Será la República o nada

Es hora de superar la rémora que provoca para el crecimiento de nuestro país un sindicalismo prepotente, enriquecido y ejemplo de una verdadera mafia
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3 de julio de 2019  

El presidente Macri ha dicho a los argentinos, con energía poco habitual en él, que lo tomen en cuenta por su decisión de luchar "contra las mafias que impiden el desarrollo y la generación de empleo". Está haciendo, pues, de un tiempo a esta parte lo que no hizo en el momento inaugural de su gobierno, en diciembre de 2015: el inventario del estado en que recibió la administración pública del país, incluyendo una preexistencia de situaciones, como la de los costos laborales y la violencia sindical, que hacen a la Argentina inviable para el trabajo diario libre de sobresaltos e inversiones sin las cuales se demorará indefinidamente el desarrollo que urge impulsar.

Con déficit fiscal, inflación y sin moneda con valor estable no hay ahorro interno posible y así vuelan hacia el exterior, en busca de refugios más confiables, capitales que aquí se generan. Se podrá discutir la magnitud exacta del éxodo, pero no que se trata de cientos de millones de dólares depositados en el exterior. Así las cosas, no hay razones para asombrarse de que las inversiones extranjeras directas hayan sido mínimas en relación con nuestras necesidades a fin de activar las potencialidades del país y conferirle las fuentes de trabajo que una tasa de desempleo del 10,1 por ciento denuncia gravemente.

Puede aceptarse, en principio, que al momento de asumir el Presidente desconociera las dimensiones de una organización constituida para corromper y corromperse, paralela al ejercicio simultáneo de altas funciones políticas, con las que se agravaron las manifestaciones de mala praxis gubernamental que procedían desde antes. Los aspectos siniestros y sistémicos de una vieja corrupción, enseñoreada aún más desvergonzadamente en el siglo XXI en el Estado y bifurcada por compulsión hacia muchas empresas, se han conocido, es verdad, a medida que desde las filas más independientes de la Justicia y de un periodismo con profesionalidad y coraje comenzó a ponerse al descubierto lo que hasta diciembre de 2015 se había tapado con ayuda de jueces cómplices.

En tren de hacerse cargo de una exposición de hechos que se había demorado sin otra explicación lógica que la de no sumar adversarios a la pobreza en número de la representación legislativa que lo ha acompañado en estos tres años y medio, el Presidente arremetió el Día de la Bandera contra una de las rémoras que afectan al país: la del sindicalismo prepotente y enriquecido, que paraliza las actividades de sus gremios cuando quiere y obliga a hacer otro tanto a empresas y trabajadores con sentido diferente de la responsabilidad.

Se ha exagerado un tanto que los ataques de Macri contra "la patota del transporte", así como la calificó, se hayan realizado en presencia de escolares. Podría haber optado por hablar de los temas que abordó en alguna circunstancia menos discutible, pero lo cierto es que sus palabras se difundieron desde un club de barrio, en Rosario, donde además de la presencia de escolares se registraba la de vecinos y de seguidores políticos que procuraban acompañar la visita presidencial en las antesalas de una campaña electoral decisiva para el futuro del país.

Refiriéndose a la familia Moyano, que controla el transporte de cargas en la Argentina, el Presidente denunció que pagamos el costo por camión más alto de la región. No solo eso. Añadió que si una empresa pyme expresa su desacuerdo en pagar montos más que exagerados por comparación con otros países, le bloquean la planta y la funden. El Presidente habló sin ambigüedades de mafias. ¿Cómo pedirle que hubiera hablado de otra manera cuando se refería a quienes disponen un paro y rompen vidrios y hasta queman vehículos de aquellos dispuestos a no interrumpir el trabajo? Recuérdense en otro orden, como el del club que preside Hugo Moyano, las denuncias hechas años atrás contra quienes intimidaron, y obligaron al fin a renunciar, al expresidente de Independiente, Javier Cantero, ante cuyo domicilio un día se plantó más de un centenar de personas vestidas con la ropa verde que identifica a los camioneros. "Genio y figura, hasta la sepultura", decía Ortega sobre la inmutabilidad del estilo y carácter de las personas, quienesquiera que fueren.

No es de extrañar, entonces, que siguiendo datos oficiales el Presidente haya enfatizado que el transporte de alimentos y bebidas incide en el 44 por ciento de su precio, el doble que en Chile y Brasil, o en el 25,5 por ciento de la venta de leche al público. "Por suerte dijo Macri no todos los gremios son ni se comportan como Moyano". Hizo así un distingo frente a los acuerdos logrados con petroleros de Vaca Muerta, con ferroviarios y dirigentes de vías navegables y puertos, entre otras actividades, a fin de asegurar la productividad.

Desde una perspectiva general, lo que está en juego es si antes de concluir este período el Presidente podría contar con una reforma laboral indispensable, como la que proyecta una iniciativa que se halla en el Senado, para lograr la competitividad, cuya ausencia será más grave a partir del acuerdo histórico que acaban de firmar la Unión Europea y el Mercosur. Hay, en tal sentido, advertencias de espanto: en un relevamiento realizado en 2015/16 por el World Economic Forum, sobre 140 países, la Argentina quedó ubicada en la 39a posición en educación y entrenamiento de sus recursos humanos, pero 139a o penúltima en eficiencia del mercado laboral.

Tanto la superación del rezago que traba nuestro desarrollo como el reconocimiento por parte de la sociedad de que ignorar evidencias harto notorias de corrupción pública sería colocarse colectivamente en un subsuelo moral, plantean a la hora de las urnas una disyuntiva de hierro: será la República o nada.

Es la consigna que circula de boca en boca estos días, anteponiéndose a consideraciones diversas que, siendo sin duda importantes, pierden relevancia ante lo que resulta de incuestionable interés superior.

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