Museos que dan el ejemplo

Resulta oportuno destacar la conducta ética de centros de arte del exterior que rechazaron donaciones de sponsors vinculados con la afectación de la salud
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18 de abril de 2019  

En los Estados Unidos , las autoridades sanitarias han llamado la atención acerca de los efectos negativos para la salud de los llamados medicamentos opiáceos, utilizados masivamente como analgésicos. Sus efectos son más rápidos, fuertes y duraderos que los de otros productos con objetivos similares (como los derivados del ácido acetilsalicílico). Sus fabricantes, sin embargo, han ocultado que producen adicción. Cuando los precios de estos analgésicos aumentaron, los adictos se volcaron masivamente hacia el consumo de sucedáneos más económicos, como la heroína o el fentanilo, entre 25 y 50 veces más fuertes que la primera. La epidemia de opiáceos llevó al presidente de ese país, Donald Trump, a declarar la emergencia sanitaria. Se calcula que en 2017 cerca de 47.000 personas fallecieron en los Estados Unidos por sobredosis de opiáceos y alrededor del 75% de los adictos a la heroína se iniciaron con medicamentos recetados. Más aún, entre 1999 y 2015, hubo 4,1 millones de personas incapacitadas para desempeñarse en el mercado laboral norteamericano debido a su adicción a los opiáceos.

De estos, el más vendido es el OxyContin, fabricado por Purdue Pharma, una empresa propiedad de la familia Sackler, una de las más poderosas y ricas de los Estados Unidos y estrechamente vinculada al arte y la cultura. Merced a su fortuna, ofrece becas a través de varias fundaciones e instituciones, patrocina muestras y exhibiciones en museos de primer orden y ha proporcionado fondos para decenas de programas científicos, académicos y culturales de todo tipo. Una de las alas del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York lleva el nombre de esa familia.

Pero Purdue Pharma enfrenta ahora numerosas demandas judiciales, iniciadas por gobiernos estaduales y municipales para recuperar los gastos adicionales que ha debido enfrentar para contener la epidemia y tratar a sus víctimas. En un caso reciente, esa empresa llegó a un acuerdo con el estado de Oklahoma por 270 millones de dólares.

Sin embargo, las consecuencias de la crisis de los opiáceos han llegado más lejos. Hace pocas semanas, la junta directiva del museo Solomon R. Guggenheim, de Nueva York, avisó que no estaba dispuesta a aceptar donaciones futuras de la familia Sackler. Esta decisión se alinea con otras similares. Así, por ejemplo, la National Portrait Gallery de Londres anunció que había decidido juntamente con el Sackler Trust cancelar una donación de 1,3 millones de libras esterlinas, mientras que un artículo en The Art Newspaper reveló que un museo del sur de Londres había devuelto una donación de esa familia el año pasado. Por su parte, la Tate Gallery subrayó la historia filantrópica de la familia Sackler, pero agregó: "Sin embargo, en las circunstancias actuales no creemos que sea correcto buscar o aceptar más donaciones de los Sackler".

En la Argentina, el consumo de OxyContin provocó en 2018 que unas 80 personas se atendieran en el Hospital Fernández. Su jefe de toxicología, Carlos Damin, señaló que este analgésico puede provocar mucha dependencia por sus efectos. "No solo genera analgesia, es decir, calma el dolor, sino también cierta situación de placer que hace que fácilmente sea mal utilizado por algunas personas en forma exagerada".

Si bien su venta es aquí mucho más controlada que en los Estados Unidos (ya que debe prescribirse en un recetario especial) y su consumo es más restringido, resulta oportuno, por un lado, tomar en cuenta la experiencia norteamericana y alertar sobre los efectos adversos de los opiáceos y, por el otro, destacar la conducta ética ejemplar adoptada por los museos norteamericanos y británicos y otras organizaciones sin fines de lucro al rechazar un patrocinador tan generoso.

Esas instituciones, a pesar de que dependen en grado sumo de las grandes donaciones para sostener, promocionar y difundir el arte y la cultura, han preferido mantenerse alejadas del origen de esos fondos.

La experiencia inglesa y la norteamericana no son directamente extrapolables a la Argentina, donde los museos dependen en gran medida de las escasas partidas presupuestarias que se les asignan, por lo que el origen oscuro de ciertas donaciones no constituye una preocupación sustantiva, como sí ocurre en esos países. Ello no descarta la necesidad imperiosa de que todas las actividades museísticas (y no solo estas) llevadas adelante por entidades públicas y privadas lo sean dentro de marcos éticos estrictos y pautas rigurosas para evitar conflictos de intereses y lograr cumplir con el objetivo superior de elevar la cultura nacional.

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