Nuevos desafíos para el mundo adulto

La cuota de sensatez y compromiso en el acompañamiento de los jóvenes definirá, en gran medida, el futuro de las próximas generaciones
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21 de enero de 2019  

Desde hace décadas, la literatura y el cine proponen ficciones que plantean escenarios futuros asociados a una especie humana igualada en sus características físicas; una especie de legión de individuos asimilados en su apariencia, sin cabelleras ni atributos que permitan distinguir diferencias entre ellos. A veces, no surge con claridad cuáles serían los mecanismos de reproducción a los que recurren, pero en ese hipotético terreno de fantasía, todo parece posible. El prolífico escritor Ray Bradbury comentaba que "los intelectuales [...] siempre tienen miedo a lo fantástico porque les parece tan real ese mundo que creen que estás intentando engañar y, evidentemente, así es".

En estos tiempos, la realidad también plantea desafíos ligados a cuestiones de sexo y de género -esto es biología, por un lado, y cultura, por el otro- que los humanos de estos tiempos debemos atender. Algunas también dan miedo. Se trata en realidad de temáticas presentes desde siempre que por diversas razones se acostumbraba a silenciar y a ocultar y que, ahora, lejos de esconderse, provocativamente se exacerban incluso hasta el paroxismo, llevando las cosas al extremo opuesto, seguramente antes de que puedan encauzarse con mayor equilibrio para beneficio de todos.

Los medios contribuimos a difundir situaciones reales francamente estrafalarias, llamativas y raras como, por ejemplo, la de una madre, que anuncia a la directora del colegio primario de su hijo que como este se sentía mujer le ha tramitado un nuevo documento y que a partir de ese momento concurrirá a clases vestido de niña. A la inversa, el anuncio puede ser que la joven alumna de secundaria ha resuelto asumir el sexo masculino siendo una preocupación que, si bien hasta entonces su desempeño en natación la había llevado a destacarse por sobre sus compañeras, ahora deberá competir con muchachos frente a los cuales difícilmente pueda volver a ganar. También puede darse que el que anoticie a la institución educativa de algún cambio sea un docente que, de la noche a la mañana, sin comprometer por ello la calidad de su tarea profesional, se presente frente a sus alumnos asumiendo un género distinto al que le conocían. Ni que hablar cuando el que experimenta el cambio es uno de los progenitores... Una innumerable cantidad de variantes que, circunscriptas solamente al ámbito educativo en todos sus niveles y sin emitir juicios de valor, refleja una realidad capaz de alterar patrones largamente instalados y convulsionar a la comunidad educativa, incapacitada en la mayoría de los casos para enfrentar positivamente tan revolucionarias transformaciones y condenada así al desconcierto.

El histórico compromiso adulto de transmitir a las siguientes generaciones la experiencia y el conocimiento yace jaqueado. La sociedad de los adultos optó, más de lo conveniente, por transitar senderos de ruptura en lugar de buscar adaptarse a las nuevas demandas. Por comodidad, por desconocimiento, por irresponsabilidad, hemos dejado a los jóvenes librados a su propia suerte. Suscribiendo consignas seudolibertarias, pretendiendo acortar distancias con las nuevas generaciones, adoptando formas y modos que les pertenecen solo a ellas, ridiculizándose incluso muchas veces, las renuncias a la condición de adulto llevaron a soltarle la mano a la siguiente generación y a cambiar los sanos deberes que para con ella teníamos por tan inconvenientes como peligrosos patrones de compañerismo.

Poner límites cuando es necesario, ejercer el rol de orientador y consejero no implica cercenar la libertad. En todo caso, el adulto ha de contribuir a encausarla, superando o sacando provecho de la brecha generacional de manera positiva. Desde esta mirada, las enormes transformaciones a las que asistimos no pueden dejar a los niños y jóvenes librados a su suerte sin medir consecuencias. A pesar de que puedan ellos adaptarse con mayor facilidad e incluso tomar con naturalidad asuntos que escandalizan y ruborizan a muchos adultos, los cambios de paradigmas que mencionamos plantean enormes desafíos para los que, claramente, como sociedad, no estamos preparados. Si un niño pequeño se carga una mochila al hombro y nos anuncia que se va con su amigo invisible en busca del superhéroe de turno, es seguro que no lo dejaremos. Sin embargo, muchos padres podrán increíblemente acceder al pedido de cambio de documento, ante una elección sexual diferente, a corta edad sin evaluar otras alternativas de acompañamiento temprano más adecuadas cuando el futuro y la felicidad del propio hijo están también en sus manos.

Mucho queda por recorrer. El desconcierto inicial, los interrogantes y dilemas que se disparan deberán dejar lugar a un abordaje que minimice el conflicto entre enfoques disímiles y que acote los efectos del impacto. Al fin y al cabo, abrirse a los cambios de manera responsable es una forma de crecer y madurar. La cuota de sensatez y compromiso que involucremos los adultos en la búsqueda de nuevas respuestas, nuestra capacidad de hacernos cargo para acompañar de la mejor manera, serán las que definan, en gran medida, cómo será el futuro de las próximas generaciones en un terreno que jamás podrá asimilarse al de la ciencia ficción.

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