Superávit comercial en retroceso

Las recetas intervencionistas y voluntaristas no contribuirán a zanjar la cuestión de fondo, que pasa por la desconfianza
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27 de diciembre de 2011  

La Argentina ha registrado ya diez años consecutivos de superávit en su balance comercial. En 2002, el desplome de la demanda doméstica y del valor del peso que generó la crisis provocó una fuerte caída en las importaciones. A partir de 2003, la vigencia de un tipo real de cambio competitivo y la fuerte suba en el precio de los bienes agrícolas que exporta nuestro país consolidaron la tendencia positiva del superávit de comercio mediante un fuerte aumento de las exportaciones. Sin embargo, dicho proceso parece llegar a su fin.

El agotamiento del superávit encuentra sus raíces generales en el exceso de demanda doméstica generado por las políticas monetaria y fiscal expansivas, que desataron una fuerte inflación y una caída del tipo de cambio real, y por las erróneas políticas llevadas a cabo en el sector energético. Este sector de la economía pasó de exhibir un superávit de 5300 millones de dólares en 2004 a tener un déficit proyectado cercano a los 4000 millones en 2011 y de 5000 millones en 2012. La disminución en el saldo del comercio internacional es preocupante, puesto que, al mantenerse elevada la huida de capitales, la economía se ajustará a una tasa de crecimiento mucho más baja, con el consiguiente impacto sobre el empleo, los ingresos y la pobreza.

En términos contables, la contrapartida del superávit externo en un país puede estar dada por la acumulación de reservas, por la existencia de un proceso inversor de empresas locales en el extranjero, por la acumulación de activos externos por parte del sector privado o por la combinación de algunos de esos factores.

Tener superávit comercial es una circunstancia por la que atraviesan los países en determinados períodos de su ciclo económico. Por ello, la existencia de un superávit o un déficit de comercio es un hecho que no debe estar teñido de una connotación favorable o desfavorable, ni debe ser analizado en forma aislada del contexto. Es evidente que para que algunos países tengan superávit, otros deben incurrir en déficit. La única posibilidad de que todos los países de la tierra tuvieran superávits comerciales estaría dada por la existencia de vida extraterrestre que generase una corriente exportadora desde la Tierra hacia otro planeta o galaxia.

Hay países que han crecido sostenidamente con déficits comerciales, como Australia, y quienes lo han hecho con superávit, como China. El primero ha financiado su déficit con inversión directa, lo que ha impulsado su tasa de crecimiento económico. El segundo ha acumulado cuantiosas reservas que le permitirían suavizar su ciclo económico en caso de revertirse su actual fortaleza exportadora y ha generado una fuerte corriente inversora de empresas chinas en el resto del mundo.

A la Argentina el superávit de su comercio exterior le permitió hasta 2007 acumular reservas internacionales y cancelar la deuda con el FMI. Pero desde 2008 en adelante ha servido principalmente para financiar una cuantiosa salida de capitales del sector privado.

Dichos capitales han salido de la Argentina debido a las señales confusas que ha emitido el Gobierno sobre el respeto a la propiedad privada y las reglas de juego, y por la vigencia de tasas de interés negativas en términos de inflación para los inversores en activos en moneda local. Lejos de generar una fuerte acumulación de reservas, el superávit comercial de la Argentina de los últimos cuatro años ha servido para generar crédito en Suiza o los Estados Unidos, lo que ha dejado a la economía sin herramientas para atenuar el ciclo económico en situaciones más difíciles, como las que podría enfrentar el país en 2012.

Es que, además de haber malgastado el superávit comercial en los últimos años, la Argentina enfrenta hoy la situación en que dicho excedente se ha agotado, sin que se haya logrado frenar el proceso de huida de capitales. Que el superávit externo tienda a desaparecer no sería una noticia negativa ni alarmante en situaciones normales, que desafortunadamente no son las vigentes en nuestro país.

Las últimas medidas económicas adoptadas por el Gobierno para prohibir la compra de dólares muestran que probablemente las autoridades perciban el dilema al que se enfrentan. Y las fuertes restricciones a las importaciones distarán de resolver el problema. Se trata de recetas basadas en un enfoque intervencionista y voluntarista que no contribuirá en forma duradera a zanjar la cuestión de fondo, que pasa por una crisis de confianza.

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