiento de la economía y el adecuado uso de los recursos públicos, de infectar la administración de justicia y contaminar el comportamiento comunitario. Todo ello puede configurarse con el tiempo en una verdadera cultura, que asimila la corrupción como si fuera normal en el acontecer cotidiano.

Esa cultura, por desgracia, está presente en nuestro país y es fácil advertir cómo el afán de enriquecimiento se ha convertido en meta de jóvenes y adultos, sin que aparezca una línea claramente divisoria entre los dineros bien y mal habidos, ya que los dos provocan admiración y hasta sumisión.

Hace pocos días, durante el desarrollo del primer seminario internacional sobre management político organizado por The Graduate School of Political Management de la Universidad George Washington, dos de los conferencistas norteamericanos señalaron los que a su juicio resultaban ser los dos más graves problemas que la sociedad argentina debe enfrentar: la pérdida de fe en la democracia y la corrupción galopante.

Demasiadas señales negativas parten de una amplia gama de escándalos ocurridos durante los últimos años, que han tenido como protagonistas principales -según los casos- a funcionarios del Poder Ejecutivo, del Judicial y del Legislativo, cuando no a integrantes de las fuerzas policiales, a sindicalistas o a empresarios que recurren a estos mecanismos como única estrategia comercial. Es precisamente esa percepción de que "aquí no pasa nada" lo que ha elevado la corrupción y la impunidad a categoría de crisis nacional.

Acaso por su carácter clandestino, la corrupción es uno de esos fenómenos que aparentan afectar sólo a unos y beneficiar a otros, cuando la verdad es que lastima a todos porque significa sacrificio de recursos fiscales, ineficiencia de la economía y deterioro de las instituciones.

La corrupción, en definitiva, demuestra que cuando se pierden los valores éticos y morales que deben necesariamente ser el sustento y la base de la sociedad ésta comienza un proceso de deterioro del cual no se puede salir fácilmente.

Es fundamental que, con la ayuda de la mencionada campaña institucional, la sociedad argentina tome conciencia de la gravedad de que el problema de la corrupción se extienda hasta dar lugar a una cultura de la corrupción. Pero es igualmente importante que este diagnóstico no dé pie a la dirigencia política para escudarse en que la corrupción es un problema que, al afectar a la sociedad en su conjunto, no debe formar parte de su agenda.

En la medida en que no haya una voluntad política clara y decidida para combatir la corrupción, la distancia entre los corruptos que se enriquecen y los honestos que se empobrecen será más grave, y ello puede poner en peligro a la democracia.

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