Virtualmente unidos

La tecnología, por momentos cuestionada, ha demostrado ser, con creces, un gran instrumento de ayuda para superar el aislamiento impuesto por la pandemia
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23 de mayo de 2020  

El domingo pasado conmemoramos la revolucionaria llegada de internet a la Argentina, la primera nación latinoamericana en ponerse en línea hace 30 años. Mucho podremos criticarle a la tecnología, cuya irrupción en nuestras vidas ha traído todo tipo de cambios, buenos y malos. Seguramente, cuando se estudien con perspectiva histórica estos tiempos de pandemia muchos confirmarán que los mayores estragos se debieron a la alarma que la difusión en las redes sociales disparó con vertiginosa rapidez. La transmisión del minuto a minuto, reportado desde múltiples frentes, con cantidad de contagiados y muertos en cada punto del planeta, noticias sobre la ausencia de vacunas y tratamientos, imágenes estremecedoras de hospitales y cementerios impactaron con fuerza y siembran, aún hoy, el pánico en millones de personas. Hay incluso países en los que un grupo familiar puede registrarse en una página web para recibir por celular el aviso de que se habría confirmado un contagio a tantos metros de distancia. Ante ese terror, cualquier atisbo de razonabilidad que ponga en duda alguno de los supuestos que hoy reinan resuena fútilmente, situación que los gobiernos autoritarios aprovechan para llevar agua a sus molinos con deleznables fines.

No podemos tampoco dejar de constatar que esa misma tecnología se ha convertido en un valioso instrumento de conexión al servicio de superar, de alguna forma, el aislamiento. Tan proclives al abrazo, al gesto afectuoso, al café compartido, hoy la pandemia ha impuesto el aislamiento y la distancia social.

Desde las clases en aulas virtuales, los trámites, las consultas médicas o psicológicas online, el home banking, los vivos de Instagram o Facebook, la cotidianeidad de muchos hoy transita por las pantallas y se traduce en agendas cargadas de compromisos virtuales. También a la hora del entretenimiento, teatros locales y extranjeros abren sus funciones sin cargo, bibliotecas y museos destraban accesos y proponen incluso visitas en 360° que hasta aquí pocos aprovechaban, conferencias organizadas por academias, universidades y colegios se disputan la atención de potenciales participantes. Nadie quiere quedar fuera de esta nueva ola de conectividad que llegó para quedarse.

Un ejemplo del nivel de adhesión que despiertan estas herramientas ha sido el festival de música transmitido vía streaming por una firma de servicios de telefonía móvil. El Movistar Fri Music en Casa logró que dos millones de hogares se conectaran a lo largo de cuatro días para disfrutar de buena música y que sumaran además ayuda para Unicef (help.unicef.org/argentina/dona?language=es) . La multitud virtual compartió los cuatro mejores shows que 300.000 personas habían visto en vivo.

En el campo de los vínculos sociales, el lugar que están ocupando aplicaciones de videollamadas como Houseparty, Google Meet, FaceTime de Apple o Teams y la veterana Skype de Microsoft, Zoom o WhatsApp de Facebook las ha convertido en estrellas fulgurantes de la cuarentena, al facilitar la conexión de apenas unos pocos o de cientos de participantes en simultáneo de manera sencilla. En tiempos de teletrabajo y clases a distancia, la cantidad de descargas en sus versiones gratuitas ha pasado a ser récord, y la competencia y el afán por captar una mayor cuota de mercado es feroz, como también los esfuerzos por superar fallas en la seguridad de los sistemas. Las cifras confirman que los grandes ganadores de esta cuarentena serían Zoom, uno de los últimos unicornios de Silicon Valley, que refiere 300 millones de participantes activos al día, y Microsoft Teams, con 44 millones de usuarios activos diarios. Vale destacar la diferencia entre "participantes", que pueden ser en un día varias veces las mismas personas, y los "usuarios".

El tráfico en estas plataformas se disparó más en su utilización por grupos que por conversaciones cara a cara. Frente a la condena al aislamiento físico, proponen una alternativa de encuentro familiar o social de usos múltiples: celebraciones religiosas, cumpleaños, comidas compartidas, fiestas, clases de yoga o meditación, entre otras. El abanico de potenciales usos se abre al deseo de conectarse virtualmente con otros con diversos fines, para lo cual incluso se imparten clases sobre cómo verse mejor cuando uno expone su propia imagen a través de una pantalla.

La distracción, el consuelo, la contención, el gesto tranquilizador de un rostro que conocemos y que nos devuelve la esperanza puede llegarnos también a través de la tecnología. Conectarse o desconectarse sigue siendo, para muchos, una elección y un desafío de tan imprevisibles y dramáticas como potenciales felices consecuencias.

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