Por un diálogo genuino y de buena fe

Es de esperar que la nueva convocatoria del Gobierno a un debate con la oposición permita hallar instrumentos que amplíen y consoliden los consensos
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29 de noviembre de 2013  

Según la Real Academia Española, un diálogo es una charla entre dos o más personas "que alternativamente manifiestan sus ideas o afectos" pero, también, "una discusión o trato en busca de avenencia". Lo que no puede ni debe ser un diálogo es una excusa para mostrar que se está dispuesto a escuchar otros pareceres cuando, en verdad, nada importan.

Pocos presidentes hubo en el país con tantos llamados al diálogo político como Cristina Kirchner , una persona que ha dado numerosas muestras de menosprecio por la opinión ajena, especialmente cuando ésta contraría la suya. Desde que asumió la primera presidencia en 2007 fueron por lo menos tres y todos ellos con la doble particularidad de que fueron hechos tras sonantes derrotas electorales del oficialismo y que casi nunca llegaron a buen puerto: se abandonaron apenas iniciados o se trató, lisa y llanamente, de "diálogos de sordos".

El jefe de Gabinete, Jorge Capitanich , volvió a agitar esta semana la bandera del diálogo al aceptar sendos pedidos de audiencia de los mandatarios opositores porteño y santafecino, Mauricio Macri y Antonio Bonfatti, respectivamente.

Con la consigna "necesitamos fortalecer el diálogo político", Capitanich anunció que los recibirá en la Casa de Gobierno. Bienvenido el gesto y más bienvenida aún la admisión pública de que hace tiempo que es débil y escasa la discusión entre oficialismo y representantes de la oposición. De un cambio profundo en el Gobierno dependerá esta vez que la expectativa no se frustre.

Sin considerar los comienzos de los mandatos de Néstor y Cristina Kirchner, cuando ambos prometían un intercambio prolífico de pareceres con quienes no pensaban políticamente como ellos -se sabe que todo arranque se muestra siempre lleno de buenas intenciones-, fue en 2009 cuando, tras la dura derrota electoral del kirchnerismo en las elecciones de renovación parlamentaria, la Presidenta hizo pública una amplia convocatoria al diálogo durante el acto por el Día de la Independencia, celebrado en Tucumán. En esa oportunidad, la mandataria expresó que era hora de "juntar a todos los sectores" porque, a su juicio, ya no había lugar "para discusiones parciales".

A los pocos minutos de concluido ese acto, trascendió que el diálogo estaba realmente acotado, pues partía de la base de que no se harían concesiones. En respuesta a una pregunta del ministro de Trabajo, Carlos Tomada, durante una improvisada reunión de Gabinete en el antedespacho del gobernador José Alperovich, la Presidenta le respondió que el Gobierno iba a dialogar "sobre una base creíble", sin aceptar, por ejemplo, "planteos de cero retenciones", como se le reclamaba desde no pocos sectores. Impulsaba así eventuales "acuerdos" políticos que no vulneraran el modelo o impidieran profundizarlo. Y no hubo repregunta. Tal vez porque Tomada, como oportunamente dijo el secretario Carlos Zannini , entiende que "a la Presidenta se la escucha, no se le habla".

Incluso, de la "amplia reforma política" anunciada en esa oportunidad, el resultado más visible ha sido la creación de las elecciones Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO), un sistema resistido por buena parte del arco político y de cuya aplicación poco provecho ha obtenido el país a juzgar por las experiencias.

Fue a partir de otra estrepitosa derrota del oficialismo cuando el Gobierno decidió convocar nuevamente a un "amplio diálogo", pero esta vez a empresarios y sindicalistas. La primera reunión tuvo lugar en agosto pasado, en Río Gallegos, con vistas a "un gran acuerdo social" que, en los hechos, sólo incluye a empresarios y a gremialistas cercanos al Gobierno.

En otras oportunidades, el gobierno nacional convocó a la Ciudad y a la provincia de Buenos Aires para integrar un ente tripartito sobre el transporte, pero la cuestión no está resuelta y, si bien se produjeron avances, el grueso de esa problemática que diariamente afecta a millones de personas sigue sin resolverse en medio de tironeos y chicanas como ocurre con la extensión de las líneas de subte. Sirva como otro ejemplo el demorado permiso de la Nación para que la Ciudad pueda correr el alambrado perimetral del Aeroparque, que hace años impide terminar la obra de la autopista Illia eliminando así uno de los principales atolladeros del tránsito porteño. Hace sólo unas horas la Presidenta se avino a concederlo.

Reforma política, economía y transporte son temas troncales en los que se adeuda un debate profundo. A ellos, y ya en forma recurrente, se le ha vuelto a sumar la necesidad de hallar una solución definitiva al flagelo del avance del narcotráfico. No es un tema nuevo, por cierto. En 2007, el entonces ministro del Interior, Aníbal Fernández, convocaba al Consejo de Seguridad Interior "a los fines de abocarse exclusivamente al tratamiento de la lucha contra el narcotráfico". Mediante un decreto, se creaba el comité científico asesor en materia de represión del narcotráfico y criminalidad compleja, que ciertamente se constituyó. Pero está visto que algo falló para que seis años después el crimen organizado siga perforando las fronteras, aliado muchas veces con un poder político que protege esas prácticas corruptas y aniquiladoras de la salud de la población.

En ese contexto de promesas incumplidas y de incoherencias, se inscribe ahora el nuevo llamado del Gobierno a dialogar. Pero con un agravante: a los fracasos de las convocatorias anteriores se le suman hoy las dudas que generan, entre otros, el inexplicable volantazo para indemnizar a Repsol por la expropiación de YPF y la decisión de aprobar en soledad la ley de responsabilidad del Estado y la reforma del Código Civil, cuando el mismo Gobierno acaba de postergar sus tratamientos definitivos para 2014, supuestamente en busca de acuerdos.

Ese tipo de actitudes contradictorias y mezquinas tiñen de sospecha cualquier invitación a debatir. El Gobierno deberá dar muestras concretas de que esta vez será distinto, de que supo leer el mensaje de la derrota en las urnas, de que hará primar la lógica y el respeto por sobre los caprichos y de que está dispuesto a acordar, aun en la desavenencia, porque de eso se trata la búsqueda de consensos.

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