Repensar la Argentina en el año que se inicia

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3 de enero de 2021  • 00:00

Denostar el valor del mérito y el esfuerzo implica apostar por la continuidad del clientelismo con una máquina de imprimir moneda que no descansa

Una sociedad capitalista puede generar consumistas en exceso y no necesariamente desarrollar el espíritu para volverlos mejores, pero es responsabilidad de sus integrantes hacerlo en el clima de libertad que el sistema debe asegurar. Por su parte, el marxismo, cuyo fracaso ya hoy pocos discuten, propone ilusoriamente mejorar la situación general sin atender las individualidades, alimentando las estructuras y fijando un mínimo común denominador que nivela hacia abajo y suprime la libertad y los incentivos para progresar. La Doctrina Social de la Iglesia plantea un sistema en el que la justicia social, esto es la que da a cada uno lo suyo, según Santo Tomás de Aquino, sea condición para la sana convivencia. El jesuita Ignacio Pérez del Viso planteó hace varios años que la distancia que puede haber entre un sistema socioeconómico y el mensaje evangélico puede observarse sobre la base de la proporción que se asigna al "ser" respecto del "tener". La Encíclica Gaudium et Spes reseña: "El hombre vale más por lo que es que por lo que tiene. Asimismo, cuanto llevan a cabo los hombres para lograr más justicia, mayor fraternidad y un más humano planteamiento en los problemas sociales, vale más que los progresos técnicos.para la promoción humana."

Desde aquel mandato bíblico, los hombres han debido ganar el pan con el sudor de su frente y, al hacerlo, aprendieron a construir también su dignidad, a engrandecer su espíritu y a obtener a cambio lo que necesitan para desarrollar sus vidas decentemente, siendo el trabajo un motor indiscutible de progreso y felicidad para la humanidad, sin desconocer todos sus bemoles, incluidas la explotación y la esclavitud que aún sufrimos. En nuestros días, muchos han perdido la verdadera razón de su existencia o, lo que es peor, la han reemplazado por el consumismo y la acumulación de cosas materiales que los lleva a vivir para tener y no para ser.

Es igualmente cierto que la pereza amenaza frecuentemente con ganar la partida siempre y cuando las necesidades básicas estén debidamente satisfechas si no por el propio trabajo, por el de otros debidamente canalizado con asistencialismo por los funcionarios de turno. No puede desconocerse la ayuda que debe llegar al que la necesita, pero esta jamás debería sustituir un ingreso por un trabajo digno.

La intervención del Estado, no ya como promotor de una sociedad abocada al trabajo para el engrandecimiento colectivo, sino como proveedor de dádivas que suplen los ingresos de los salarios, o del propio esfuerzo independiente, ha distorsionado totalmente los paradigmas. Tras años de aprovechamiento político partidario de la cuestión, un país quebrado que sostiene a millones de argentinos a partir de planes sociales y subsidios debería avergonzarnos cuando uno de cada dos argentinos está hoy sumido en la pobreza. Una cultura del trabajo instalada y compartida, como fuente de acceso a bienes y servicios, habita mayormente en el recuerdo de algunos memoriosos, casi como los beneficios de la educación pública que conocieron nuestros abuelos. Varias generaciones de argentinos han visto ya a sus padres sobrevivir sin necesidad de trabajar, educando a los más jóvenes en pésimos ejemplos que agravan la situación actual. Nos cansamos de ver inmigrantes latinoamericanos ocupando puestos que nuestros compatriotas rechazan para no perder sus planes o beneficios.

En tiempos de corrupción tan extendida, ver a políticos y funcionarios llenarse los bolsillos con tanta facilidad tampoco estimula. Siguiendo a Pérez del Viso, cuando señaló: "Trabajaremos con entusiasmo cuando sintamos que lo hacemos para ser más, lo cual es objetivable en el porcentaje del presupuesto que dedicamos a educación y cultura", es necesario reafirmar el valor de la educación, pilar esencial del desarrollo.

La realidad nos plantea el desafío de sacar a nuestro bendito país del estancamiento y evitar seguir en caída libre. No hay otra forma de hacerlo más que ofreciendo seguridad jurídica, generando condiciones para la inversión productiva, creando puestos de trabajo y diseñando políticas que favorezcan el empleo. Solo así se reemplazará la asistencia. Un gobierno que piensa más en cómo sumar votos que en hacer las cosas bien, cargado de una ideología que huele a naftalina y cuyo fracaso confirman la historia y el mundo actual, debería sepultar las apetencias personales para convocar sin más demoras a los acuerdos que necesitamos. Seguir denostando el valor del mérito y el esfuerzo es confirmar que su mayor apuesta es continuar alimentando el clientelismo, cuando las arcas del Estado carecen ya de fondos y la máquina de emitir no descansa. Desatender la importancia de la educación es otra señal clara en esta dirección. Lejos de educar al soberano, la premisa es mantenerlo ignorante y dependiente, un blanco perfecto para las promesas que no han de cumplir. Es entonces cuando, una vez más, lejos de ver razonablemente cómo acotar el gasto público y alentar la inversión, se mete mano en los bolsillos de quienes aún trabajan y se les expolia el fruto de su esfuerzo para redistribuir lo de unos pocos entre una mayoría cada vez más grande. En economía con cinco panes y dos peces no alcanzará nunca para producir un milagro. La pobreza de espíritu que enseña San Francisco es bien distinta.

En la Argentina, tener se ha vuelto un pecado, para todos menos para muchos cuadros de una vergonzosa dirigencia política que no piensa en el bien común. El discurso populista denuesta el ascenso mediante el esfuerzo individual y alienta la dependencia de los más vulnerables como herramienta de poder, promoviendo un ventajoso pobrismo. Cada vez resulta más difícil encontrar trabajo. Uno formal permite ver cómo gran parte de su retribución se va en pagar impuestos abusivos. Tampoco ayudan los ejemplos de quienes de la noche a la mañana se enriquecieron espuriamente o de aquellos acusados de delitos debidamente probados que no pagan sus culpas gracias a un sistema judicial cada vez más laxo y a la medida de la corrupción.

El año que acaba de concluir ha golpeado despiadadamente a las familias argentinas. 2021 se alza amenazante y desesperante para muchos que han quedado fuera del sistema en una situación agravada por la pandemia.

¿De qué derechos nos hablan algunos dirigentes cuando se refieren a los derechos humanos? Olvidan el derecho a la libertad, pisotean el derecho a la vida, a la salud y a la educación. No conocen el valor de la palabra dignidad, atrincherados detrás de discursos cargados de hipocresía, cuando no de mentiras.

El futuro es trabajo para todos. El futuro es construir juntos una gran nación que nos retenga y nos acoja, sin exclusiones, brindando oportunidades para el desarrollo personal y el bienestar colectivo. Dejemos de abonar viejas antinomias y dediquemos nuestros mejores esfuerzos a mejorar la situación para que las jóvenes generaciones no emigren. Ante el año que se inicia, alcemos nuestras copas para que así sea, pues si hay algo que no tenemos es tiempo que perder, si es que en realidad queremos seguir siendo.

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