Retroceso en Myanmar

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14 de febrero de 2021  • 00:02

E 1º de del corriente mes, militares golpistas, encabezados por el general Min Aung Hlaing, tomaron por la fuerza el poder en Myanmar, país asiático mayoritariamente budista, de 57 millones de habitantes, emplazado entre China, India, Tailandia, Laos y Bangladesh, también conocido como Birmania.

Con su acción violenta, el Ejército en ese país interrumpió nada menos que diez años de un trabajoso y complejo intento de consolidar la democracia en Myanmar. En procura de disimular el avance sobre el gobierno, los militares trataron de justificar su aberrante acción al denunciar la existencia de fraude en la reciente elección presidencial y al señalar, además, que se convocará a nuevas elecciones en el plazo máximo de un año. Su credibilidad, ante la gravedad de lo sucedido, es nula.

Al condenar esos hechos, el presidente norteamericano, Joe Biden, sancionó a los principales responsables de la asonada y exigió la libertad inmediata de la líder opositora y premio Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi y del también detenido presidente, Win Myint, congelando asimismo los activos de los militares de Myanmar en los Estados Unidos, de alrededor de mil millones de dólares.

En protesta contra el golpe militar, la ciudadanía salió pacífica y rápidamente a las calles de las principales ciudades del país y fue, a lo largo de cinco días, víctima de una violenta represión, con la que se pretendió desalojarla del espacio público. No obstante, el ruido de las protestas golpeando cacerolas se sigue escuchando insistentemente en Rangún, Mandalay y en otras ciudades del convulsionado país asiático.

Por ahora, al menos, tan solo Nueva Zelanda rompió relaciones diplomáticas con Myanmar como consecuencia del golpe de Estado. Su ejemplo, seguramente será seguido pronto por otras naciones.

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