Los 125 años del zoológico porteño y su futuro

Debemos replantearnos la función de estos centros reemplazando la mera exhibición de fieras por la tarea de conservación y educación ambiental
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28 de noviembre de 2013  

El Zoológico de Buenos Aires ha cumplido 125 años. Para un país tan joven como la Argentina, se trata de mucho tiempo y, de algún modo, podría afirmarse que aún quedan destellos del brillo de sus primeros dos directores, posiblemente los más destacados: Eduardo L. Holmberg y Clemente Onelli. Ambos sostenían que un zoológico no sólo debía ser una institución científica que contribuyera al estudio de la fauna, sino que además su quehacer no debía ser el de una exposición de fieras. Estos dos hombres fueron quienes formularon objetivos de conservación y educación como pilares de un zoológico.

Bien podría afirmarse que la actividad de conservación y la tarea de los educadores ambientales representan lo positivo de esta etapa. Sin embargo, esos programas siguen siendo escasos en relación con la población de animales cautivos que requiere un orden que priorice las especies autóctonas del país y que derive a otros zoológicos a las que no lo son. De esta manera, deberían mantenerse aquellos ejemplares con los que resulta posible trabajar para mejorar la situación de sus poblaciones libres y de los ambientes naturales donde éstas habitan.

Contar con estas especies puede resultar de interés para corregir o mejorar nuestros hábitos y, en definitiva, nuestra relación con la naturaleza y el ambiente que nos rodea, que todavía no es lo profunda que se necesita.

Probablemente, un zoológico deba contemplar entre sus labores contribuir a formar mejores ciudadanos, ambientalmente comprometidos, con todo lo que ello implica. Esto exige que los animales mantenidos dentro de la institución tengan los mejores estándares de bienestar. Si el foco está puesto en el rescate, la liberación y la educación ambiental, el cautiverio (esperemos que temporario) en la existencia de un zoológico tendría mayor sentido. Basta recordar los cuidados que se le prestan a los animales en extinción rescatados de las manos de los contrabandistas.

Mantener ejemplares de la megafauna carismática del resto del mundo sólo para exhibirlos carece hoy de fundamentos sólidos. Recordemos, sin ir más lejos, la muerte del oso polar hace casi un año, o la inconveniencia de poseer en pleno centro de la ciudad de Buenos Aires jirafas o rinocerontes reales. Carece de sentido continuar promoviendo un zoológico que ampare animales que, en muchas casos, se encuentran en riesgo de extinción.

Probablemente sea cierto que, si se renunciara a exhibir a todas estas especies, mermarían las visitas del público, pero si la misión de estas instituciones consiste en realizar una exposición de fieras, la pérdida de una de ellas implica la inmediata necesidad de su reemplazo.

Es por eso que es hora de preguntarnos si deseamos continuar promoviendo esas visitas o queremos un zoológico moderno, que cumpla las funciones de un centro de conservación y de educación ambiental.

Vale destacar que este año el Zoológico de la Ciudad de Corrientes, mucho más chico y en condiciones más incómodas que la media argentina, decidió apostar a su transformación. Para ello, fue trasladado a Paso de la Patria con un nuevo concepto y un nuevo nombre: "Centro de Conservación de Fauna Silvestre Aguará". En este sentido, bien puede afirmarse que el gobierno de Corrientes comprendió e impulsó un cambio de paradigma que se expresa claramente en uno de sus mensajes más emblemáticos: "El recinto ideal es el recinto vacío".

Los zoológicos tienen la capacidad de trabajar en áreas como la reproducción ex situ de especies amenazadas, la investigación, la educación y hasta el apoyo in situ de especies, poblaciones y sus hábitats. Como lo hemos destacado en esta columna editorial, el objetivo esencial debería ser promover experiencias para que los visitantes cambien actitudes y comportamientos y contribuyan a promover una visión más armónica con la naturaleza.

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