¡No sufra, ministra Stanley!

La pobreza que le tocó anunciar a la titular de Desarrollo Social no es de ahora, sino consecuencia de los desbordes de gasto público que nadie quiso enfrentar
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6 de abril de 2019  

En 1989, el primer presidente de la democracia, Raúl Alfonsín , caracterizado por su compromiso social y su defensa de los derechos humanos, debió renunciar anticipadamente a su presidencia, dejando tras de sí una pobreza que abarcaba al 38,3% de la población.

Tarde se dio cuenta el doctor Alfonsín de que la pobreza no es consecuencia de los ajustes neoliberales, ni del imperialismo, ni del Fondo Monetario Internacional, sino de la inflación, que destruye la moneda, ahuyenta la inversión, cierra industrias, provoca despidos, quiebra las empresas y termina afectando con las mayores consecuencias a los segmentos más humildes de la población.

La inflación no es un fenómeno natural ni una peste que llega del exterior. Es resultado de un exceso de gasto público por encima de la productividad de la economía. Es consecuencia de emitir dinero para cubrir el bache de ingresos y refleja la reacción de la gente, que pierde confianza en los billetes. Como en el juego de las sillas, cuando todos cambian pesos por dólares, solo se quedan parados frente a góndolas con precios inalcanzables, los más pobres.

Pero la inflación también es un fenómeno político. Casi imposible de reducir por ser bastión de los intereses creados y sustento de líderes populistas, políticos clientelistas, gobernadores desaprensivos, seudoempresarios parasitarios del Estado y sindicalistas incorregibles. También de millones de buenas personas que tomaron lo que en la Argentina "se daba": empleos redundantes, jubilaciones sin aportes, pensiones de favor, horas extras prebendarias o suplencias injustificadas. Y que siempre votarán a favor del statu quo.

Cuando Alfonsín advirtió que la estabilidad de su mandato exigía una profunda reforma del Estado, hacia 1987, reconoció que el sector público había crecido "al calor de un consenso social más o menos espontáneo" más allá de lo sostenible con los recursos disponibles. Pero ni el peronismo ni el propio radicalismo estaban dispuestos a encarar esas reformas, alentadas por Juan Vital Sourrouille y Rodolfo Terragno, y el país se desbarrancó en la hiperinflación con una tasa anual del 3079%, en 1989.

Carlos Menem redujo la pobreza al 22% cuando aplicó la convertibilidad y realizó algunas reformas estructurales, recreando una demanda por la moneda nacional. Pero, como en el cuento del escorpión, no pudo con su esencia peronista e hizo crecer el gasto público en forma inconsistente con la paridad fijada. Al poco tiempo, la población comparó el peso con el dólar y concluyó que no valían lo mismo. Y así, dejó a su sucesor, Fernando de la Rúa , con una situación explosiva, que elevó la pobreza al 35,4%. Cuando Eduardo Duhalde abandonó la convertibilidad, la inflación se disparó al 40% anual y la pobreza al 47,8%.

Durante la presidencia de Néstor Kirchner , el peso del Estado (y el gasto público) pudieron sostenerse gracias a una situación internacional extraordinaria que permitió reducir la inflación y llevar la pobreza al 26,9%. Cristina Kirchner adoptó una política expansiva del gasto, sin preocuparse por las consecuencias, disimulándolas mediante controles de precios, prohibición de exportaciones, congelamiento de tarifas y cepo cambiario, además de manipular el Indec . Según estimaciones privadas, la pobreza alcanzó el 30% en el último año de su gestión, aunque la represión de todas las variables mencionadas, subsidiando el consumo y destruyendo la producción, presagiaba un futuro complejo para el sucesor.

Desde la primera crisis inflacionaria de 1952, el desborde del gasto público y su consecuencia, la demolición del peso argentino, se convirtieron en una "papa caliente" que cada gobierno pasó al siguiente, en una serie interminable de crisis que provocaron la pobreza estructural que sufre la Argentina y que nadie enfrenta, por su impacto político. Desde 1970 se sacaron 13 ceros al peso y, correlativamente, bajaron trece pisos los pobres, hasta lo más profundo del infierno dantesco, sin ser ellos los pecadores, sino los virtuosos.

El presidente Mauricio Macri tomó esa "papa" e intentó enfriarla sin dañar el tejido social, mediante una estrategia de crecimiento financiada con deuda externa. Fue condescendiente con el reclamo social y confinado a la cancha marcada por la oposición. Pecó por exceso y no por defecto.

La ministra de Salud y Desarrollo Social, Carolina Stanley , no debería sentirse culpable al anunciar el aumento de la pobreza al 32%, como no se sintió culpable el expresidente Alfonsín ni ninguno de sus sucesores. La pobreza surge de la imposibilidad de transformar el país en forma profunda para asegurar la igualdad de oportunidades, educar desde la infancia y ofrecer empleos de calidad. No es viable una nación con una proporción tan enorme de la riqueza colectiva que se desvía a gastos corrientes del Estado, muchísimos de ellos improductivos, aunque fuesen socialmente justos. Y mucho menos, cuando lo debe sostener un sector privado escuálido, sin acceso al capital (éxito rotundo de la marcha peronista), asediado por impuestos, agobiado por costos laborales y anudado en una trenza de obstáculos sectoriales.

No es viable una nación donde los representantes del pueblo apoyan su cabeza en la almohada, luego de haber discurseado acerca de la pobreza, cuando están rodeados de falsos asesores, canjean pasajes, hacen turismo legislativo y cobran hasta la última moneda de sus viáticos. O cuando muchos exfuncionarios tan anodinos como insensibles o exjueces tan mediocres como indecorosos cobran jubilaciones de privilegio con fundamento legal y sin merecimiento moral. O cuando empresarios clientelistas hacen fortunas utilizando oscuros incisos, frutos venales de su propia redacción. Para no hablar de los millones de recursos públicos esfumados en contrataciones fraguadas o en sobreprecios para devolución, como se develan ante los fueros penales.

La joven ministra Stanley no puede cargar sobre sus hombros ni sobre su conciencia las capas geológicas de defensa de lo indefendible que caracteriza a nuestro país: décadas de abrepuertas, influyentes, espías, punteros y coimeros. De señas del truco, códigos mafiosos, Banelcos, retornos, aportes, fueros y chicanas para no modificar nada, mantener la clientela política, los privilegios corporativos y desgarrarse las vestiduras por los índices de pobreza del segundo semestre de 2018.

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