Volver a invertir

Para revitalizar el ánimo productivo y fomentar la inversión, las reformas deben plasmarse mediante reglas claras generales, automáticas y de acceso abierto
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17 de noviembre de 2019  

Terminado un proceso electoral, la comunión de espíritus lograda en las urnas suele dispersarse en los múltiples intereses que conforman la compleja trama social.

Ordenar las conductas en forma pacífica y lograr el bienestar general constituye un desafío mayúsculo para cualquier gobernante. Los impulsos centrífugos son formidables y alcanzar un concierto armonioso, que resulte productivo y se perciba equitativo, es el fin último de todo arreglo institucional exitoso.

En materia económica, ese concierto armonioso requiere una partitura adecuada y un director talentoso. Los músicos no tocarán mejor si son golpeados con la batuta, ni coordinarán mejor sus acordes si se los manda al rincón. Resulta paradojal que el funcionamiento de fábricas, la ebullición del comercio, las labores del campo, la expansión del crédito, la construcción de edificios, el tráfico de contenedores, la prospección minera, las perforaciones gasíferas, la generación eléctrica, el despliegue de redes 5G, la ampliación de aeropuertos, la renovación de trenes y la multiplicación de pymes, todos esfuerzos enormes y costosos, humeantes y ruidosos, dependan de algo tan sutil como el correcto alineamiento de incentivos, de empresas y de individuos. Más la batuta de Barenboim que la fragua de Vulcano.

Cuando los gobernantes ignoran el funcionamiento de la naturaleza humana pretenden ordenar por decreto que dichas cosas ocurran, sin antes ponderar debidamente las conductas que depararán. En la Argentina todo lo hemos experimentado. Es sabido que los controles de precios desalientan la producción, que las tarifas baratas incentivan el dispendio, que los créditos subsidiados fomentan la especulación, que los cepos impulsan la fuga de capitales, que las moratorias inducen el incumplimiento y que favorecer al indolente descorazona al esforzado.

Ese fenómeno ha sido estudiado en profundidad por los aseguradores, desde la Edad Media. Quien está "asegurado" no se preocupa por cuidar sus cosas ("riesgo moral") y quien puede transferir al asegurador el peor riesgo y quedarse con el mejor lo hace ("selección inversa"). En definitiva, las personas tienden a maximizar el provecho de las reglas de juego, cualesquiera que fuesen, exprimiendo el fruto que pagan otros y ocultando el propio cuando deben contribuir.

El clamor de las plazas y el entusiasmo partidario significan poco cuando de dinero se trata. "Les hablé con el corazón y me respondieron con el bolsillo", señaló en 1989 Juan Carlos Pugliese, entonces ministro de Economía de Raúl Alfonsín, en medio de una corrida cambiaria, cuando los exportadores no liquidaron sus divisas, agudizando la crisis, que terminó en hiperinflación.

Dentro de un gabinete ministerial, el papel fundamental del titular del Palacio de Hacienda consiste en prever con anticipación, como en el billar, qué camino seguirá cada bola y la manera en que culminará la carambola. El presidente Mauricio Macri no tomó en cuenta el rol de los incentivos, suprimió al ministro de las advertencias y creyó que gastando más ganaría la jugada.

La naturaleza humana está siempre alerta a las oportunidades. Lista para sacar ventaja al menor costo. En los parques, las pisadas marcan caminos más cortos que las autoridades municipales no previeron. Las mejores localidades se agotan antes de que llegue el primero de la cola. Los contadores radican industrias remotas sobre la base de exenciones y desgravaciones. Diputados canjean pasajes por dinero y senadores designan parientes como asesores. A nadie se le escapa un inciso y nadie perdona una coma.

Cuando los gobiernos soslayan los incentivos, generan reacciones perversas y, en respuesta, se redoblan los castigos. Pero casi nunca logran que la abundancia reemplace a la escasez o que la inversión multiplique los panes.

De esa patología tan criolla nacen dos nuevos mercados, ambos paralelos: el mercado "negro", donde se transan los bienes sujetos a las regulaciones a sus verdaderos precios, y el mercado "político", donde muchos burócratas transan esas regulaciones a los precios que negocien con sus beneficiarios, sean aportes para sí o para la corona.

Al consolidarse ese ciclo, los incentivos se alinean conforme a las nuevas reglas de juego. Los facilitadores, intermediarios, lobistas e influyentes se transforman en artífices del éxito o fracaso de cualquier emprendimiento. Para cada situación, una disposición especial. Las leyes son corregidas mediante nuevas versiones con excepciones, exclusiones o inclusiones. Proliferan las resoluciones aclaratorias, la fraseología oscura, la letra chica, la casuística a medida, los favores disfrazados de decoro y las plusvalías regulatorias, de interés nacional. En ese maremágnum de gestión voluntarista con normas "on demand", el futuro se hace impredecible y se esfuma la seguridad jurídica. Nadie invierte, a la espera del régimen especial. Como en un remolino oceánico, las iniciativas pierden impulso y son absorbidas en audiencias sin registro o en desayunos sin testigos.

En la Argentina, el enorme gasto público y la deuda asumida para sufragarlo requieren un salto cualitativo en la productividad de toda su economía, para que el esfuerzo de sostener esos pagos y de honrar esas deudas sea el menor posible. El aumento de productividad será resultado de las requeridas reformas estructurales.

Ni caso por caso, ni discrecionalidad, ni ventanillas, ni expedientes, ni mucho menos, afiliación política. Para revitalizar el ánimo productivo y fomentar la inversión, las reformas deben plasmarse mediante reglas claras generales, automáticas y de acceso abierto. Cuando ello ocurra, los argentinos sabremos que ha llegado el momento de abandonar el trajín ministerial y regresar a las fábricas a trabajar y producir, conforme a los incentivos que reflejan los precios.

Los incentivos, bien alineados, tienen virtudes casi mágicas para transformar un infierno en un paraíso. Pero somos desconfiados y elusivos. Podemos solucionar con rapidez nuestros problemas, pero también prolongar el malestar mucho tiempo, si no somos tomados en cuenta.

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