Vandalismo pagado por todos

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26 de octubre de 2019  

Las protestas callejeras de los movimientos sociales, gremiales y políticos o de otras agrupaciones que se manifiestan respecto de hechos y políticas gubernamentales son triste moneda corriente en la ciudad de Buenos Aires. En muchas de ellas se han cometido actos de vandalismo contra bienes públicos y privados. Los costos de reparación o reemplazo son millonarios y debe asumirlos la ciudad, es decir, los ciudadanos, víctimas de quienes creen que dañar los frentes de edificios, comercios y monumentos; romper vidrios de automóviles particulares, pintar grafitis o robar parte de la estructura de algún bien público o privado es la mejor manera de expresar su descontento.

Según un informe del Ministerio de Ambiente y Espacio Público de la Ciudad, el gobierno porteño destina mensualmente más de 40 millones de pesos para recuperar estatuas, cambiar contenedores de residuos, limpiar paredes con grafitis y reparar otros daños que se producen en el espacio público. Dinero que podría destinarse a otras necesidades que requiere la ciudad, como equipar escuelas y hospitales, reparar calzadas y veredas, contratar más policías, mejorar la iluminación en sitios que lo requieran o arreglar las escaleras mecánicas del subterráneo. En una carrera absolutamente desigual, a cada reparación que se hace le sigue una nueva agresión.

A la izquierda, La niña de la fuente, en la Plaza Reina de Holanda, en Puerto Madero; a la derecha, el mismo espacio tras haber sido vandalizado y la obra, robada
A la izquierda, La niña de la fuente, en la Plaza Reina de Holanda, en Puerto Madero; a la derecha, el mismo espacio tras haber sido vandalizado y la obra, robada Fuente: Archivo

Los fondos se destinan a tres rubros principales. El más oneroso corresponde a los contenedores para la basura, que son golpeados por vehículos, incendiados y pintados. Este rubro se lleva más de 24 millones de pesos al mes. En segundo lugar, están los daños contra el mobiliario urbano y los edificios, desde la rotura de veredas y bancos hasta la limpieza de los grafitis. En esto se van unos 11 millones de pesos mensuales. Finalmente, el tercer rubro es el perjuicio que sufren los espacios verdes, las fuentes de agua y las esculturas, por los que se gastan más de 4 millones y medio de pesos mensuales, en promedio.

Se ha hecho una cultura del vandalismo que no se controla ni sanciona.En general, los vándalos procuran no ser vistos y se amparan en el anonimato, se presentan encapuchados, con palos y garrotes -lo que está prohibido- y tampoco son rechazados por el resto de los manifestantes o por los organizadores de las marchas ante la inacción policial.

Un capítulo aparte merecen los robos de piezas valiosas del patrimonio artístico urbano que también se han convertido en habituales. Tal el caso de la estatua de bronce La niña de la fuente, cuya desaparición denunció días atrás la embajada de los Países Bajos. Obra de la escultora holandesa Tineke Willemse-Steen, esta réplica había sido donada por Holanda en ocasión de la inauguración de la Plaza Reina de Holanda, a metros del Puente de la Mujer, en Puerto Madero.

Proteger el patrimonio cultural es una necesidad primordial de la ciudad, no solo porque todo ataque o sustracción suele tener consecuencias irreparables, sino también porque es el reflejo de nuestra identidad. Definitivamente, la raíz del problema es de índole cultural. Quienes quieren provocar el caos y la animadversión hacia tal o cual gobierno a través de este tipo de prácticas evidencian su desidia ante el daño colectivo. Y, si bien la ley ampara a los manifestantes a expresarse, de allí a dejar que tal derecho se transforme en vandalismo y delincuencia hay una gran diferencia.

La ciudad no puede resignarse a la agresión permanente y sistemática contra el patrimonio público y privado. Se debe actuar con firmeza en el respeto a la ley para cuidar y preservar no solo la integridad de los bienes públicos y privados, sino también el bolsillo de los contribuyentes, que, con sus impuestos, pagan los daños ocasionados por estos inadaptados.

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