La perseverancia por desunir

Durante los casi doce años del kirchnerismo en el poder se ha hecho hasta lo indecible para provocar profundos enfrentamientos entre los argentinos
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4 de abril de 2015  

El kirchnerismo ha leído muy mal el Preámbulo de la Constitución o se ha empeñado deliberadamente en violentarlo. Esa introducción con carácter normativo no dice, en oposición con lo que se ha hecho en todos estos años, que los representantes del pueblo de la Nación Argentina se reunieron en Congreso General Constituyente para promover la disolución de la sociedad y enfrentar a sus miembros en discordias inacabables. El Preámbulo de la Constitución dice todo lo contrario. Expresa la voluntad de los congresistas de constituir, "por voluntad y elección de las provincias" y "en cumplimiento de pactos preexistentes", "la unión nacional".

Tanto pesó sobre el ánimo de los constituyentes el propósito trazado en ese sentido, que en su invocación lo antepusieron a todos los otros objetivos supremos de la nación que organizaban jurídicamente. Sólo después de explicitar la voluntad de sentar las bases de "la unión nacional" se dispusieron, en efecto, a consignar los otros enunciados capitales de la nacionalidad: "...afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres de buena voluntad que quieran habitar el suelo argentino..."

El día del balance final de este nefasto ciclo político difícilmente habrá una imputación más rotunda y menos explicable, tanto en el terreno de las razones como de los sentimientos y de la sensibilidad comunes, como el de la aplicación constante y minuciosa con la cual un grupo de gobernantes se aplicó a suscitar cizaña entre los gobernados y a sembrar entre ellos la semilla perversa del enfrentamiento.

Si la historia sirve de lección alguna, ésta, como ninguna otra, deberá ser aprendida por los argentinos a fin de interesarse, más que por lo que saben los aspirantes al poder político en la Nación, por detectar la fibra moral de la que ellos están hechos: qué rencores y resentimientos cruzan desde la adolescencia por su carácter, qué antecedentes los preparan para la confrontación bélica en las cuestiones cotidianas, qué huellas anticipan en su trayectoria la inhabilidad para la concordia, el diálogo, la tolerancia. Doce largos años habrá sido un tiempo excesivo para no dejar marcas dolorosas en la piel y el alma de una sociedad trasegada desde antiguo por conflictos dolorosos, que creíamos en vías de superar en la feliz restauración de la democracia, en 1983.

Salvo las instituciones militares previstas para la defensa nacional por la Constitución estigmatizada como una maldición por quienes se han sentido con impulso obsesivo por la acumulación de poder, y salvo, tal vez, la prensa que no ha aceptado silenciar las críticas frente a los excesos desconcertantes del oficialismo, el campo ha sido un destinatario de las peores prácticas de los Kirchner.

Desde la Casa Rosada se ha hecho de todo, hasta del uso de la intriga y la difamación para destruir a las figuras más destacadas de la actividad agropecuaria. A diferencia de muchos otros sectores de la actividad nacional, el campo no se ha arredrado frente a las acometidas del Gobierno. Pero ha debido padecer discriminaciones y daños de una magnitud tan considerable, que hoy mismo se encuentra en riesgo la rentabilidad de diversas producciones agrícolas y regionales por una política impositiva abusiva, una relación entre el peso y el dólar ajena a la realidad económica y por el aumento sideral de costos de todo orden.

Tan pronto estalló el conflicto por la resolución 125, en 2008, el Gobierno se interesó en provocar la fractura de la Mesa de Enlace. No lo logró, pero consiguió la defección, como titular de Coninagro, de Fernando Gioino, de SanCor. Su reemplazante, Carlos Garetto, no pudo haber sido más eficaz en la preservación de la unidad del sector. Lo hizo al precio de afrontar una campaña en la cual el ex secretario de Comercio Guillermo Moreno no estuvo lejos de lograr su desplazamiento a raíz de presiones ejercidas con insistencia sobre la Asociación de Cooperativas Argentinas y de contar con algunos cómplices, a cambio de prebendas, entre los mismos productores. Alguna vez se escribirá, en tal sentido, el historial de ciertos mataderos y frigoríficos.

Ya lleva bastantes años la política que un economista calificó con acierto de extraer mucho a todos para darles algo a algunos elegidos. Así se fueron instrumentando decisiones, todas copiadas sobre la base del mismo modelo, de privilegiar a los más sumisos, no a los que menos tienen. Sin llegar a quebrantar, al menos todavía, a la Mesa de Enlace, el Gobierno consiguió abrir una brecha, después del retiro de Eduardo Buzzi, en la Federación Agraria.

Son en exceso subalternas, para anotarlas aquí, las razones por las que se atribuye al actual presidente de esa entidad, Omar Príncipe, el giro por el cual ha acordado, por separado de las otras tres entidades, un acuerdo en relación con la política por la que el Banco Nación niega créditos a productores que retienen parte de su cosecha de soja a la espera de mejores oportunidades. Bien pudo decir Buzzi con desencanto, extrañado por la rapidez con la cual Príncipe, cuya candidatura había apoyado, que se sentía "el Duhalde de todo esto". Era una manera de recordar que Néstor Kirchner llegó a presidente sólo porque lo había apoyado el entonces jefe del Estado.

Un gobierno chavizado puede cometer cualquier arbitrariedad. Así le va, pero mientras tanto ha asumido el supuesto derecho de resolver cuándo deben vender y a qué precio los productores el resultado de sus esfuerzos, del cuidado de su tierra y del empleo de una tecnología que llama la atención en otras partes del mundo. En su política demagógica ha acordado ayudas a los productores de no más de 700 toneladas anuales, límite que ha debido corregir sobre la marcha, porque con sólo 100 hectáreas se podría exceder ese límite cosechando, lo que no es nada del otro mundo, un promedio de 80 toneladas de maíz. Se trata de ayudas segmentadas, según la magnitud de las parcelas: de 300, 500 o 700 hectáreas.

Podría merecer un comentario lateral el caudal de anuncios de esta índole, como algunos concernientes al trigo, que finalmente ni siquiera llegaron a cumplirse o se llevaron a cabo a medias. Pero el sentido de este comentario es otro y es de señalar la perseverancia con la cual un gobierno, en vez de unir, ha hecho a lo largo de tres gestiones presidenciales, más que cualquier otro para enfrentar a los argentinos entre sí.

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