Un diálogo más necesario que nunca

Tanto la Iglesia como el Foro de Convergencia Empresarial hicieron un esperanzador llamado a cultivar los consensos desterrando los enfrentamientos
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28 de noviembre de 2014  

La Iglesia y el Foro de Convergencia Empresarial han convocado a desterrar la intolerancia, a practicar un intercambio honesto de opiniones de manera franca y abierta que permita retomar la senda de la paz social, asegurando la división de poderes y una justicia independiente. Paralelamente, destacaron la importancia de la creación de puestos laborales, de la educación como vehículo privilegiado para contener la exclusión, y de atacar de manera decidida el avance del narcotráfico en nuestro país.

"El mayor acto de caridad hoy es generar empleo. El verdadero liderazgo supera la prepotencia del poder. La ejemplaridad viene de arriba, del que tenga algún tipo de responsabilidad", dijo monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe y presidente del Episcopado, durante el encuentro realizado en la UCA, continuador de aquel inédito documento empresarial para consensuar políticas de Estado, suscripto en abril pasado.

Entre otras muchas coincidencias surgidas del foro, se destacan las siguientes:

  • La democracia sola es esencial, pero no suficiente. Se requiere un marco institucional en el que funcionen los pesos y contrapesos que marca nuestra Constitución.
  • Tenemos que avanzar en los consensos, pero también en saber cómo dirimir los disensos.
  • Debemos asegurar la división de poderes con una Justicia independiente y con un Congreso dispuesto a debatir.

Las palabras de ayer de monseñor Arancedo en el sentido de "favorecer entre nuestros pueblos el camino de la amistad social", que nos proyecte como sociedad, se suman al fuerte llamado al diálogo realizado durante la última reunión de la Conferencia Episcopal. También, a las expresadas en años anteriores por otros máximos referentes de la Iglesia, que vienen advirtiendo sobre la enorme herida social que se ha abierto en el país al cabo de años de intolerancia gubernamental frente a las ideas ajenas y de la soberbia narcisista que desde el poder constituye una elocuente expresión autoritaria.

La sociedad está enferma de soledad. Donde debe haber verdad, hay manipulación de la realidad para disfrazar fracasos; donde debiera haber respeto por quienes nos antecedieron, se reescribe la historia a fin de justificar atropellos. De tal modo, la verdad ha corrido riesgos de caer vencida ante la mentira sistemática, producto tal vez de patologías psíquicas que no la justifican, pero la explican: se miente con la desfachatez del convencimiento de que se dice algo verosímil. Mientras eso ocurre, se descalifica a quienes opinan lo contrario. Al que propone ideas propias, se lo corre de escena. Al que divulga una crítica, se procura degradarlo. Tan nefasta dialéctica rindió frutos por más de una década. Las críticas se hicieron en general en voz baja, con temor a que la venganza cayera desde lo más alto del poder. Así se anestesiaron voluntades y se aceptó hasta lo peor como parte natural de la vida diaria.

Por fortuna, tanta resignación sigue siendo sacudida por voces templadas como las de la Iglesia, por instituciones que tan cerca y seriamente trabajan por deshipotecar a la Nación de un porvenir sin esperanza. La Iglesia ha sido acompañada por infinidad de entidades de bien público, de representantes de otros credos, de organizaciones de la sociedad civil y de personas que, a título personal, se esfuerzan por erradicar la pobreza, por poner frenos al estrago que las drogas causan entre la juventud más vulnerable. También, por lograr que la educación pública fructifique en la igualdad de oportunidades que la Constitución nacional sienta como principio básico de la República y porque que el trabajo honesto reemplace las prebendas subsidiadas que hacen de los hombres prisioneros de políticas canallescas.

"Se perdió la capacidad de diálogo", viene repitiendo con inequívoca razón monseñor Arancedo. No ha habido, sin embargo, entre los sectores oficialistas que han pugnado estos años por mantener alto el nivel de crispación y corrosión políticas oídos atentos para captar el verdadero sentido del llamado pastoral a la reconciliación ciudadana. Lejos de inducir a un mero olvido sobre los dolorosos procesos políticos del pasado que enfrentaron a los argentinos, y sobre los que hay por igual culpas compartidas aunque hayan sido diferentes hasta aquí los tratamientos legales, la Iglesia promueve avanzar sin visiones sesgadas, sin sectarismos que impidan acceder a la verdad que dignifica a los seres humanos.

El papa Francisco, a quien el Gobierno se cansó de maltratar como arzobispo de Buenos Aires, ha denunciado de viva voz la ruindad de las políticas que han pretendido fracturar la unión nacional y las posibilidades de concordia a través de la exacerbación de las diferencias. De modo consecuente con aquella sensibilidad, acaba de solicitar de nuestras autoridades que retomen en el Congreso debates que enaltezcan a la Nación por el espíritu de proyectarse hacia el porvenir con un proyecto de vida en común.

"Cuando dejamos de lado los tiempos de la Constitución, nos empobrecemos", dijo monseñor Arancedo, en sintonía con el pedido papal para que cese la sobreactuación de sanciones legislativas aceleradas, carentes de consensos suficientes respecto de códigos llamados a regir por largo tiempo. Los obispos también consideran preocupante el crecimiento de la deuda social.

En este punto, resultan muy importantes las voces de autocrítica levantadas ayer durante el foro de empresarios. El mea culpa estuvo orientado al reconocimiento de la falta de políticas públicas impulsadas desde las empresas, las que han renovado su compromiso a trabajar por la inclusión social por medio del empleo y la educación.

Reconstruir el equilibrio perdido no es tarea fácil, pero sí urgente. Es enorme el daño que se inflige a la sociedad cuando sus miembros pierden la capacidad de diálogo, de escucharse mutuamente en la búsqueda de soluciones. Familias enteras han dejado de reunirse para evitar riñas políticas; amigos de toda una vida ya no comparten momentos fraternales. Mucha gente evita todavía abrir su pensamiento, mientras actores centrales del oficialismo lanzan exabruptos y se distancian de la actitud de perdón por los graves errores cometidos con la cual deberían presentarse a esta altura ante el conjunto ciudadano que los observa.

La violencia física y verbal se enseñorea en las calles. Nada de eso es susceptible de ocultarse con los recursos exorbitantes en propaganda que el Gobierno dilapida para exaltarse a sí mismo y transmitir las imágenes bucólicas, pero falsas, de una Argentina unida y floreciente. La cultura de la inclusión es mucho más que un eslogan de campaña. Es un hábito que empieza por la familia y que se extiende a la sociedad.

Como ha dicho la Iglesia en otras oportunidades, dar a conocer estadísticas es insuficiente si ellas no alcanzan a movilizarnos hacia actitudes superadoras. Desde el Gobierno se privilegian los números, generalmente fraguados, por sobre las necesidades impostergables de las personas.

Hay un relato victimario; tiene al diálogo por víctima principal. Es hora de cambiar el curso de esta historia. La reconciliación debe ser una meta esencial en el proceso de reparación del doloroso abismo social al que ha sido empujado el país por más de diez años.

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