Prejuicios y discriminación

En la Argentina del siglo XXI, el desafío es aceptarse, convivir, integrarse, respetarse y entender que nadie es ni más ni menos que otro
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8 de noviembre de 2019  

El domingo de las elecciones nacionales se viralizó la foto de una autoridad de mesa en el partido bonaerense de Moreno con alusiones a su vestimenta junto con la advertencia de que se podía tratar de un delincuente. Asociar un atuendo con un comportamiento constituye una señal peligrosa, cargada de prejuicios instalados en vastos sectores sociales y cuyo efecto inmediato es la discriminación.

Lamentablemente, son muchos los que caen en la necedad de clasificar a las personas por su color de piel, su corte de pelo, su ropa, su religión o su origen. Distintos segmentos de la sociedad reflejan ser víctimas de estos prejuicios, que deberíamos desterrar y que no tienen justificativo en ningún ámbito. Por ejemplo -erróneamente, ya que las estadísticas lo desmienten de forma categórica-, se sugiere que los índices de delincuencia han crecido debido a la afluencia de inmigrantes de países sudamericanos.

Al aplicar el mismo mecanismo, se demoniza a quienes gozan de cierto prestigio social en función de los años de arraigo familiar en el país o debido a su participación en la historia, denostándolos con la calificación de "oligarcas" cuando en realidad esta palabra cuadra con mayor precisión a regímenes familiares políticos vitalicios enraizados en provincias sumidas en el atraso o la pobreza por la falta de una sana renovación democrática, o también a dirigencias sindicales, muchas también perpetuas, encaramadas y enriquecidas desde el control de organizaciones de los trabajadores que regentean como si fueran empresas privadas propias.

En una misma bolsa y sin fundamento caen los esforzados productores agropecuarios, muchos de ellos laboriosos chacareros, modelo de eficiencia y competitividad, también desacreditados como pertenecientes a la "oligarquía", mote con el que también se descalificó a quienes concurrieron masivamente a las manifestaciones de apoyo al oficialismo actual, así como también, desde la otra vereda, se denigra a los que concurren a los actos de la coalición triunfadora.

Muchas veces son lamentablemente las propias dirigencias las que, desde la palabra o desde los hechos, contribuyen a abonar ese peligroso e indeseado clima de división, resentimiento y prejuicios. Potenciados ahora por las nuevas tecnologías, se recurre también para estos fines a la difusión de informaciones falsas y a la propagación de estereotipos en un afán por fomentar resentimientos y odios.

Hasta qué punto podemos equivocar el rumbo al simplificar y creer que se es bueno por ser pobre o malo por ser rico, en términos materiales. Esa presunción nos amarra inconscientemente a la pobreza, porque la riqueza pasa a ser pecado. También nos confunde, pues parece que el dinero logrado con esfuerzo no vale y es digno de ser confiscado, pero sí el que obscenamente exhiben mafiosos, corruptos y delincuentes, encarnando una nueva y peligrosa forma de nobleza.

Es hora de entender que todos somos argentinos, que la Argentina es nuestro hogar compartido, que todos merecemos un digno pasar y que, aun así, podemos disentir en nuestros apoyos y opiniones al superar constructivamente cualquier fractura, porque el debate nos enriquece y el objetivo común nos moviliza. Cuántas veces nos hemos jactado de la ausencia de conflictos étnicos o religiosos entre nosotros, de nuestra capacidad para relacionarnos con la cultura universal, aportando y recibiendo valores e influencias. No debemos abandonar ese modelo valioso y distintivo que nos ha servido para evitar conflictos e, incluso, estériles derramamientos de sangre que han hecho estragos en otros lares.

Los pilares fundantes de la Argentina han sido los conceptos de libertad e igualdad. No son meras palabras, son principios que nos señalan un estilo de vida en sociedad, que no reconoce privilegios de ningún tipo, que alimentan el respeto mutuo, la tolerancia y el disenso civilizado.

Nuestro presente se construyó en décadas de luchas y de acuerdos. Con valerosos soldados, muchos de ellos mestizos o indígenas, que dejaron hasta sus vidas en las guerras por la independencia. Los tiempos de la organización nacional demandaron el trabajo fecundo e intenso de otros muchos, descendientes de europeos también, generaciones cargadas de sueños de progreso que llegaron para poblar el que, por entonces, era un desierto.

Cuando Octavio Paz graciosamente afirmaba que los argentinos descendemos de los barcos se refería a la ola inmigratoria que se tradujo en que el censo poblacional de 1914 diera cuenta de que había más extranjeros que argentinos, amparados por nuestra ley fundamental. Hoy, los más de dos millones de extranjeros representan menos del 5% de la población y proceden mayormente de países vecinos. Queda pendiente adaptar nuestra legislación al principio esencial de la reciprocidad, lejos de promover cualquier atisbo de xenofobia.

En esta Argentina del siglo XXI el desafío es aceptarse, convivir, integrarse, respetarse y entender que en estas tierras nadie es más ni menos que otro. Y sobreponerse a cualquier prejuicio, cuando la labor de cada uno pasa a ser clave para la construcción colectiva responsable. El camino para afrontar y resolver los graves problemas nacionales requiere un clima de paz social y orden que otorgue el debido espacio a todos en un contexto de un sano debate.

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