Tristes escenas en el Chaco

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6 de mayo de 2019  

Como en cualquier instancia de nuestra vida, hay situaciones que podemos controlar, en tanto dependen de nosotros, y otras que nos exceden. Distinguir entre ambas es un desafío cotidiano.

Vastas zonas de nuestro país han vuelto a quedar bajo las aguas: San Roque y Resistencia (Chaco); Formosa, Puerto Iguazú (Misiones); Añatuya (Santiago del Estero), y Corrientes, entre otras muchas localidades que suman más de 5 mil compatriotas evacuados tras las torrenciales lluvias, preocupados por dejar atrás sus pocas pertenencias, sabiendo que el agua destruye todo a su paso. Urge sostener el ritmo de donaciones y contribuciones para paliar tanto sufrimiento. La solidaria labor de Cáritas continúa siendo clave, pues no hay mejor ayuda que la que se organiza ( www.caritas.org.ar/donaciones-emergencia/).

Algunos pretenderán esgrimir que los fenómenos meteorológicos nos exceden, que no podemos controlarlos, lejos de reconocer los indiscutibles efectos de la mano del hombre sobre el ambiente. Afortunadamente, muchos otros trabajan para concientizar sobre el cambio climático y el impacto de la deforestación.

El Chaco, una de las zonas más castigadas, sufre en simultáneo otro flagelo. Desde el inicio del ciclo lectivo, en marzo, por los efectos del prolongado paro docente, apenas se han registrado siete días de clases. Las aulas vuelven a ser escenario de un conflicto entre el gobernador Domingo Peppo y los maestros, disputando una pulseada salarial que obligó al mandatario a decretar la emergencia educativa provincial para garantizar el derecho a la educación y el cumplimiento del calendario escolar. La Justicia, sin embargo, suspendió la medida y los gremios ahora demandan la derogación del decreto como gesto político que abra las puertas a nuevas conversaciones para resolver el conflicto. Las negociaciones continúan, no se descontarían los días de paro y se prevé que se intentará mejorar la oferta salarial.

Sentirse mal pago no puede continuar siendo la excusa para desatender una responsabilidad que impacta sobre la enseñanza ni para abusar de un instrumento como el derecho a la huelga sin optar por salidas más imaginativas. Las horas de clase perdidas no se recuperan en una generación. Tampoco los bosques ni los territorios anegados. No son cuestiones fortuitas. Lo que el agua destruye no volverá a ser igual. Nuestros niños no serán los que podrían haber sido si los procesos y los tiempos de aprendizaje se hubieran cumplido. No hay lugar para la indiferencia. Debemos buscar juntos alternativas creativas para resolver estas cuestiones responsablemente, de la mejor forma y en el menor tiempo posible, sin utilizar a los niños como rehenes.

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