A México, y santo remedio

Por Art Buchwald
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26 de agosto de 2001  

WASHINGTON.- Entre nosotros, y dicho esto confidencialmente, si uno va a Tijuana, México, podrá conseguir medicamentos que cuestan el 80 por ciento menos que en los Estados Unidos.

Los ciudadanos norteamericanos de la tercera edad, algunos de ellos en las últimas, hacen el viaje porque es de la única forma que pueden darse el lujo de comprar los remedios que necesitan.

Naturalmente, a los laboratorios químicos norteamericanos les disgusta la idea porque infringe sus patentes medicinales y, además, debido a que algunos de los remedios que se pueden conseguir allí son truchos , muchos norteamericanos son embaucados.

Si bien los farmacéuticos mexicanos -en su mayoría- son honestos, hay algunos a los que sólo les interesa la plata dulce. Lo que hacen es comprar medicamentos en los países más pobres a los cuales los Estados Unidos se los regalan o venden a precio de costo. Y luego esos medicamentos van a parar al mercado de Tijuana.

Conocí a una dama norteamericana entrada en años e inmediatamente me di cuenta de que acababa de llegar de Tijuana cuando le oí decir "por favor".

Entonces le pregunté: "¿Qué le pareció México?"

"Hermoso. Vendían a 10 centavos de dólar cada una las pastillas antidepresivas Zoloft. Además, el Procardin, para el corazón, estaba prácticamente regalado. Podía haberme quedado allí toda la semana", respondió amablemente.

"¿Vio algo del país?", inquirí.

"Fui a otra farmacia en un inmenso centro comercial, de esos donde cuesta conseguir un buen lugar para estacionar, pero no hubo caso, no me quisieron vender Allegra, para mis alergias a menos que comprara un envase promocional de dentífrico Crest", contestó la mujer.

¿Y cuál era el problema?", exclamé.

"El dentífrico no era más barato que en los Estados Unidos", se lamentó.

También le pregunté si, a su juicio, no habría grupos mafiosos mexicanos detrás del negocio.

La mujer reaccionó: "No me importa siempre que me den un buen lugar en la playa de estacionamiento, cerca de la entrada, para no tener que caminar mucho".

"Dicen que miles y miles de norteamericanos van allí diariamente", comenté.

"Así es. Me indignan esos odiosos norteamericanos que revolean sus dólares en México. Una cosa es comprar remedios necesarios y otra es tirar alegremente la plata", expresó la mujer.

También hablé con el vocero de uno de los más grandes laboratorios químicos de los Estados Unidos.

El hombre señaló con cierto tono de reproche: "No es justo que la gente vaya a Tijuana a comprar los medicamentos que no puede darse el lujo de comprar en los Estados Unidos".

"Por supuesto que sí", lo contrarié.

"Lo que nos duele es que publicitamos nuestros productos en los Estados Unidos, la gente ve los avisos, y luego corre a comprar los remedios a México", explicó.

"No hay manera de competir con las compañías farmacéuticas al sur de la frontera", señalé.

"Gastamos millones de dólares -añadió el vocero- en el procesamiento y la elaboración de nuestros medicamentos, y las patentes medicinales expiran pronto. Luego tenemos que lidiar con los productos genéricos. No conozco ningún mexicano que esté preocupado por los productos genéricos".

"Yo tampoco", afirmé. "¿Cree que deberíamos cerrar las fronteras de los Estados Unidos?, le pregunté.

"No sería mala idea", repuso. "Los Estados Unidos -agregó- somos el país más poderoso del mundo y deberíamos darles una lección."

"Canadá también vende remedios a precios muy baratos", le advertí.

La respuesta del hombre no se hizo esperar: "Por supuesto, y no hay ningún motivo por el que no deberíamos cerrar también esa frontera".

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