Los golpes desde el Estado

Esta deplorable práctica, de la cual puede derivar el despotismo, se da cuando el Estado atenta contra las instituciones
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10 de noviembre de 2009  

Existe una creciente y preocupante práctica en varios países de la región que consiste en manipular las normas con el objeto no ostensible de instaurar autocracias, cuyo estilo de gobierno deviene autoritario. Esa ola de reiterados abusos, que incluye las normas constitucionales, debilita la noción de la separación y el equilibrio de poderes, lo cual tiene efectos perniciosos en las libertades, los derechos y las garantías individuales.

Ese proceso, que podría llamarse "desconstitucionalización", se basa en conductas u omisiones por parte de quienes ejercen el poder que, sumadas, configuran "golpes desde el Estado".

Cabe recordar que así procedió Luis Napoleón Bonaparte, presidente de la Segunda República Francesa entre 1848 y 1851. Había sido elegido mediante el sufragio universal masculino. Antes de concluir su mandato, por desavenencias con otros órganos del Estado, se autoproclamó emperador con el título de Napoleón III, de modo de perpetuarse en el poder a pesar de las restricciones legales y del rechazo popular.

La historia está repleta de situaciones parecidas. Algunas han sido más impúdicas, ciertamente. En diversos rincones de nuestro propio continente, las instituciones centrales de la república han sido -y están siendo- debilitadas y privadas de sus elementos sustanciales, como la separación y el equilibrio de poderes; la igualdad ante la ley; la periodicidad y la saludable alternancia política en los gobiernos; la publicidad de los actos públicos; la transparencia en el acceso a la información; el control y la responsabilidad de los gobernantes, y la independencia e imparcialidad de los jueces.

Cuando las repúblicas se degradan hasta el punto de ser satirizadas, se produce una paradoja: las mismas monarquías constitucionales que se asientan sobre el Estado de Derecho y sobre su fortaleza institucional resultan más democráticas que las repúblicas deformadas.

Otro peligro que acecha en tiempos de tempestades políticas es la provocación deliberada de una atmósfera artificial de anarquía y violencia como pretexto para la excepcionalidad. Esto lleva a la degradación de la república por conceder al Poder Ejecutivo facultades excepcionales que ponen a la ciudadanía en estado de desamparo e indefensión frente a la arbitrariedad y la sumisión ante quienes acumulan y detentan "la suma del poder público". Esta circunstancia fulmina el artículo 29 de la Constitución nacional, en su momento incluido en nuestra ley suprema como una advertencia inspirada en los abusos previos a la Organización Nacional de 1853/1860.

Cual deplorable nueva realidad, la inseguridad personal, el pisoteo arbitrario de los derechos adquiridos, la despreocupación por el cumplimiento de las sentencias firmes, el espionaje y la gravísima deserción gubernamental en el cuidado del orden público (de pronto "tercerizado" en favor de piqueteros y otros grupos similares surgidos de lo que se describe engañosamente como un fenómeno de "espontaneidad" social). A todo ello deben agregarse la corrupción y las aparcerías concertadas por algunos con dictadores lamentables. A su lado, la Argentina seguirá girando fuera del mundo.

El fenómeno del golpe "desde el Estado" está expresamente anatematizado por una clara aseveración de nuestra Corte Suprema de Justicia de hace más de un siglo, que señala que "fuera de la Constitución nacional sólo cabe esperar la anarquía o la tiranía". La anarquía es, desde luego, caos y anomia. Esto se traduce habitualmente en una peligrosa señal de despotismo.

Desde lo más alto del poder que confiere el Estado hoy emanan actitudes lesivas contra las instituciones centrales de la República, condenadas por el ignorado artículo 29 de nuestra Constitución nacional.

Su alcance comprende no sólo a aquellos que, con desaprensión y obsecuencia, confieren o consienten los poderes extraordinarios, sino también a quienes los procuran y los utilizan en desmedro de las instituciones republicanas. Así, seguramente, lo entenderá la historia.

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