La solución no provendrá del pasado

El objetivo de la estabilidad macroeconómica requiere dejar atrás el populismo, que tanto mal nos ha causado
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30 de diciembre de 2018  

Este 2018 ha distado de satisfacer las expectativas económicas de los argentinos y es probable que el mundo no nos dé las mejores noticias en el nuevo año. Sin embargo, es factible que si nuestros gobernantes y buena parte de la dirigencia política, sindical y empresarial aprendiesen algunas de las lecciones que deja la grave crisis moral, económica y financiera , el país pueda alejarse lenta pero firmemente de la cornisa. Claro que para eso serán necesarios una disciplina y un esfuerzo incompatibles con los cantos de sirena de los voceros de las perimidas recetas del populismo.

El año terminará con un alza del costo de vida que rondará el 48%, una cifra tres veces mayor a la estimada originalmente en la ley de presupuesto, que afectó fuertemente el poder adquisitivo de la población; una caída del PBI del orden del 2,5% al 3%; un nivel de pobreza superior al 33%; una devaluación del peso contra el dólar superior al 100% y una tasa de riesgo país por encima de los 800 puntos.

Los últimos 365 días se han caracterizado también por el agotamiento del plan gradualista de estabilización macroeconómica y por la necesidad de recurrir al FMI para un acuerdo que le permitió a la Argentina contar con 57.100 millones de dólares para hacer frente a sus desequilibrios financieros hasta el final del gobierno de Mauricio Macri .

Independientemente de que algunos factores externos, como la suba de las tasas de interés internacionales y la consecuente fuga de capitales desde los mercados emergentes, y otros de índole climática, como la feroz sequía que afectó negativamente la cosecha de soja y las exportaciones argentinas, es innegable que el Gobierno cometió severos errores no forzados, empezando por no haber sincerado la gravedad de la crisis heredada del kirchnerismo y haber actuado de una manera menos gradualista desde que llegó al poder.

Las lecciones están a la vista:

  • Algo de gradualismo puede ayudar a evitar convulsiones sociales en el corto plazo, pero el gradualismo eterno termina deteriorando la confianza de los agentes económicos en las autoridades, al favorecer la sensación de inacción.
  • La revolución de la productividad de la que alguna vez nos habló el Presidente debía comenzar por el propio Estado. No es factible seguir tomando deuda para mantener la estructura elefantiásica de un Estado ineficiente, en lugar de endeudarnos para reestructurarlo.
  • No era posible gobernar sin un ministro de Economía y sin un grado de coordinación y coherencia, como el evidenciado por un equipo económico desordenado y transversal a varios ministerios como el que existió durante los dos primeros años de la gestión.
  • No era posible utilizar el atraso cambiario como ancla permanente para intentar frenar la inflación.
  • Tampoco era sensato que un Estado acostumbrado a mendigar recursos financieros para hacer frente a sus elevados gastos, imponga impuestos especiales a quienes le facilitan esos recursos. En tal sentido, el equivocado tributo a la renta financiera ayudó a encarecer el crédito y probablemente seguirá haciéndolo.

La decisión oficial de bajar sensiblemente el déficit fiscal primario hasta llevarlo a cero en 2019 ha sido, sin dudas, una de las más importantes metas económicas que se haya trazado un gobierno en los últimos años. Hubiera sido preferible, sin embargo, que este objetivo se decidiese antes y que descansara menos en el aumento de una presión tributaria que se torna cada vez más intolerable para quienes siempre pagan los impuestos, y mucho más en un esfuerzo sincero por disminuir el gasto público.

Es imprescindible que la Argentina deje atrás el viejo círculo vicioso representado por un elevadísimo gasto público improductivo, que provoca un insostenible déficit fiscal, que debe financiarse con inflación o bien con endeudamiento externo e interno, y que siempre es una excusa para no bajar la presión impositiva, lo que afecta negativamente la competitividad.

Durante los dos primeros años del gobierno de Macri, el abuso del endeudamiento externo para financiar gastos corrientes y el exceso del endeudamiento interno para atrasar el tipo de cambio no hicieron más que alimentar la desconfianza con la llamada bomba de tiempo de las Letras del Banco Central (Lebac) y provocar una corrida cambiaria, que solo se pudo frenar con el auxilio del FMI y con una suba insostenible de tasas de interés que hasta ahora no ha podido ser desactivada.

Las perspectivas para 2019 no son mucho mejores, tanto por cuestiones locales como externas.

El principal factor endógeno se relaciona con la incertidumbre electoral y, en particular, con la posibilidad de un retorno al poder de Cristina Kirchner , hoy procesada en varias causas judiciales.

Los factores exógenos aluden a la probable baja de los precios de los commodities, al alza de las tasas de interés internacionales y a la desaceleración del crecimiento de la economía mundial.

La Reserva Federal de los Estados Unidos anunció que durante el próximo año habrá al menos dos subas más de tasas, algo que seguirá golpeando todavía a la economía argentina, que requiere acceso al financiamiento externo para los programas de inversiones públicas y privadas. Al mismo tiempo, la suba de tasas afectará negativamente las perspectivas de crecimiento global, con su consecuente efecto negativo sobre la demanda de exportaciones argentinas.

De allí que algunos analistas apuesten a que las buenas noticias lleguen desde Brasil. Se espera que el robustecimiento de la economía brasileña, junto a una posible apreciación de su moneda, favorezca las compras a la Argentina. Brasil es el principal mercado para las exportaciones de nuestro país, que este año rondarán los 11.000 millones de dólares, pero que en años anteriores fueron bastante mayores. Pero las expectativas positivas se nublan frente a las dudas que genera la figura de su nuevo presidente, Jair Bolsonaro , para quien el Mercosur ha perdido centralidad y no se descarta que los beneficios en términos arancelarios que tienen los países de este bloque se extiendan a terceras naciones.

En consecuencia, las empresas argentinas deberán bajar sus costos para poder competir con éxito en un mundo cada vez más hostil. Por allí debe pasar el debate que hoy es eclipsado por las necesidades de financiamiento del Estado argentino.

Sería un error pensar que comprando calma hasta las próximas elecciones nuestros problemas estarán resueltos. Para revertir una crisis estructural que lleva más de setenta años no bastará con hacer bien los deberes durante un año. Los inversores potenciales exigen serias garantías para tomar decisiones en un país que los ha defraudado en muchas oportunidades, y el aumento del riesgo país en las últimas semanas es apenas un indicador de sus dudas.

Será clave para paliar ese estado de incertidumbre que se cumplan las pautas fijadas en la ley de presupuesto 2019 y que, pese a encaminarnos a un proceso electoral, el Gobierno y la oposición logren articular los necesarios acuerdos de gobernabilidad para avanzar hacia la tan ansiada pero no tan sencilla estabilidad macroeconómica.

Aunque el presente diste de ser bueno y el futuro inmediato no asome como el mejor, lo peor que podría pasarle a la Argentina sería que se piense que las soluciones provendrán del pasado.

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