Las nuevas relaciones carnales

La prescindencia del gobierno argentino ante las nacionalizaciones chavistas sólo se explica a partir de hipótesis vergonzosas
(0)
28 de mayo de 2009  

La reciente estatización de tres empresas argentinas pertenecientes al grupo Techint en Venezuela obliga a revaluar los costos que tiene para nuestro país el alineamiento del matrimonio Kirchner con el régimen de Hugo Chávez.

La operación del dictador caribeño plantea varias incógnitas, todas inquietantes. La más inmediata se refiere a la posible complicidad de la Presidenta y su esposo con la decisión de un gobernante extranjero que fue su huésped en El Calafate cuatro días antes de tomar la medida. Sería gravísimo que los Kirchner hayan estado al tanto de lo que Chávez iba a hacer y que no intentaran impedirlo. Pero también sería deplorable lo contrario: que el mandatario de un país que se dice aliado agreda al principal grupo industrial de la Argentina y ni siquiera lo comunique a sus autoridades.

El ministro del Interior, Florencio Randazzo, justificó esa incomunicación con argumentos inconsistentes. La comparó con la expropiación de Aguas Argentinas, realizada por Néstor Kirchner, diciendo que "a nosotros no se nos hubiera ocurrido avisar a Francia antes de tomar esa medida". Randazzo olvida que la situación de Aguas Argentinas fue materia de varias conversaciones del máximo nivel entre París y Buenos Aires, hasta el extremo de que el ex presidente Jacques Chirac manifestó que el vínculo con la Argentina era excelente, salvo por el caso de esa empresa, que describió como "una piedra en el zapato". Es decir: si Chávez se comportara ante Cristina Kirchner como Néstor Kirchner lo hizo frente a Chirac, el caso de las tres compañías de Techint habría sido motivo de más de un año de negociaciones.

No sólo Chávez desdeñó a los Kirchner con una decisión intempestiva. La diplomacia argentina no resiste ser comparada con otras diplomacias que salen en defensa de los intereses de sus países, sean públicos o privados, cuando son agredidos por un Estado extranjero. Bastaría recordar el activismo de los embajadores de Francia, España, los Estados Unidos, Brasil o Chile, entre otros, frente al gobierno nacional cuando algún actor de la vida pública local puso en riesgo inversiones de esas nacionalidades.

En cambio, los Kirchner callan. La Presidenta prefirió criticar a la empresa por no haber depositado el dinero de una indemnización en el país. Parece olvidar lo que hizo su marido con los famosos fondos de Santa Cruz, producto de lo que le correspondía de la venta de YPF. Martín Redrado, el presidente del Banco Central, podría explicarle el motivo: en la Argentina no existe libertad cambiaria para las empresas que operan con grandes montos en el mercado internacional.

El Gobierno ya había adoptado la misma actitud de estos días con la nacionalización de Sidor, la acería de Techint en Venezuela. También bajó la vista cuando Chávez le pidió el 15 por ciento de tasa en una colocación de Boden 2015, para, al día siguiente, deshacerse de esos bonos con un interés todavía superior. El caudillo venezolano ha utilizado el escenario oficial que le ofreció el gobierno argentino para agraviar a terceros países, como los Estados Unidos. Da la impresión de que, cuando visita Buenos Aires, cree estar en la capital de una colonia. El esposo de la Presidenta fue sometido al escarnio de participar en una operación de rescate de rehenes, en la selva colombiana, que sólo sirvió para la burla internacional porque uno de los supuestos secuestrados había sido liberado hacía tiempo por el gobierno de Alvaro Uribe, al que también se agravió sin justificación. Es difícil interpretar estos malos tratos y el silencio que reciben como respuesta sin caer en hipótesis vergonzosas.

Desde que el oficialismo fue acusado en los Estados Unidos de haber sido financiado con dinero negro del chavismo, en aquella incursión del venezolano Guido Antonini Wilson y su valija con casi 800.000 dólares, las explicaciones del sometimiento a Chávez se volvieron más urgentes.

Si se prefiere excusar el silencio de la Presidenta en razones más honorables que aquel tráfico sospechoso de valijas, las posibilidades tampoco son edificantes. Los funcionarios aclaran que se limitarán a monitorear que a Techint se le pague una indemnización justa, que es lo que ordena la ley. Pero renuncian a cualquier gestión que haga valer la supuesta alianza bolivariana en defensa de los intereses argentinos. Esa prescindencia es incomprensible, salvo que esté sugiriendo que el gobierno de los Kirchner no quiere entrar en conflicto con el "método Chávez". Tal vez porque, con el paso del tiempo, se está convirtiendo en su propio método.

La omisión de cualquier reproche a las estatizaciones bolivarianas hace juego con el discurso electoral de quien recorre el conurbano regodeándose en la recuperación para el Estado de compañías como Aerolíneas Argentinas, Aguas Argentinas, el Correo Argentino y el Area Material Córdoba, entre otras. Combina con la conducta de un gobierno que, después de haber estatizado los ahorros previsionales, ingresó en los directorios de las compañías, con delegados políticos, por el boquete de la Anses. La administración que se muestra prescindente en el caso de Techint es la misma que destacó al secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, para que haga de empresario exitoso en una papelera que, si se recupera, será gracias a que se le cederán recursos de los jubilados y a que se obligará a otras empresas a ceder clientes y mercados para que el experimento no fracase.

La complacencia ante la confiscación de activos argentinos está emparentada con otras afinidades, como la animadversión del llamado eje bolivariano por la libertad de prensa. No es una casualidad que, mientras Chávez y su colega ecuatoriano, Rafael Correa, declaraban que el principal límite para sus pretensiones eran los medios de comunicación, el secretario legal y técnico local, Carlos Zannini, haya dicho, en una reunión de campaña, que "en la vereda de enfrente están los medios". En definitiva: el silencio kirchnerista frente a las agresiones del anacrónico socialismo del siglo XXI es una faceta más del avanzado estatismo que se está imponiendo en la Argentina.

No es el único perjuicio de esta alocada alianza con Chávez. La primera administración Kirchner promovió el ingreso de la Venezuela bolivariana en el Mercosur. El Congreso acompañó la iniciativa con su voto. Si la incorporación no se produjo fue, sobre todo, porque los legisladores de Brasil congelaron el trámite en el Senado de ese país, después de que el emir caribeño los llamara "papagayos del imperio" por haber criticado el avasallamiento de Radio Caracas Televisión (RCTV).

A estas alturas de la socialización venezolana sería aconsejable que el Congreso revisara la decisión de haber acogido a ese país en un espacio de libre comercio como el Mercosur. Chávez ha estatizado la siderurgia, el petróleo, la producción de aluminio, la de cerámicas, la de cemento, la petroquímica y parte de la banca. Todos esos sectores fijan precios subsidiados, por lo que la competencia de esas industrias en una economía de mercado sería desleal. El kirchnerismo, con su retórica proteccionista y su preocupación por mantener niveles razonables de empleo, debería advertir que, si se les conceden intercambios internacionales con arancel cero, esas industrias chavistas tenderán a destruir, con malas artes, el aparato productivo y el empleo argentino.

Si Kirchner, en su peligrosa promiscuidad con el régimen chavista, todavía no registró ese riesgo, sería deseable que lo hiciera en homenaje, entre otras cosas, a su declamado "modelo productivo".

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.