Más violencia familiar en el país

Nuestra sociedad debe enfrentar una realidad cuyas víctimas son mujeres que sufren violencia por parte de sus parejas
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23 de febrero de 2011  

Las sociedades que son violentas por naturaleza tienden a no ver o no reconocer la violencia que se desarrolla dentro de ellas hasta que es muy tarde. Eso le ocurre a la sociedad argentina, que todavía no ha tomado verdadera conciencia de lo que hoy se conoce en el mundo como "violencia doméstica" o "violencia contra la mujer".

Si se hace un relevamiento más o menos continuo de las noticias difundidas por los medios hasta hace muy pocos días, se comprobará que son cada vez más frecuentes las relacionadas con hechos policiales donde una mujer sufre algún tipo de ataque por parte de su marido o pareja, del cual sale muy malherida y hasta muere posteriormente. Uno de los más recordados es el caso de Wanda Taddei, la esposa del baterista de Callejeros, Eduardo Vázquez, de cuya muerte se cumplió ahora un año, pero ha habido otros casos más recientes donde también las mujeres protagonistas de ellos habían sido atacadas y quemadas por sus parejas; los expertos en este tema temen que esta forma de ataque se transforme en habitual, porque está siendo "copiada".

Hablar de violencia contra la mujer en la Argentina significa también dar números: en 2009, fueron 231 las mujeres asesinadas por violencia de género; en 2010, murieron 214 y 67 de ellas fueron atacadas por ex parejas, y desde el episodio donde finalmente perdió la vida Wanda Taddei 26 mujeres fueron quemadas por sus parejas y 13 de ellas murieron. En lo que va de este año, ya son siete las asesinadas de este modo.

Estas cifras, igual que las de las denuncias que se hacen ante las entidades públicas o las privadas que trabajan en el tema, son las que se hacen públicas, porque sus causas son más que evidentes. Pero hay un universo de mujeres que sufren acoso, son golpeadas o amenazadas por sus parejas de una y mil formas, y que nunca han hecho la denuncia (todavía, en muchos casos también esa denuncia no es tomada con la seriedad que corresponde). Este es un aspecto fundamental: las víctimas no denuncian. La situación no es exclusiva de la Argentina; en España, país donde se viene trabajando intensamente desde el ámbito estatal para detectar la violencia de género y legislar sobre ella, sólo el 28 por ciento de las mujeres asesinadas el año pasado había denunciado a su agresor.

Las razones son casi siempre las mismas: la dependencia económica, la emocional, el hecho de tener hijos con la pareja o, simplemente, porque no juntan el coraje suficiente para hacer la denuncia. Las víctimas están tan desvalorizadas ante sí mismas que se acusan de ser las culpables de llevar a sus parejas a la situación de pegarles y no se atreven siquiera a contar lo que les pasa a sus familiares o a sus amigos. Por el otro lado, está la negación de este problema por gran parte de nuestra sociedad. Una de las quejas más frecuentes de miembros de las organizaciones creadas para luchar contra la violencia de género es que los asesinatos o intentos de asesinato no son reconocidos como tales. Se recurre a una fórmula más propia de telenovela: se los llama "dramas pasionales", quitándoles el contexto y la significación que tienen.

Desde su creación, en 2008, la Oficina de Violencia Doméstica (OVD), dependiente de la Corte Suprema de Justicia, ha recibido un promedio de 18 denuncias diarias. Y de acuerdo con un informe difundido por la misma OVD, en los 25 meses siguientes atendió 13.906 casos, a un ritmo creciente, dado que en octubre pasado fueron 23,5 por ciento más que el año pasado. Estas cifras, como decíamos antes, permiten suponer que hay muchas más denuncias que no se hacen.

Es necesario que toda la comunidad se haga cargo de luchar contra la violencia doméstica. El Estado, en primer lugar, porque debe intervenir, con la creación inmediata de campañas públicas que alerten sobre la existencia de esta realidad, sobre cómo detectarla y, finalmente, a quiénes acudir en busca de ayuda. En segundo lugar, todos los miembros de nuestra sociedad, para lograr que se creen círculos virtuosos de ayuda y comprensión, e impedir definitivamente que las víctimas sigan siéndolo y sufriendo en silencio torturas que pueden conducirlas a la muerte.

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