Los amigos y los enemigos

Debe celebrarse que la Presidenta haya afirmado públicamente que la diferencia no puede convertir a nadie en enemigo
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13 de junio de 2012  

La presidenta Cristina Fernández de Kirchner volvió recientemente sobre la vieja cuestión del maniqueísmo en política. Lo hizo días atrás, al participar de los actos de celebración del 25° aniversario de la fundación del diario pro oficialista Página 12, al afirmar: "Ser democrático es aceptar la diferencia y eso no convierte a nadie en enemigo".

Se podrán señalar numerosas y notorias contradicciones entre esas palabras y la política gubernamental de la Presidenta y de su antecesor, pero no se puede estar desde esta tribuna periodística sino de acuerdo con tal afirmación. Al hablar de tal manera, la Presidenta ha corregido, con buen criterio, el eje de un planteamiento intelectual en el que sus seguidores en ese terreno han ido tomando partido por la más nefasta e inaceptable de las tesis: aquella de que la política no es más que una opción entre amigos y enemigos.

Si este último fuera el destino que nos quedara, estaríamos despreciando lo mejor de la condición humana, la solidaridad y la cooperación. No sólo por su brutalidad, tan vinculada en espíritu con el "todo o nada" al que jugaron el nazismo y el comunismo soviético -que se quedaron, al final, sin nada-, sino por el cinismo de la versión folklórica. El kirchnerismo, hecho con los retazos de lo que dejó el menemismo, nunca ha dicho, en medio de tantos zigzagueos, cuál es su última palabra a propósito de amigos y enemigos.

¿Dónde están, acaso, algunas de las eminentes testas que hicieron posible su acceso al poder, como el ex jefe de Gabinete, Alberto Fernández, acusado hoy desde el Gobierno de complicidades nada menos que con Clarín? ¿Y dónde estuvieron, sino en la vanguardia del denostado menemismo -al que sirvieron obedientemente los propios Kirchner-, algunas de las principales espadas del oficialismo en gobiernos de provincia, en el Congreso y en las filas acomodaticias de la Justicia?

La obra de Carl Schmitt, sobre la que reposó la construcción política de Adolf Hitler y que dio andamiaje académico a la despiadada visión de que en política no hay más que amigos o enemigos, es por entero opuesta a nuestra sensibilidad. Contradice nuestra cultura política, que es la de la democracia republicana y representativa sobre la que se asientan las tradiciones cívicas de diversidad y el derecho positivo argentino.

Debemos celebrar que la Presidenta haya corrido el eje del debate que se ha procurado abrir y que, lamentablemente, tanto ha influido estos años sobre la tropezosa marcha de quienes estaban urgidos aquí de argumentos para acosar a la prensa, presionar a la Justicia, restar espacios a los partidos de oposición casi negándoles su razón de ser y explicarse a sí mismos que se puede hacer con el país lo que se quiera y por tiempo indefinido. Celebramos aquellas palabras presidenciales, pero para instarla a avanzar en dirección contraria a la estela que ha dejado en su agitada navegación política.

La disyuntiva entre amigos y enemigos no es propia de hombres libres ni de un orden constitucional justo, sino de la excepcionalidad de la guerra. Si Perón viviera, los intelectuales de la concepción del "todo o nada" podrían preguntar al caudillo por qué dispuso la aniquilación del "enemigo" en enero de 1974, después del copamiento por la subversión de una unidad militar de Azul, o por qué el gobierno de su viuda se atuvo a esa misma letra y dispuso, una vez más, la necesidad de aniquilar al "enemigo".

Perón, al que siempre vuelven los peronistas, podría por igual explicarles que, tras su exilio, regresó con la consigna de que para un argentino no había nada mejor que otro argentino, no otro peronista. Un lema que pareció dejar atrás al primer Perón, que en los años 50 había proclamado que para los enemigos no debía haber siquiera justicia, y que dejó al país al borde de una guerra civil. El del retorno fue el Perón de la conciliación, que no puede expresarse sino en medio del pluralismo razonable de una sociedad de instituciones libres.

"Ser democrático es aceptar la diferencia", ha dicho la Presidenta. Deberían ella y sus funcionarios aceptar, entonces, que otros manifiesten opiniones en colisión con la propia y abandonar la pretensión de que la Justicia esté a su servicio, incluso para perseguir a quienes no se someten a sus dictados. La democracia republicana demanda nada menos que los valores morales y estéticos que deben privar en la vida humana.

Es bueno preguntarse qué tiene que ver esa democracia con el maniqueísmo descarado que trasuntan algunos populistas sin dejar espacio siquiera para quienes procuran asumir posiciones de neutralidad en los debates más importantes de la esfera pública. ¿O acaso debemos preguntarles qué debemos pensar y decir?

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