Abusos: clericalismo y tolerancia cero, la puja de la interna vaticana

Francisco asistió ayer al tercer día de la cumbre, en el Vaticano
Francisco asistió ayer al tercer día de la cumbre, en el Vaticano Fuente: Reuters
Detrás de los casos de pedofilia emerge la pelea de las facciones eclesiásticas en torno a la protección de la Iglesia y de sus hombres
Elisabetta Piqué
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24 de febrero de 2019  

ROMA. "Los trapos sucios se lavan en casa". Durante las últimas décadas, las altas jerarquías de la Iglesia Católica utilizaron este refrán como máxima de comportamiento ante los delitos graviora, los pecados más graves, como los abusos de menores cometidos por sacerdotes. Como reconoció el arzobispo maltés, Charles Scicluna, máximo experto en pedofilia del Vaticano, reinó un "código del silencio" mafioso, de omertá.

Para no crear escándalo entre los fieles, la estrategia era silenciar, encubrir, trasladar al culpable a otra diócesis, pagar dinero a las víctimas consideradas también culpables para que callaran. Todo funcionó hasta que se destaparon miles de casos a fines de la década de 1990, primero en Estados Unidos, luego en Australia, Irlanda, Alemania, Chile y demás países, en una "epidemia" que ha puesto a la Iglesia al borde del abismo.

¿Por qué es tan difícil erradicar los abusos sexuales en el clero? Si bien se ha avanzado mucho desde que en 2002 Juan Pablo II dijo que "no hay lugar en el sacerdocio para quien daña a un niño", la crisis sigue más viva que nunca y amenaza a la Iglesia. ¿Por qué? "Porque se encuentra radicado desde hace siglos el concepto de la 'razón de Estado', en este caso, la razón de la Iglesia: la institución no debe ser atacada", explicó a LA NACION Marco Politi, prestigioso vaticanista de Il Fatto Quotidiano y autor junto a Carl Bernstein del best seller Su Santidad.

Justamente por eso Politi consideró "absolutamente extraordinaria y una muestra del coraje de Francisco" la cumbre, que hubiera sido totalmente "impensable" años atrás. Y que por eso de que "los trapos sucios se lavan en casa", algunos hubieran preferido que no se hiciera.

Al cabo de estos tres días de sesiones históricas sobre todo porque por primera vez la voz de las víctimas en el pasado ignoradas, maltratadas, atacadas y revictimizadas por las autoridades eclesiásticas ha sido puesta en el centro, queda claro que detrás de los abusos se oculta una interna eclesiástica con líneas muy contrastantes.

"Hay sensibilidades distintas. Hay personas que tienden a preocuparse más por el buen nombre de la Iglesia, por el derecho de la defensa de los sacerdotes acusados y es comprensible", admitió un monseñor que pidió el anonimato.

Para la derecha conservadora que suele atacar a Francisco, el gran y único problema que debería enfrentarse es la homosexualidad, tendencia que relacionan a los abusos, pese a que no existe ningún estudio científico que indique esto. De hecho muchos analistas de temas vaticanos creen que detrás de esto se esconde una cuestión de política eclesiástica: insistir en esto es ir en contra de las designaciones de Francisco y en contra de su línea reformista.

Dos cardenales, el alemán Walter Brandmuller y el estadounidense Raymond Burke -críticos del Papa y conocidos porque en 2016 le exigieron en una carta que respondiera sus dudas sobre la exhortación apostólica Amoris laetitia, en vísperas de la cumbre, en otra misiva abierta, llamaron a sus participantes a poner sobre el tapete la "plaga de la agenda homosexual que se ha extendido dentro de la Iglesia", para ellos el verdadero problema.

"A nivel de la jerarquía de la Iglesia hay tendencias críticas a que se reduzca la discusión al tema de la protección de menores, cuando en cambio otros hombres de Iglesia consideran que la cuestión clave es la homosexualidad que invadió grandes estratos del clero y también de los obispos", dijo a LA NACION Sandro Magister, veterano vaticanista de L ' Espresso, que lamentó que el tema de la homosexualidad fuera evitado durante la cumbre.

"La otra línea, en cambio, está convencida de que la homosexualidad no tiene una relación directa con los abusos sexuales y que tampoco es una cuestión tan importante como para enfrentar seriamente", indicó.

Otro punto de divergencia es la denominada "tolerancia cero". La tolerancia cero es una línea muy rígida que indica que si uno daña a un niño tiene que salir de inmediato del sacerdocio que tiene en los obispos de Estados Unidos sus abanderados más convencidos. El cardenal Sean O'Malley, arzobispo de Boston, presidente de la Pontificia Comisión de Menores y miembro del grupo de cardenales consultores del Papa, es un impulsor decidido de esto.

"Pero no sabría si el Papa lo es. En los 21 puntos de reflexión que presentó al principio de la cumbre hay sugerencias bastante explícitas tendientes a equilibrar la tolerancia cero con un equilibrio más atento a proporcionar las penas, a curar no solo las víctimas, sino también a los culpables y garantizar la presunción de inocencia", destacó Magister.

Este analista subrayó que, de hecho, hay dos líneas también de carácter jurídico que se enfrentan, una rígida y otra más atenta a defender los derechos también de los acusados.

Para Politi detrás de la línea que presiona para que el Papa conecte homosexualidad con la pedofilia se inserta en el ataque que a fines de agosto pasado emprendió el exnuncio Carlo Maria Viganò contra el Papa, a quien acusó de encubrir a un excardenal abusador estadounidense (Theodore McCarrick, expulsado del sacerdocio hace una semana) y que denunció una "red homosexual en el Vaticano".

"Otra lucha interna es, sobre todo, de resistencia pasiva, de inercia, de no crear estructuras para encontrar los esqueletos que están en el armario de cualquier conferencia episcopal local", apuntó Politi.

Para él incluso existe en el Vaticano "el partido de los ultrajurídicos, que encuentran las mil excusas para no poner en marcha un punto delicado que por primera vez ha salido, que es la responsabilidad de los obispos que deben ser procesados".

"Esta será una lucha futura, la de frenar la accountability (obligación de rendir cuentas) de los obispos y la posibilidad de procesarlos".

Para Alberto Bobbio, exeditor del semanario Famiglia Cristiana y corresponsal de L ' Eco di Bergamo, no es solo una cuestión de normas jurídicas. "Seguramente hacen falta normas y jueces más severos, tanto a nivel local como en la Santa Sede", comentó a LA NACION. "Pero la cuestión verdadera es cómo seguir el Evangelio: si hay curas que cometen abusos sexuales, de conciencia y de poder, quiere decir que están traicionando al Evangelio. Y como indicó el Papa, hay que volver a lo esencial, al Evangelio".

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