Thelma y Louise, en la Argentina

No hay margen para saltar al vacío; es necesario un programa de gobierno que mejore expectativas, calme los mercados y respete la dignidad de las personas
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31 de agosto de 2019  

Thelma: -Oíme, Louise, no nos dejemos agarrar.

Louise: -¿Qué querés decir?

Thelma: -¡Que sigamos adelante!

Louise: -¿Pero qué decís?

Thelma, señalando el Cañón del Colorado: -¡Allí vamos!

Louise: -¿Estás segura?

Thelma: -¡Sí!

Desde hace décadas, la Argentina arrastra problemas que es incapaz de resolver: el exceso de gasto público, la presión fiscal, las prebendas políticas, los privilegios sectoriales, la corrupción regulatoria, la falta de competitividad, el costo insoportable del trabajo regular, la economía informal, el desempleo y la exclusión de los marginados. El eslabón final de esa acumulación de patologías es la falta de moneda, madre de todos los vicios: ausencia de ahorro, ausencia de crédito, ausencia de empleo, ausencia de equidad y entronización del dólar. Podrá decirse que es la falta de educación, pero, sin presupuesto, no hay quien enseñe.

El presidente Mauricio Macri, con la mejor buena voluntad y con los límites fijados por la oposición, pretendió superar esos dilemas de antaño, agravados por el kirchnerismo, con un gradualismo que terminó en crisis. No fue por "estar lejos del pueblo", ni por falta de diálogo, sino por haber intentado sortearlos con financiación externa y un despliegue excepcional de obras públicas que no recompusieron la monetización ni el crédito abundante.

Tampoco la oposición victoriosa en las PASO aclara cómo logrará volver a la cultura del trabajo, impulsar proyectos productivos, favorecer a las pymes, fomentar la inversión, erradicar la especulación y aumentar las exportaciones, sin antes recrear la moneda.

Como dos hermanos siameses, Gobierno y oposición comparten, en forma involuntaria, el destino de los argentinos hasta fin de año. Como en aquel film de 1991, cuando Thelma y Louise mantenían el diálogo que encabeza esta columna editorial. Aunque se espera de nuestros candidatos un final feliz y no el salto al vacío en el Thunderbird 1966 con toda la población adentro. Es indispensable que evitemos el acantilado e ingresemos en 2020 con relativa estabilidad económica y paz social, ya sea Macri reelegido, ya sea reemplazado por Alberto Fernández.

Las chicanas no mejorarán las ventajas de uno u otro en la liza eleccionaria, sino que crearán un contexto de descontrol, en perjuicio de todos.

Ambos contendientes evitan referirse al tema más importante para disipar nubarrones y despejar el horizonte: la salud de la moneda nacional. No se puede construir ningún modelo productivo si no existe ahorro por ausencia de moneda. Pero ello exige hablar de confianza, tema tabú para la política pues, durante la pugna electoral, promesas y guiños valen por igual. Y quien dice la verdad pierde.

Confianza en la moneda significa la certeza de que no habrá golpes devaluatorios, ni shocks inflacionarios, ni corralitos, ni corralones, ni ahorros forzosos, ni alteración de contratos, ni congelamientos, ni excepciones, ni estados de emergencia, ni "por única vez", ni por primera, ni por última. Tampoco ajustes insostenibles, con tasas de interés demoledoras, que presagien estallidos posteriores. Habrá confianza cuando se celebren contratos en pesos, sin cláusulas absurdas para prever lo impredecible. Cuando las casas y los autos se vendan en pesos; cuando puedan hacerse depósitos en pesos sin dormir con sobresaltos. O cuando el Gobierno pueda colocar títulos en un mercado local estable y profundo.

Desconfianza implica percibir desajustes fiscales, tensiones cambiarias, distorsiones productivas, corrupción endógena, endeblez institucional, manipulación judicial, falsedad estadística, arbitrariedad administrativa u otros desarreglos que debilitan los contratos, carcomen el derecho de propiedad y reemplazan el largo plazo por la influencia política y el oportunismo especulativo. Sin horizonte de certezas, no hay posibilidad de regresar al peso. Solo el trueque bolivariano, el racionamiento cubano o el saqueo a supermercados.

Como puede advertirse, para superar esta crisis es indispensable enfrentarla en todas sus dimensiones. Hablar de moneda implica poner a la sociedad ante el espejo, de cuerpo entero. No es un tema de números, ni de fórmulas, ni de posgrados universitarios. No es rol exclusivo del Banco Central, ni del ministro de Hacienda. No basta un buen economista, ni un gurú de las encuestas, ni un dirigente locuaz, ni un caminador del conurbano, ni un conocedor del Interior, ni un amigo del Vaticano, ni un traficante de votos, ni un decidor habilidoso. Ni es tarea singular de un hacedor de obras o un entusiasta del esfuerzo hecho en conjunto.

La construcción de confianza (luego de décadas de demolerla) requiere encarar muchas batallas, desatar muchos nudos, enfrentar múltiples intereses. Exige tener las ideas claras, saber transmitirlas y exhibir el poder para lograrlas. Es más fácil para quien tiene buena reputación y casi imposible para quien de ella carece.

Como plan de trabajo se deben enfrentar las cuestiones planteadas en el primer párrafo. No admite postergación hasta el último momento: la hoja de papel debe haber sido circulada y consensuada para asegurar un discurso unívoco. La construcción de confianza no es compatible con zancadillas, parpadeos, rectificaciones o medias verdades.

Por ello, es necesario que ya mismo los candidatos expliciten cómo harán para recuperar la moneda, el deseo de conservar los horneros, ballenas y yaguaretés, sin compararlos con el inventor del pararrayos. Mientras ello no ocurra, los programas y anuncios serán cartón pintado; no habrá crecimiento alguno y hasta Vaca Muerta quedará como otra frustración argentina. Sin ahorro interno ni crédito externo, no habrá soberanía y hasta los venezolanos se irán de aquí. Y un ajuste, sin confianza, puede ser destructivo como el salto al vacío de Thelma y Louise.

No es necesario que los candidatos se pongan de acuerdo, cada cual tiene sus distintas visiones y tendrá sus prioridades diferentes. Pero, aun con esas divergencias, deben converger en una sola cosa: a partir del año próximo, la Argentina se tomará en serio la cuestión de la moneda, como prioridad absoluta y metro patrón del resto de las medidas económicas. Esa afirmación encierra, de por sí, todo un programa de gobierno capaz de mejorar las expectativas, calmar los mercados y respetar la dignidad de las familias, cualquiera que haya sido su voto.

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