
Las distorsiones de la historia
La interpretación del pasado no puede ser antojadiza, como los cambios de nombres de las calles y los lugares públicos del país
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Entre los rasgos de inmadurez colectiva que afectan a la Argentina se destaca la mirada maniquea de nuestra propia historia. En un anacrónico afán de vaciar el ayer en los moldes de hoy para justificar posturas políticas e ideológicas que tienen su propia dinámica se recurre a la falaz comparación de sucesos y figuras del pasado con acontecimientos y personajes actuales. Por otro lado, el interés creciente de los lectores por conocer el pretérito del país como modo de explicar nuestra compleja realidad ha dado alas a una suerte de industria del escándalo que ofrece réditos materiales a los que la practican, pero que no favorece a la verdad ni a la justicia.
El aprovechamiento sesgado de un documento; la intencionada lectura parcial de unas memorias o una autobiografía dan pábulo a conclusiones malintencionadas que pueden llamar la atención y hasta causar interés en los que sienten afición por los relatos de matices seudopicarescos o truculentos, pero que pocas veces, por no decir ninguna, logran ser demostradas.
La verdad histórica no es la verdad matemática; no es la verdad propia de lo que se llaman ciencias exactas. No reposa en la demostración, sino en el testimonio y en la interpretación de ese testimonio. De ahí la gran responsabilidad de los que la estudian y la escriben, quienes, para decirlo con palabras pronunciadas hace milenios, no pueden afirmar lo falso ni negar lo verdadero.
El riesgo de los libros y artículos que siguen la tónica de la descalificación infundada que se basa en una presunta originalidad está en que la gente cree que lo que se le narra es la verdadera historia, por fin despojada de velos y puesta al servicio de un público que no desea contemplar semidioses, sino conocer la trayectoria de seres de carne y hueso. Este anhelo es legítimo, y merece una respuesta basada en la realidad y no en conveniencias de diversa índole.
Por eso conviene diferenciar la difusión del ayer accesible a todo público, pero basada en fuentes inobjetables, tan necesaria como la silenciosa labor de los estudiosos, que suele dar base a la divulgación, de la falacia disfrazada de novedad y proclamada como una verdad hasta ahora intencionalmente oculta.
El catálogo de invenciones o interpretaciones caprichosas con respecto a muchos de los protagonistas de la historia remota y reciente se torna infinito. Ello, lejos de construir, contribuye a destruir sin fundamentos; pues la distorsión de la verdad con el pretexto de servirla produce desencanto y promueve la frustración.
En otro aspecto, hay que señalar la furia iconoclasta que tanto daño le hizo al país a través de su historia, pues se ocupó de buscar venganza entre los muertos. De tanto en tanto se procede a modificar la nomenclatura de las calles, a embadurnar estatuas y edificios, a escribir consignas de odio vinculadas con figuras que no pueden defenderse, pues ya no existen. Es necesario leer la historia sin ira, tal como propuso Carlos Floria en un artículo que llevaba ese título en la edición del jueves pasado.
Hace un tiempo nos referimos al caso del general Julio Argentino Roca, cuyo monumento fue agredido mientras se reclamaba su desaparición del sitio en que se encuentra y de todo otro lugar público de la ciudad de Buenos Aires. Ahora, en una localidad de Neuquén, El Huecú, la comisión municipal dispuso borrar su nombre de la avenida principal y reemplazarlo por otro representativo entre los mapuches. Antes se había propuesto eliminar del centro cívico de Bariloche su figura ecuestre.
Como es sabido, unas décadas atrás se asistió a una verdadera fiebre de cambios que abarcó arterias que llevaban determinados nombres desde los primeros tiempos de la patria libre o que rememoraban a personalidades destacadas de nuestra historia, identificadas por las ocasionales autoridades como los demonios de turno del maniqueísmo argentino, por ejemplo Mitre y Sarmiento.
En estos días se contempla con sorpresa el proyecto presentado en la Legislatura de la ciudad de Buenos Aires para sustituir el nombre de un destacado ciudadano, Rafael Cantilo, por Ernesto Guevara, el célebre Che, difusor de la revolución cubana y su violencia por distintas latitudes de América. ¿No hay suficientes arterias aún sin nombre para dedicarlas a cubrir presuntos débitos hacia determinados personajes sin desprenderse de otros?
Los países maduros proceden de otra manera, porque aceptan los claroscuros de sus respectivas historias y valorizan los pros y los contras de quienes las construyeron.
Es de desear que un sano espíritu crítico permita desechar las versiones aparentemente atractivas pero buscadamente mendaces y escandalosas, y se acepte que narrar y difundir la historia conlleva un ineludible compromiso social. Cabe esperar que, de una vez y para siempre, los argentinos aceptemos nuestro pasado sin rencores ni idealizaciones, honrando en los que alcanzaron un lugar prominente su entrega sin vacilaciones a la grandeza de la Nación.




