Una sonrisa, símbolo de impunidad

Boudou se burló de la sociedad al presidir con desparpajo la sesión del Senado que aprobó la expropiación de la ex Ciccone
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22 de agosto de 2012  

Hay gestos que por su carga simbólica valen más que mil palabras porque lo dicen todo y resumen una época. Uno de esos gestos fue la reiterada sonrisa del vicepresidente Amado Boudou, que a veces se convertía en risa franca, mientras presidía la sesión del Senado que el jueves pasado aprobó, a instancias de la Presidenta, la expropiación de la Compañía de Valores Sudamericana (ex Ciccone Calcográfica), en medio de un escándalo político y judicial que compromete, precisamente, al vicepresidente. Con ese visto bueno, el proyecto será tratado hoy en el recinto de la Cámara de Diputados.

Ya constituía, de por sí, un escándalo el hecho de que Boudou presidiera esa sesión de seis horas de duración en la que seguramente se jugaba su futuro judicial, porque una vez aprobada la expropiación de la ex Ciccone –para la cual el oficialismo no encontraría obstáculos en la Cámara baja–, es muy probable que se destruyan pruebas que resultarían valiosas en la investigación judicial.

A eso se agregó la sonrisa de Boudou, que en ese contexto cobra el valor simbólico al que nos referíamos. Las suyas no eran sonrisas de compromiso ni esbozadas para disimular una tensión que parecía lejos de sentir. Eran sonrisas insultantes, propias de quien controla la situación. Y vaya si la controla. Delante de sus ojos, y por obra y gracia de la voluntad presidencial y del peso de la mayoría automática del oficialismo, se concretaba una de las más vergonzosas jugadas del kirchnerismo para procurar enterrar uno de sus mayores escándalos.

De esa manera se va camino de estatizar un escándalo, uniendo así lo simbólico con lo real y mostrando, quizás, el más que probable involucramiento de altos funcionarios en el escándalo. La impudicia de la sonrisa del vicepresidente bien pudo obedecer, también, al hecho de que se expropiará una empresa cuyos verdaderos dueños aún son desconocidos. En efecto, la ex Ciccone fue adquirida por The Old Fund y nada se sabe a ciencia cierta sobre los reales propietarios de esta última firma. Asistiremos a una expropiación a ciegas. Y, para colmo, la empresa expropiada será auditada por la Sigen, organismo a cargo del cuestionado Daniel Reposo.

Sin embargo, investigaciones periodísticas como la realizada por La Nacion han mostrado la posible intervención de empresarios y banqueros, como Jorge Brito y Raúl Moneta, que podrían haber actuado como financistas de los amigos o socios de Boudou, o quizá del propio vicepresidente. No sería descabellado pensar que tal vez esos financistas podrían haber impulsado la estatización de la cuestionada imprenta pues, debido al creciente escándalo, el negocio de fabricar billetes para el Estado ya no resultaba tan prometedor.

Voceros oficialistas sostuvieron que la operación tendrá costo cero debido a las deudas de la ex Ciccone con el Estado. De todos modos, el costo nunca será igual a cero porque el Estado dejará de cobrar las deudas de Ciccone con el fisco. Tampoco es cierto otro argumento del kirchnerismo, que sostiene que se provee al Estado de maquinarias de alta calidad. Si existía esa necesidad, ¿por qué no se le otorgaron los fondos a la Casa de Moneda para adquirirlas? Además, el mismo decreto presidencial que dispuso la intervención de la ex Ciccone desconoció la ley de ética pública, que prohíbe que un funcionario ejerza funciones en empresas sujetas a su propio control o que sean proveedoras o contratistas del Estado. Pues bien, el decreto nombró interventores a dos funcionarios que encuadran en esa situación: el ministro Hernán Lorenzino y la titular de la Casa de Moneda, Katya Daura.

Por último, tal vez detrás de tanta sorna se ocultaba la sucesión de "victorias" acumuladas por Boudou a medida que el escándalo crecía: logró que el procurador general de la Nación, Esteban Righi, perdiera su cargo, y logró también la abrupta partida del primer juez y del primer fiscal de la causa. Ahora, coronaba la seguidilla con el seguro ingreso de la ex Ciccone en el agujero negro que es el Estado en manos del kirchnerismo.

La sonrisa de Boudou es una burla a la sociedad lanzada desde lo más alto de la esfera pública. Por eso, se trata de un gesto –a esta altura, ya una mueca– que no caerá en el olvido porque corporiza el poder de la impunidad.

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